
Game over, Maduro
Los focos ahora también se giran hacia quienes mediaron durante años y hoy su papel queda en tela de juicio
La detención de Nicolás Maduro este 3 de enero de 2026 marca un punto de inflexión histórico para Venezuela y para todo el continente americano. Las fuerzas militares de los Estados Unidos han capturado a Maduro —y a su esposa— y los han trasladado fuera del territorio venezolano en el marco de una operación que sus promotores consideran un paso decisivo para poner fin a un régimen que ha sumido al país en una crisis humana, política y económica profunda.
Este hecho, que para muchos resulta difícil de imaginar después de más de una década de gobierno chavista, ha encendido una chispa de esperanza en millones de venezolanas y venezolanos que han sufrido la represión, la corrupción y la falta de libertades fundamentales. No es solo la captura de un individuo —símbolo de un régimen—, sino la posibilidad real de reconstruir una democracia herida de muerte.

Desde la controvertida reelección de 2024, que gran parte de la comunidad internacional no reconoció, Venezuela ha vivido un estado permanente de tensión y de injusticias que han afectado a la gente como nunca antes. Cientos, si no miles, de personas han sido detenidas por protestar pacíficamente o simplemente por expresar desacuerdos políticos; algunas han sufrido encarcelamientos arbitrarios, y otras han visto cómo el sistema judicial se convertía en un instrumento de represión.
La detención de Maduro es, por tanto, una victoria para las víctimas del régimen y para la lucha por la democracia. Es una demostración de que, pese a la fuerza coercitiva del Estado y los años de cultivo del miedo, la justicia internacional puede alcanzar a quienes han abusado de su autoridad.
El régimen liderado por Maduro ha sostenido su poder durante años a través del autoritarismo, del control de los mecanismos del Estado y de la represión sistemática contra la oposición. Su caída —o al menos un debilitamiento estructural severo— puede abrir la puerta a un proceso de transición que incluya elecciones libres, la libertad de prensa y el respeto a la separación de poderes.
Para una generación entera de venezolanos exiliados, esta noticia es motivo de alivio y de celebración. Durante demasiado tiempo, la realidad política del país ha sido sinónimo de desesperanza; hoy, por primera vez en muchos años, se vislumbra la posibilidad de un retorno a instituciones democráticas genuinas.

Pero este proceso no será sencillo. La transición política requiere un compromiso con los derechos humanos, con la reconciliación y con la renovación de la confianza entre la sociedad y sus instituciones. Es el momento de responsabilizar no solo a los culpables de violaciones, sino también de asegurar que los errores del pasado no se repitan.
El impacto de la detención de Maduro trasciende las fronteras de Venezuela. El temor a que este tipo de operación genere inestabilidad ha sido expresado por diversos gobiernos en América Latina, incluyendo presiones diplomáticas y críticas a los Estados Unidos por violar la soberanía nacional. Países como Brasil, Colombia y México han advertido contra el uso de la fuerza, mientras que actores internacionales observan con atención el desarrollo de la situación.
No obstante, esta sacudida política puede convertirse en una oportunidad para reforzar los valores democráticos en todo el continente. Si Venezuela es capaz de abrir un proceso de diálogo inclusivo y de reconstrucción institucional, muchos otros países que han vivido tensiones internas podrían encontrar en este precedente una inspiración para sobreponerse a crisis similares.

No se pueden ignorar las repercusiones políticas internacionales que este acontecimiento tendrá sobre figuras como José Luis Rodríguez Zapatero, ex primer ministro español y mediador recurrente en los conflictos políticos venezolanos. Zapatero ha sido criticado por sectores opositores y analistas internacionales por su postura, considerada demasiado permisiva con el régimen chavista e insuficientemente crítica con las irregularidades electorales y la vulneración de derechos fundamentales.
Con el posible fin de Maduro como líder político dominante, la labor de intermediación que Zapatero ejerció será objeto de examen y debate. Algunos podrían interpretar su papel como un esfuerzo por mantener canales de comunicación abiertos, pero otros podrían verlo como una colaboración que contribuyó a prolongar un régimen que ha llevado al país al límite.
Es inevitable que se requiera una reflexión crítica sobre los errores y aciertos de la diplomacia internacional, incluidos aquellos actores que apostaron por soluciones que no resultaron suficientes para frenar el autoritarismo.
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