
La ruptura 'fake' de Junts: continuismo y mucha gesticulación
Eduard Pujol llama 'trilero' a Pedro Sánchez en la comisión de investigación del Senado
Junts vuelve a su especialidad: amenazar sin cumplir. Tras anunciar a bombo y platillo la ruptura con el Gobierno de Pedro Sánchez, el partido de Carles Puigdemont ha vuelto a las andadas. De este modo, la dirección del partido decide dinamitar su poco crédito y poner el último clavo del postprocés.
De entrada, prometió cortar relaciones con el PSOE, pero a las pocas horas votó a favor de una ley impulsada por el propio Ejecutivo. En paralelo, en el Senado, sus portavoces atacaban al presidente con un discurso de oposición feroz y especialmente violento. En este sentido, cualquiera podría pensar que Junts no sostiene a Sánchez.
El resultado es el habitual en el espacio posconvergente: gesticulación sin consecuencias. Junts mantiene su papel de socio útil cuando le conviene y de oposición airada cuando necesita aparentar firmeza ante su electorado. La diferencia es que, ahora, el procés ya se ha terminado.

Romper sin romper
La llamada “ruptura” de Puigdemont se anunció desde Perpiñán con un dramatismo procesista clásico. El partido daba por terminadas las negociaciones con el PSOE y las mesas de diálogo en Suiza, pero sin plantear ninguna medida efectiva. Ni moción de censura, ni retirada de apoyos formales, ni votación que evidencie el cambio. En la práctica, pues, todo sigue igual.
La ejecutiva de Junts lo justificó como un paso de “dignidad política”. Sin embargo, su decisión llegó justo antes del debate de la Ley de Atención al Cliente, impulsada por el Ministerio de Derechos Sociales, que los diputados de Junts votaron a favor. Lo hicieron después de haber negociado durante meses enmiendas para reforzar el uso del catalán en la atención al consumidor.
Es decir, rompieron el lunes y apoyaron al Gobierno el martes. Con 20 votos a favor (PSOE, Sumar, ERC, Junts, PNV y Podemos) y 17 en contra, el texto superó su primer trámite parlamentario. Y Junts volvió a presentarse como “garante del catalán” en una ley que habían trabajado junto al propio Ejecutivo al que decían haber abandonado.
Mucho ruido en el Senado, pero sin consecuencias
Mientras tanto, en el Senado, los dirigentes de Junts interpretaban su papel de oposición con una vehemencia estudiada. El senador Eduard Pujol calificó a Sánchez de “trilero” e “incumplidor”, acusándolo de haber engañado al independentismo y de no cumplir la amnistía. Llegó incluso a compararlo con Houdini, “no por mago, sino por escapista”.

El tono fue duro, pero vacío de efectos. Sánchez respondió recordando que el Gobierno “cumple los acuerdos en la medida de lo posible” y agradeció, con cierta ironía, que Junts siguiera votando sus leyes. La escena resumió la nueva fase del simulacro político: Junts finge ruptura en la tribuna, pero mantiene la conexión en los pasillos.
El eterno farol del procesismo
La estrategia de Puigdemont sigue un patrón ya conocido: romper simbólicamente sin alterar la realidad. No hay moción de censura, ni coordinación con la oposición, ni pasos que puedan poner en peligro el mandato de Sánchez. El motivo es simple: romper de verdad implicaría retratarse junto a PP y Vox, un coste político que Junts no está dispuesto a asumir.

La ruptura ‘fake’ permite a Puigdemont mantener su relato victimista y presentarse como líder de un independentismo indignado, sin renunciar a la influencia que le da sostener al Gobierno. Pero ese juego ya no engaña a nadie. Los votantes más críticos se han desplazado hacia Aliança Catalana, mientras el espacio posconvergente se hunde en contradicciones.
Así, Junts se ha convertido en un partido atrapado en su propio discurso. En Bruselas, Puigdemont denuncia al “Estado opresor”. En Madrid, sus diputados negocian leyes, enmiendas y presupuestos. Y en Cataluña, el partido se desangra entre su pasado nacionalista y la competencia creciente de fuerzas que sí rompen con la ambigüedad.
La escena final del último episodio es reveladora: Junts apoyando una ley del Gobierno socialista apenas 48 horas después de romper con él, mientras su portavoz en el Senado acusa a Sánchez de ser un “trilero”. Una contradicción que ya no sorprende a nadie, pero que resume a la perfección la esencia del procesismo: mucho gesto.
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