
La derecha tiene un problema en Cataluña
La desunión de los partidos en el Parlament impide capitalizar la oportunidad del vuelco social
Las últimas elecciones catalanas dejaron un parlamento fragmentado y dividido en dos bloques ideológicos, el progresista (PSC, ERC, Comuns y CUP) y el conservador (Junts, PP, Vox y AC). En paralelo, según las últimas encuestas de opinión la sociedad catalana está experimentando un rápido vuelco ideológico hacia la derecha. Esto contrasta con la actividad parlamentaria cotidiana: mientras la izquierda suele votar siempre unida, más allá de sus diferencias, las formaciones conservadoras suelen mostrarse desunidas.

La desunión de los partidos conservadores impide capitalizar la oportunidad que brinda el momento actual para trasladar el ‘pendulazo’ a la actividad parlamentaria. Mientras el bloque de investidura se consolida, la derecha es incapaz de ofrecer una alternativa al Govern Illa. Los matices ideológicos, los intereses estratégicos y la división nacional impide una unidad de acción contra la izquierda en decadencia.
Esta semana hemos tenido un ejemplo con la presentación de una moción para eliminar la Zonas de Bajas Emisiones (ZBE). La medida, que podría cohesionar ideológicamente a la derecha, ha acabado con el voto solitario de Vox. Junts y el PP se han alineado con la izquierda, mientras que AC, que coincide plenamente con Vox en esta cuestión, ha votado en contra por estar la moción redactada en castellano.
Estas disensiones están haciendo que la izquierda pueda aprobar sus leyes con relativa comodidad, mientras que la derecha es incapaz de consensuar medidas. Ni siquiera de ejercer una presión más o menos coordinada contra un gobierno, el de Salvador Illa, extremadamente débil. Esto impide trasladar a la actividad legislativa el sentir mayoritario de la sociedad en muchas cuestiones.
En la práctica, aunque propuestas como Vox y Aliança Catalana no dejan de subir, la política en Cataluña sigue estando condicionada por minorías sociales y los restos de un procesismo agonizante. Esto puede acabar frenando el ascenso de estos partidos si no se muestran como útiles en la actividad parlamentaria diaria.
Una oposición desunida ante un gobierno débil
La descomposición política tras los años del Procés han dejado un parlamento fragmentado, con un gobierno débil y una oposición dividida. Ni siquiera se sabe quien lidera la oposición en Cataluña. Junts es incapaz de presentar una oposición dura mientras sigue navegando en la confusión ideológica, y ante el vacío Alejandro Fernández (PP) se arroga el papel de jefe de la oposición.

Junts intenta algunas veces marcar perfil conservador con figuras como Canadell o Vergés, mientras en otras saca a pasear a los Colominas de turno. La desorientación se hace más evidente con la distancia entre el poder local juntaire (los alcaldes) y la dirección o una parte del grupo parlamentario. Además, la incompatibilidad con PP y Vox les lleva muchas veces a alinearse con PSC, ERC, Comuns y la CUP.
Otro factor que impide la unidad de la derecha es la competencia soterrada entre PP y Vox. Aunque en Cataluña la relación es más cordial que en el plano nacional o en otras comunidades, la tensión es existente. Vox mete al PP en el saco del bipartidismo, mientras que el PP critica el oportunismo de Vox y su visión desconectada de la realidad. No hay que olvidar, además, que ambos compiten por un mismo espacio electoral y por lo tanto no tienen concesiones uno hacia otro.
Junts y Aliança: ¿una fórmula descabellada?
Otro factor a tener en cuenta es el aislamiento de Aliança Catalana, que es víctima del cordón sanitario de Junts pero al mismo tiempo rivaliza con PP y Vox en el eje nacional. Con el orriolismo se da además otra paradoja: pese a que las encuestas le sitúan ya cerca de ser segunda fuerza en el Parlamente, en la práctica sigue en el grupo mixto con dos diputados.

Esto ata de pies y manos a Orriols, que más allá de la popularidad de sus intervenciones, no tiene capacidad de iniciativa legislativa. El futuro de la derecha pasa precisamente por el alcance del efecto Orriols en las próximas elecciones, y su impacto en la política catalana.
De esto dependerá también la evolución de las relaciones entre Junts y Aliança Catalana, cuyo entendimiento parece ahora una quimero, pero que muchos ya plantean como una solución ineludible a la larga. Mientras tanto, la duda es si la actual desunión de la derecha en el Parlament, desde Junts hasta Vox, puede acabar perjudicándoles y beneficiando paradójicamente a la izquierda. Las encuestas sonríen por ahora a la derecha, pero las próximas elecciones son en 2028 y la partida se les puede acabar haciendo demasiado larga.
En definitiva, tenemos una mayoría social cada vez más amplia que reclama mano dura con la seguridad, la inmigración y las okupaciones, o indignados con la DGAIA, el colapso de los servicios sociales y el ahogamiento fiscal. Pero cuatro partidos conservadores que se disputan las mismas medidas y que luego, muchas veces, son incapaces de sacar adelante en el parlamento.
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