
El cordón que beneficia al PSC: más censura para Orriols, menos espacio para Junts
Estrategia del miedo contra la nueva derecha: el guion de Europa llega con años de retraso a Cataluña
El Parlament ha convertido el cordón sanitario contra Sílvia Orriols en una rutina política. Lo que empezó como un gesto de aislamiento se ha transformado en una herramienta útil para el PSC, que ha aprendido a sacar partido del ruido. Cuanto más se censura a la líder de Aliança Catalana, más crece su perfil mediático y más se debilita a Junts, el rival más cercano del socialismo en el espacio transversal del electorado.
La tensión se reactivó estos días con el polémico episodio protagonizado por Josep Rull. El presidente Rull fue grabado mientras señalaba con el dedo a Orriols, en un gesto autoritario que generó indignación en redes. Días después, en una entrevista con Gemma Nierga, pidió disculpas, pero lo hizo justificando su actitud: “Los discursos de Vox y Aliança Catalana son profundamente deshumanizadores”.
Ahora bien, el error ya estaba hecho. El gesto de Rull se convirtió en símbolo del doble rasero institucional con el que se trata a Orriols. Y lejos de enfriar la polémica, la Mesa del Parlament decidió abrir un expediente contra ella por sus palabras sobre el islam y el feminismo. Una medida que reavivó el debate sobre la libertad de expresión y consolidó a la líder de Ripoll como voz censurada por el sistema.

El efecto bumerán del cordón
Cada intento de silenciar a Orriols termina reforzando su posición. Su electorado no percibe sanciones ni advertencias, sino un castigo a quien se atreve a decir lo que otros callan. En política, la censura es combustible, y Orriols lo explota con habilidad. Cada reproche de Rull, cada sanción o veto parlamentario se traduce en apoyo social y visibilidad mediática.
El cordón sanitario ha pasado de ser un muro defensivo a un altavoz. La líder de Aliança Catalana concentra titulares, atrae cámaras y marca la agenda de los debates sobre inmigración, islam o seguridad. Los demás partidos la atacan, pero al hacerlo legitiman su papel de oposición incómoda.

El cálculo del PSC
Para el PSC, este fenómeno tiene una utilidad clara y perversa que no va más allá de la "estrategia del miedo" que ya ha utilizado Sánchez con Vox. En el tablero catalán, una Orriols fuerte divide al independentismo y debilita a Junts, que no logra encontrar un tono eficaz frente a su discurso. Illa lo sabe y actúa en consecuencia: su estrategia pasa por enfrentarse a Orriols con dureza y exhibir su liderazgo ante una figura que incomoda a todos.
El presidente catalán evita el choque directo con Puigdemont, pero busca un duelo constante con Orriols. Lo hace en los plenos, en los medios y en cada gesto simbólico. Cuando la acusa de “xenófoba”, refuerza su perfil institucional ante el votante moderado y, de paso, da la impresión de voto útil frente a proyectos en decadencia como ERC o Comuns.
No es casual que el Govern haya impulsado comisiones sobre “discursos de odio” o programas de “educación democrática” justo cuando crece la presencia de Aliança Catalana. Cada medida de ese tipo tiene una doble lectura. Por un lado, aparenta un compromiso ético, pero, por otro, consolida el marco discursivo del PSC, que se erige como árbitro moral del debate, algo que cuadra con el talante hidrófugo del presidente Illa.

Una estrategia que perpetúa el conflicto
En el fondo, el cordón sanitario ya no busca frenar a Orriols, sino administrar su crecimiento. Cuanto más visible sea ella, más polarizado queda el escenario político y más espacio gana el PSC en el centro. Es una táctica de equilibrio: se combate su discurso mientras se alimenta su figura.
El Parlament cree estar conteniendo una amenaza, pero en realidad está fabricando un fenómeno político. La censura se ha convertido en el oxígeno de Orriols, y el PSC, su principal beneficiario. En Cataluña, el cordón sanitario ya no es una muralla: es una maquinaria perfectamente diseñada para mantener a todos en su sitio.
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