
Kit de supervivencia
La Comisión Europea promueve un “kit de supervivencia” mientras mantiene restricciones sobre la autosuficiencia
La semana pasada, y al tiempo que en esta columna de opinión un servidor les informaba de cómo la Comisión Europea regala 2.500 millones de euros a un ex-yihadista (en este continente creemos en la reinserción), el equipo de opinión sincronizada en que se están convirtiendo nuestros grandes medios nos regalaba básicamente un copia-pega o un retweet del comunicado de prensa en que la misma Comisión anunciaba su paquete de medidas para prevenir “un número cada vez mayor de retos en materia de seguridad exterior” y responder al “aumento de los ataques híbridos en nuestro espacio común europeo”; todo ello en palabras de la Alta Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad y vicepresidenta de la Comisión. Paradojas de la posmodernia.
Los opinólogos más respetables del país, por supuesto, han descubierto (¡a buenas horas mangas verdes!) que “la seguridad y, sobre todo, la libertad del continente está[n]en grave peligro”. ¿Quizás por la oleada de atentados que sacudió Europa a principios de este año? ¿Tal vez por las reiteradas amenazas de los EE. UU. de invadir Groenlandia? No, amigos: Es “que vienen los rusos”.

En fin: Entre las medidas que propone la bienhadada Comisión, y para suponemos tratar de estimular cierta conciencia cívica europea de pertenencia a una institución en la que jamás se vota nada relevante (y las pocas veces que se hace poco importa el resultado ante una medida ya prevista desde arriba y de antemano: que se lo digan a los franceses que votaron en contra del Tratado de Lisboa y se lo comieron con unas buenas pomme de terre), destaca por lo exótico la del ‘kit de supervivencia de 72 h’ que, dice la UE, debería tener en su casa todo ciudadano de orden.
Y es exótico por el contraste entre los elementos del mismo y la práctica de la política institucional de la UE, tanto en las presencias como en las ausencias:
Un kit de supervivencia que incluye recomendaciones de abastecimiento de agua y alimentos en el mismo continente, no obstante, en que se combate ferozmente cualquier rastro de autoproducción alimentaria (justamente del tipo que, en caso de emergencia, puede mantener viva a una familia en ausencia de supermercados), con medidas recientes que van desde multas de hasta 3.000 euros para quienes posean gallinas para autoconsumo sin registrar hasta la draconiana prohibición de su cría al aire libre.
Un kit de supervivencia que incluye pastillas de yodo para el caso de un ataque nuclear; en una Unión que no parece preguntarse ni (1) qué interés puede tener Rusia en bombardear, por ejemplo, no sé: Rota, de no ser porque allí en un momento dado puede hallarse la flota de su mayor rival geopolítico (parece que sacar las bases americanas de la UE no se plantea siquiera como respuesta a amenazas directas de agresión por parte del actual presidente norteamericano), ni, sobre todo, (2) si tiene mucho sentido plantearse siquiera un escenario que pueda llevar a la guerra nuclear con una potencia con más de 5000 ojivas en su arsenal, cuando en toda Europa solamente se pueden hallar algo más de 200, todas ellas propiedad de Francia.
Un kit de supervivencia que no recomienda, por ejemplo, varios walkie-talkies (de batería casi infinita) por unidades familiares o barriales, que permitan coordinarse en caso de catástrofe; pero sí, no obstante, una radio a pilas y un móvil con varias baterías portátiles para, como nos cuentan tantos medios, mantenerse informados de los avisos de las autoridades.

