
¿Qué quería decir y dónde dijo Josep Pla: “Escuche, ¿y todo esto quién lo paga?”
El aclamado escritor catalán dejó una frase para la posteridad
La frase “Escuche, ¿y todo esto quién lo paga?” es una de las más citadas de Josep Pla y resume como pocas su espíritu observador, escéptico y profundamente atento a la realidad material del mundo. Lejos de ser una ocurrencia abstracta, la pregunta nace de un momento muy concreto y de un escenario que impresionó profundamente al escritor ampurdanés: Nueva York, a mediados de los años cincuenta.

El viaje de Josep Pla que originó la pregunta
Josep Pla viajó por primera vez a Nueva York en agosto de 1954, invitado y con los gastos cubiertos por la editorial y revista Destino, en el marco de un proyecto periodístico que le permitía recorrer diversas capitales del mundo y enviar crónicas de sus observaciones. Aquel viaje no sería el único: entre 1954 y 1964 Pla visitó Estados Unidos en varias ocasiones, siempre con el objetivo de observar, describir y comprender una realidad radicalmente distinta de la de la Cataluña de posguerra.
Cuando llegó a los muelles de Manhattan, Pla procedía de una Europa aún marcada por la miseria posterior a la Segunda Guerra Mundial. El impacto fue inmediato: rascacielos ya en pie, luces de neón, tráfico incesante, ascensores suaves, abundancia material y una confianza colectiva que contrastaba con la escasez europea.
Es en este contexto —según diversos testimonios y fuentes— cuando Pla, durante una visita guiada por la ciudad, se giró hacia su acompañante y formuló la pregunta: “Escuche, ¿y todo esto quién lo paga?”. Algunos autores sitúan la anécdota en 1954, otros en 1955, pero todos coinciden en la escena y en el sentido profundo de la frase.
De la crónica al libro
De aquel primer viaje surgiría el libro Week-end (d’estiu) a Nova York, publicado inicialmente en castellano como Fin de semana en Nueva York y posteriormente reelaborado e integrado en sus obras completas. El texto es una de las piezas más celebradas del Pla viajero: irónico, atento al detalle y lleno de juicios personales.
A Pla le fascinan la abundancia y la comodidad del Midtown, las mujeres independientes, los restaurantes automáticos, la omnipresencia del automóvil y la fluidez de la vida cotidiana. Al mismo tiempo, los rascacielos le provocan cierta angustia y califica la televisión de “invento estúpido”. Detecta un Manhattan con raíces europeas, no siempre anglosajonas, sino también germánicas y calvinistas.

Curiosamente, no muestra demasiado interés por la Hispanic Society, pero sí se emociona profundamente al descubrir, en una colina de Manhattan, el sepulcro de los condes de Urgel, un hallazgo inesperado que lo conecta con la historia catalana en pleno Nuevo Mundo.
Una pregunta que hizo fortuna
La frase sobrevivió al contexto del viaje y se convirtió en una sentencia recurrente del pensamiento planià. Tanto es así que Josep Pla la repetiría a menudo y que figuras como Jordi Pujol la harían suya, utilizándola como advertencia frente a proyectos excesivamente grandilocuentes o desvinculados de la realidad económica.
Más que una crítica a la abundancia americana, la pregunta de Pla es una interpelación directa al fundamento material del progreso. No niega el éxito ni el espectáculo de Nueva York, pero exige saber quién asume su coste, económico y social. Por qué alguien debe pagarlo.
Desde hace alguna década, la frase ha vivido una nueva popularización. Se utiliza para cuestionar decisiones políticas, subvenciones, el exceso de cargos de confianza, los sueldos de los altos cargos institucionales o proyectos públicos considerados desmesurados. Su simplicidad la hace efectiva: no acusa, pero obliga a dar explicaciones y señala a una administración pública que muchas veces derrocha millones mientras sube impuestos a las clases medias.
La expresión ha saltado incluso al terreno del merchandising cultural y político. Se ha impreso en camisetas, tazas y otros objetos como lema irónico contra la mala gestión y el gasto opaco.
Más noticias: