Retrato en blanco y negro de Vladímir Gelfand con uniforme militar sobre un fondo rosa con fragmentos de texto manuscrito en otro idioma.
OPINIÓN

La victoria y la miseria: el Frente Oriental a través de los ojos de Vladímir Gelfand

El diario de Vladímir Gelfand desarma el mito: el heroísmo colectivo no impidió la vileza cotidiana entre camaradas

Imagen del Blog de Joaquín Rivera Chamorro

La historia de la Gran Guerra Patria, tal como fue canonizada por la historiografía soviética posterior a 1945, se erigió sobre pedestales de mármol y bronce, construyendo una narrativa monolítica donde el heroísmo colectivo eclipsaba las tribulaciones del individuo. Sin embargo, la verdad histórica, esa entidad escurridiza que a menudo se oculta en los pliegues de las “memorias oficiales”, respira con una crudeza inusitada en los testimonios privados que escaparon a la censura de los comisarios políticos.

Entre estos documentos, el diario del teniente Vladímir Natánovich Gelfand surge no como una oda al triunfo, sino como una crónica visceral de la deshumanización. A través de sus entradas, escritas furtivamente bajo el fuego de morteros y la luz vacilante de velas en refugios de madera húmeda, sacos terreros, olor a podrido y atestados de piojos, asistimos a la deconstrucción del mito del "soldado de bronce" para encontrarnos con la fragilidad, la vileza y la tragedia del ser humano arrojado a la maquinaria de la guerra total.

Retrato antiguo en blanco y negro de Vladímir Natánovich Gelfand sentado con uniforme militar y un documento en las manos.

El testimonio de Gelfand, que abarca desde los días oscuros de las retiradas en 1941 hasta la ocupación de Alemania hasta 1946, un año después de la rendición tudesca, disecciona las contradicciones internas del Ejército Rojo. En su diario se aprecia la omnipresencia de un antisemitismo virulento que corroía las filas soviéticas, desafiando la propaganda estatal de la "hermandad de los pueblos".

Gelfand, judío ucraniano, se ve obligado a librar una guerra en dos frentes: uno contra la Wehrmacht y otro, más insidioso, contra sus propios camaradas. Ya en diciembre de 1942, relata cómo la propaganda alemana intentaba explotar este prejuicio mediante panfletos que tildaban la guerra de un conflicto por los intereses judíos, una retórica que, paradójicamente, encontraba eco en las trincheras soviéticas. Gelfand documenta con dolorosa meticulosidad los insultos recibidos; el término peyorativo "kike" (judío) se convierte en una banda sonora constante, lanzada tanto por soldados rasos como por oficiales superiores. Incluso en los hospitales de campaña, lugares teóricamente consagrados a la misericordia, el teniente describe un ambiente tóxico donde se acusaba a los judíos de evitar el frente, a pesar de que él mismo «derramaba su sangre por la patria».

Esta discriminación no era meramente verbal; se traducía en barreras tangibles para el ascenso y el reconocimiento, como evidencia su conflicto con el comandante Popov, quien lo humillaba públicamente, o las mofas del cadete Kruzhilin sobre la supuesta cobardía semita. La resiliencia de Gelfand ante este odio intestino, su determinación de "luchar contra esta gente con el ejemplo", añade una capa de determinación trágica.

Retrato antiguo en blanco y negro de Vladímir Natánovich Gelfand de perfil con uniforme y hombreras mirando hacia la izquierda.

Más allá de la cuestión identitaria, el diario es un inventario de la miseria logística y moral. La guerra descrita por Gelfand no es una sucesión de operacoines brillantes, maniobras envolventes, impulso operacional o audacia estratégica, sino una lucha agónica contra el hambre, el frío y la suciedad. La figura del "piojo" aparece con una frecuencia obsesiva, símbolo biológico de la degradación a la que fueron sometidos los combatientes. La logística soviética se revela en estas páginas como un sistema colapsado por la corrupción y la ineficiencia.

Gelfand narra episodios de hambre atroz donde una simple salchicha o un trozo de pan se convertían en objetos de codicia y robo entre compañeros de armas. La distribución de suministros, como las botas o la ropa de abrigo, estaba marcada por el favoritismo y el hurto sistemático por parte de la retaguardia, dejando a los soldados en el frente en condiciones deplorables, obligados a veces a envolver sus pies en trapos sucios. La incompetencia del mando es otro leitmotiv de su escritura; oficiales borrachos, cobardes o simplemente ineptos, como el teniente Haustov, quien dormía durante las guardias poniendo en peligro a toda la unidad, son retratados con una franqueza que le habría costado a Gelfand un consejo de guerra de haber sido descubierto. La disciplina, lejos de ser férrea, se muestra quebradiza, mantenida a menudo mediante la amenaza brutal a punta de pistola o disuelta en el caos del combate y la supervivencia diaria.

A medida que el Ejército Rojo avanza hacia el oeste, cruzando la frontera de la Unión Soviética hacia Polonia y finalmente Alemania, la narrativa de Gelfand adquiere tintes aún más sombríos, transformándose en un estudio sobre la venganza y el colapso ético y moral. La entrada en territorio enemigo no solo trajo la victoria militar, sino también una explosión de violencia desenfrenada contra la población civil. Gelfand, aunque él mismo es víctima del odio racial nazi, se convierte en testigo horrorizado —y a veces partícipe ambivalente— de la conducta de sus compatriotas.

Vladímir Natánovich Gelfand con uniforme militar posando en una calle amplia frente a un gran edificio histórico dañado y ennegrecido por la guerra.