Porque, claro, su finalidad no es más que esa: Permitir sobrevivir hasta que las autoridades logren restablecer el orden (sea cual sea este orden), y no se contempla siquiera la posibilidad de supervivencia del ciudadano sin las mismas (nada se dice de refugios privados, almacenes de semillas, equipos de purificación de agua o cualquier otro elemento necesario a largo plazo):
Los mismos jerarcas que contemplan la posibilidad, damas y caballeros, de una guerra nuclear que alcance hasta Lisboa, no contemplan la posibilidad de no sobrevivirla como institución. O quizás sí, y calculan que en tal caso poco importa si es que tú lo haces.
Un kit de supervivencia que (en el mismo continente en que se habla cada dos minutos de salud mental) quizás por eso mismo no incluye ningún libro u otro modo de entretenimiento. Por eso, claro, y porque los libros, más si son buenos, suelen llevar a la gente a pensar, y quienes piensan no son fácilmente dirigibles por su propio pie al matadero sin oponer resistencia: Imagínense que alguien se llevara la Rebelión en la Granja o 1984, por ejemplo, ¡qué extrañas ideas no sacaría!
Un kit de supervivencia para una guerra que, en consecuencia y de forma evidente, no incluye o menciona siquiera ningún arma de fuego, ni la recomendación a la ciudadanía de formarse en su uso en modo alguno.

La casi siempre neutral y para siempre ferozmente independiente Suiza, que tiene toda pinta se salvará de este conflicto también si es que llega (un 100% de éxito en evitar guerras mundiales: para que luego digan que la democracia directa no funciona), pero en la que cada ciudadano adulto/a guarda un fusil en casa y es reservista del ejército, se reiría de nosotros con razón:
Cuando la I República Francesa estaba recién salida del horno, en 1789, y toda Europa le declaró la guerra, llamó a filas y dio un fusil a cada ciudadano, y solo así salvó la República. Cuando la URSS fue invadida por la Wehrmacht en 1942, y al margen de la adhesión o no al estalinismo de cada cual, todos los rusos como uno fueron al frente en la mayor movilización bélica o esfuerzo colectivo de la historia humana (nótese: no necesariamente otras nacionalidades de la supuesta confederación de hermanos). Cuando Roma fue derrotada (varias veces) por Pirro de Epiro, cada año siguiente había un nuevo ejército de ciudadanos-soldado listos para enfrentar las menguantes huestes del sátrapa. Cuando Napoleón cruzó los Pirineos, y pese a la vergonzante actitud colaboracionista de las autoridades, fue el pueblo el que echó de aquí motu propio (si por fortuna o por desgracia no lo tengo claro) a los estandartes imperiales. Los EE. UU. serán como sean, pero no me cabe duda alguna que, si algún día caminan por Washington botas de un ejército foráneo, cada balcón será un nido de francotirador y cada ciudadano un insurrecto.
En los países a los que la gente guarda algún tipo de lealtad o patriotismo, a los que une más que un DNI o una frontera, en las comunidades de iguales en que cada hombre y mujer es ciudadano y en tanto que tal soberano, en definitiva: en los pueblos compuestos de hombres y mujeres libres, ante una posible invasión se arma a la ciudadanía hasta los dientes, seguros los gobernantes de que, frente a la amenaza extranjera, el pueblo responderá como uno solo contra el invasor, y no girará las armas contra los tiranos acogiendo al de afuera como su libertador.

En cambio, el triste cuadro de los ciudadanos europeos encerrados en sus pisos de 50 m², comiendo latas de sardinas e iluminándose con una linterna a pilas mientras rezan porque, afuera, ejércitos de profesionales pagados que sirven a quien mande en el momento arreglen la situación, cual modernos campesinos temblorosamente acurrucados tras los muros del castillo del señor, recuerda a los más oscuros ejemplos medievales de una sociedad de siervos indefensos, todopoderosos ejércitos privados de caballeros no siempre tan caballeros, y amos del cortijo de gobierno incuestionable.
Quizás Varoufakis tenga razón y vivimos un nuevo feudalismo, en el que los europeos que inventaron la democracia moderna no son ya ciudadanos sino súbditos.
Quizás. Algo sí es seguro: Si incluso ante las situaciones más límite nuestros gobernantes temen más a su pueblo que al (supuesto) enemigo, quizás es que el enemigo auténtico son ellos.
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