Un grupo de personas alineadas participando en una oración al aire libre, con las manos levantadas y los ojos cerrados.
POLÍTICA

Indiferencia y silencio: la izquierda ante el problema del islam en Cataluña

La izquierda catalana ve machismo en los Reyes Magos y no en afirmaciones que vinculan el perfume y la 'fornicación'

El islam refleja algunas de las dinámicas más profundas de la Europa actual. El motivo es que esta religión representa el punto ciego del viejo continente. Por un lado, la tolerancia y liberalidad que le caracteriza, por otro lado, la dificultad para defender esa tolerancia.

En este contexto, el islam va más allá que cualquier otra religión. Como es público y notorio, el islam presenta dinámicas culturales muy problemáticas para Occidente. Entre ellas, la sumisión de la ley civil a la ley religiosa y su profunda misoginia.

Ante esto, las fuerzas políticas occidentales han tomado dos perspectivas. Por un lado, la nueva derecha se enfrenta de manera directa al islam. Por otro lado, la izquierda (tradicional y alternativa) chuta la pelota hacia adelante con una mezcla de indiferencia y silencio.

Un grupo de personas, algunas con hijabs, están sentadas y una niña de pie sostiene una bandera.

No hace falta salir de Cataluña para observar todo esto y, más en particular, la actitud de la izquierda. Si algo parece claro es que la izquierda catalana no sabe qué hacer con el islam más allá de repetir de manera abstracta el discurso de la multiculturalidad. Por el resto, no hay ningún actor progresista que condene afirmaciones como que las mujeres que llevan perfume “son unas fornicadoras”.

Nueva polémica

Entre el reguero de ejemplos disponibles, el último de ellos es el del Congreso Islámico para jóvenes que se celebrará en Barcelona. Una mínima investigación periodística revela el carácter integrista de algunos de sus ponentes. Es más, algunos de estos ponentes, como Yusuf Soldado, fueron acusados por los propios musulmanes de Mataró de replicar una “policía de la moral” en la comunidad.

Esta polémica es calcada a la que vivimos hace un año con el Congreso Islámico de Torredembarra, que finalmente se canceló por presión política y periodística. Además de ponentes objetivamente machistas, otros ponentes tenían que participar de manera virtual por haber sido expulsados de España. Ahí estaba, por ejemplo, Mohamed Said Badaoui, que fue expulsado de España por orden de la Audiencia Nacional.

Los que siguieron la polémica recordarán la presión de partidos como Vox, pero seguro que no recuerdan la reacción de la izquierda. Nuevamente, un silencio incómodo que, como mucho, se queda en acusaciones partidistas de racismo y extrema derecha. Pero el caso es que la izquierda no se pronuncia sobre actividades donde se dice que llevar una camiseta del Barça es peligroso porque contiene una cruz.

Dos personas con vestimenta tradicional islámica están sentadas sobre un suelo blanco, una de ellas sostiene un teléfono móvil y la otra parece estar rezando.

Tolerancia que se convierte en infiltración

Este plato combinado de silencio e indiferencia es el caldo de cultivo que precisamente desea el islam. Esto no es una interpretación, sino una constatación que hizo el Ministerio del Interior francés en un episodio que levantó una polvareda mediática en el país vecino. A diferencia de en los medios subvencionados, E-Notícies sí se hizo eco de la exclusiva de Le Figaro.

Según las autoridades francesas, el islam se sirve de manera deliberada de las libertades civiles de Europa para infiltrar su discurso. Incluso han adoptado la retórica antirracista de la izquierda para defenderse de las críticas por parte de la derecha. De manera sutil, el informe hablaba de que el islam se expandía “desde abajo” con un rosario de actividades en apariencia inocentes: congresos, educación, colaboraciones, etc.

Todo esto también lo ha explicado el activista saharaui Taleb Alisalem, que no es sospechoso de racismo. Alisalem, perfecto conocedor de la estrategia expansionista de Marruecos, explicaba exactamente lo mismo que el Ministerio del Interior francés. Es decir, que - Marruecos, en nuestro caso - usa el soft power para “mantener unida a la gran diáspora” y orientarla políticamente.

En definitiva, que la izquierda es un aliado por omisión del islam, sobre todo, en cuestiones de género. Esto llega hasta límites parodiables, como cuando ERC borró una publicación en redes que felicitaba un Ramadán que segregaba por géneros. Pero la izquierda catalana ve machismo en los Reyes Magos y no en que un predicador vincule el perfume con la fornicación. 

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