Los saqueos se describen como una práctica endémica; el "trofeo" de guerra, ya fuera un reloj, una bicicleta o ropa interior femenina, se convirtió en la moneda de cambio del conquistador. Pero es en la violencia sexual donde el diario alcanza sus cotas más perturbadoras. Gelfand no oculta la realidad de las violaciones masivas y el trato a las mujeres alemanas como botín de guerra. Describe con frialdad clínica cómo los soldados soviéticos, embriagados de poder y alcohol, asaltaban a mujeres de todas las edades, un fenómeno que él observa a veces con repulsión y otras con una curiosidad inquietante, llegando a narrar sus propios encuentros transaccionales donde la comida se intercambiaba por favores sexuales en medio de la devastación. En octubre de 1945, en la localidad de Kremmen.

Gelfand se fija en una chica alemana llamada Margot. Para ganarse el favor de ella y de su madre, Gelfand recurre a la comida, un bien escaso y valioso en la posguerra. Él describe cómo lleva "un tarro lleno de grasa" y sugiere freír patatas para cenar con ellas. Gelfand observa con cinismo cómo la madre se muestra "encantada con los productos", y señala que la "codicia" de la mujer por la comida envenenó sus sentimientos románticos.

Sin embargo, la transacción se completa: tras alimentar a la familia, Gelfand logra tener acceso carnal a Margot. Su descripción del acto es fría y deshumanizadora, señalando que ella se comportó "obediente como una cosa" y que él mismo no quedó satisfecho. Sexo, como pago implícito por la grasa y las patatas que permitieron a la familia comer. Su honestidad, en las páginas del diario, muestran hasta qué punto el instinto dominaba a la clemencia.

Retrato en blanco y negro de Vladímir Natánovich Gelfand con uniforme militar y gorra mirando a la cámara en un entorno urbano.

La anécdota de su visita a una biblioteca saqueada, la "Academia de Ciencias", donde soborna al guardia para robar libros, ilustra perfectamente la extraña amalgama de barbarie y anhelo intelectual que caracterizaba al autor. Él, un aspirante a escritor tildado de "grafómano" por sus superiores, busca desesperadamente preservar un vestigio de civilización a través de la lectura y la escritura, incluso mientras participa en el expolio de la cultura enemiga.

Desde una perspectiva historiográfica, el valor del diario reside también en su capacidad para desmentir la imagen de una resistencia soviética uniformemente estoica. Gelfand no escatima en detalles sobre la cobardía, las deserciones y las automutilaciones ("autodisparos") para escapar del frente, prácticas que eran castigadas con la ejecución sumaria frente a la tropa para servir de ejemplo. La guerra de Gelfand está poblada de "almas muertas", oficiales que existen solo en el papel para cobrar raciones, y de comisarios políticos más preocupados por la ortodoxia ideológica y el saqueo personal que por el bienestar de sus hombres. La tensión entre la realidad observada y la "verdad" oficial es palpable. Gelfand intenta repetidamente enviar crónicas a los periódicos del frente, buscando convertirse en corresponsal de guerra, pero sus escritos son rechazados o ignorados, probablemente por carecer del barniz heroico requerido por la maquinaria de propaganda estalinista. Su frustración ante este silenciamiento es la frustración de la realidad misma tratando de abrirse paso a través del mito.

Vladímir Natánovich Gelfand con uniforme y medallas caminando frente a la Puerta de Brandeburgo en una ciudad devastada tras la guerra.

Es imperativo notar la evolución psicológica del autor. El joven idealista que se indigna por la falta de disciplina en 1942 se transforma progresivamente en un veterano cínico y endurecido para 1945. Sin embargo, conserva una capacidad de observación aguda y, en ocasiones, una sensibilidad incongruente con su entorno. Sus descripciones del paisaje devastado, de los cadáveres insepultos y de las ciudades en ruinas poseen una calidad literaria que trasciende el mero informe castrense. Al mismo tiempo, su relación con Alemania es compleja; hay un reconocimiento de la superioridad material y cultural del enemigo —la calidad de las casas, la infraestructura— que coexiste con el odio ideológico y el deseo de retribución.

En conclusión, los escritos de Vladímir Gelfand constituyen un documento de valor incalculable para la comprensión de la Segunda Guerra Mundial en el Frente Oriental. Lejos de la hagiografía soviética, nos presentan una guerra librada por hombres falibles, atormentados por sus propios demonios y prejuicios, inmersos en una lucha darwiniana por la supervivencia donde la línea entre el libertador y el opresor a menudo se difuminaba en la niebla de la batalla y el desenfreno de la victoria.

El diario es un recordatorio académico y moral de que la historia no la escriben solo los vencedores en sus despachos, sino también los supervivientes en sus cuadernos manchados de barro, sangre y verdad. Es, en última instancia, un testimonio de la soledad radical del individuo frente a la apisonadora de la historia, una voz que, a pesar de los intentos de ser silenciada por el antisemitismo, la censura y la muerte, ha logrado perdurar para interpelarnos desde el pasado y darnos una visión más certera de la realidad del frente oriental, mucho más salvaje que su homólogo occidental.

Retrato en blanco y negro de Vladímir Natánovich Gelfand con uniforme militar antiguo y expresión seria mirando hacia la izquierda.

Que los países donde tuvieron lugar estos hechos quedaran posteriormente bajo la esfera soviética contribuyó decididamente a que este tipo de relatos fueran minimizados y poco difundidos.

En España, durante las décadas de los 50 y 60, en lo que podemos denominar como “literatura del arrepentimiento”, hubo varios de los antiguos miembros del Partido Comunista de la guerra civil que escribieron sus experiencias en la Unión Soviética. Estos libros no solo no fueron prohibidos por el régimen, sino que se facilitó, de forma indirecta, su difusión, porque afianzaba ideológicamente a este, y en cierto medida ayuda a auto justificarse, pero esa es otra historia digna de ser contada.

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