
Vestigios de la Guerra Fría: Venezuela y el triunfo del relato
Nicolás Maduro cae y aflora el doble rasero: la indignación se activa según quién dispare y quién reciba el golpe
El 3 de enero de 2026 nos despertamos con la noticia sobre la detención del dictador Nicolás Maduro Moro por parte de Estados Unidos. Inmediatamente, las redes se inundaron de noticias y reacciones sobre el tema y, tanto la izquierda española como la catalana, nos deleitaron con toda clase de disparates sobre lo que estaba sucediendo. Por su parte, la CUP y ERC continúan anquilosadas en una dialéctica de Guerra Fría de la que no han logrado salir. Por otro lado, Junts, mirando cómo posicionarse sin mojarse en exceso, en contra de la dictadura, pero también de la intervención militar, lo cual es un oxímoron: sin intervención externa la dictadura no caerá. En el Estado lo vivimos durante casi cuarenta años.
Curioso que los Puigdemont, que vociferaban y exigían a los Comuns que no fueran equidistantes con el Procés, hayan hecho de la equidistancia su mejor carta política —y de las encuestas, claro—. No hace falta decir que la facción más izquierdista del partido, encabezada por el historiador Agustí Colomines, Oriol Izquierdo, Ennatu Domingo, Toni Comín y compañía; en resumen, aquellos que forman el colectivo “Més Esquerres” —denominado socialista y perfectamente integrado en el engranaje de Junts—, han sido quienes con menos pudor han condenado a Estados Unidos. A esta cita tampoco podía faltar la doctora —como a ella misma le gusta reiterar— en Derecho Internacional Público y número dos de Junts en Europa, Neus Torbisco, con una tesis muy política, Minorías culturales y derechos colectivos: un enfoque liberal, quien, en lo que respecta a Venezuela, ha pasado por alto los derechos colectivos de millones de ciudadanos durante cinco lustros y ha condenado enérgicamente a Estados Unidos.

Hay un reguero de falacias que vale la pena desmenuzar. La primera es la soberanía del pueblo venezolano. Todos estamos a favor de que las naciones puedan ejercer su derecho a decidir y a equivocarse. En este sentido, Venezuela, a mi parecer, lo hizo al elegir democráticamente a Chávez en 1998, y a Maduro en 2013 con un 50,6% de los votos. En estas últimas, Henrique Capriles obtuvo un 49,1% de los sufragios, con un oficialismo que hizo una especie de plebiscito emocional con la muerte de Chávez. En los comicios de 2018, la oposición no participó dado que los resultados nunca eran transparentes y el entorno no garantizaba un proceso democrático —no hace falta decir que no existe libertad de prensa—. Muchos países occidentales no reconocieron la legitimidad de los comicios, aunque Zapatero diga que Maduro se ha hartado de ganar elecciones.
Llegamos a los comicios de julio de 2024 y, según el Consejo Nacional Electoral (CNE), la victoria era para Maduro. Antes de la votación se produjo la inhabilitación de candidatos clave como la reciente Nobel de la Paz, María Corina Machado; sumado a las ventajas del oficialismo (la prensa libre censurada y exiliada, etc.), la oposición fue perseguida y reprimida. Durante la votación no hubo observación internacional independiente —solo amigos del presidente—, se contabilizaron numerosas irregularidades en los centros de votación y nunca se presentaron las actas electorales de cada mesa. No se produjo una auditoría independiente y el TSJ apoyó al CNE de forma acrítica. La oposición, encabezada por Urrutia, entregó las actas y, según Edison Research, el resultado era de un 65% de votos para los opositores frente al 31% para Maduro. Obviamente, la farsa electoral solo recibió el apoyo de Cuba, China, Irán, Rusia y países afines.
Puesto el contexto, todos esos que claman al cielo por la soberanía de los pueblos tendrán que explicarnos muy despacio qué poder tiene el demos en este escenario. Conviene no olvidar que todas las elecciones se han producido en medio de un éxodo masivo de venezolanos que huían del país a causa del hambre. Según ACNUR, desde hace una década, más de 7,9 millones de personas han abandonado el país —recordemos que no hay ningún enfrentamiento bélico; para ponerlo en contexto, la Guerra de Siria (2011), una de las más sanguinarias del siglo XXI, no llegó al millón de desplazados—. Es decir, Estados Unidos no puede quitar algo que no existe, porque el pueblo no es soberano.
Otro de los mantras que se ha repetido ad nauseam son los intereses económicos de Estados Unidos en la región. Recomiendo el libro Venezuela Before Chávez, de Hausmann, donde se explica que el núcleo del problema es que Venezuela pasó de ser una de las economías más prósperas del continente a entrar en un declive prolongado antes de Chávez: en 1970 ya era el país más rico de América Latina (y uno de los veinte más ricos del mundo en términos de PIB per cápita), pero a partir de finales de los setenta la economía cambia de rumbo y el PIB no petrolero cayó de forma sostenida. En paralelo, el deterioro económico e institucional desembocó en episodios de fuerte conflictividad (el Caracazo en 1989 y los intentos de golpe de Estado de 1992), y es en este contexto —tras dos décadas en las que el nivel de vida cae más de una cuarta parte y el sistema político se erosiona— que “Chávez se vuelve posible” y triunfa un relato contra las élites y a favor de un cambio radical.

Cuando hablan del petróleo y Estados Unidos, se olvidan (o ignoran) que, según la U.S. Energy Information Administration (EIA), en 2025 ha habido un récord histórico de producción de crudo en Estados Unidos, con más de 13,6 millones de barriles diarios. Es decir, Estados Unidos no depende de las reservas venezolanas (de hecho, la previsión para 2026 es que el precio del barril continúe bajando). El consumo interno ronda los 20 millones de barriles diarios y los proveedores son Canadá, México, Arabia Saudí y Venezuela, entre otros. Con esto no se pretende negar ningún interés espurio de Estados Unidos, pero sí matizar que no parece la causa principal de la intervención, ya que, gracias al fracking, Estados Unidos ha conseguido mantener una producción muy elevada. En este sentido, la retórica del expolio de recursos es otro de los vestigios de la Guerra Fría.
Además, este argumento podría tener un mínimo de verosimilitud si las relaciones económicas en cuanto al petróleo hubieran cesado. Antes de las sanciones norteamericanas de 2019, Estados Unidos era el país que más petróleo importaba de Venezuela. Durante 2025 el escenario de exportaciones venezolanas iba destinado, mayoritariamente, a China. Pero el segundo destino ha sido Estados Unidos, principalmente mediante los envíos autorizados vinculados a Chevron. Sin embargo, se afirma muy a menudo que Venezuela tiene “las reservas más grandes del mundo”; en realidad, esta aseveración solo sigue una cadena de autorreferencias —JPMorgan cita a la OPEP, la OPEP admite que las cifras son autodeclaradas, Caracas se las atribuye a PDVSA y PDVSA las infló por orden de Chávez— que convierte una cifra inflada con fines políticos en un titular global, aunque corresponde mayoritariamente a petróleo extrapesado, caro de explotar y que no permite a Venezuela producir ni de lejos como Arabia Saudí o Estados Unidos.
También repiten como loros que el Tío Sam tiene intereses económicos; tendremos que hacer como si China, Rusia e Irán solo intervinieran por altruismo. La pregunta es: ¿por qué está tan mal visto que Venezuela caiga dentro de la influencia de Estados Unidos, una democracia consolidada, prooccidental y atlantista, y no hay ningún problema con que esté alineada con dictaduras como la rusa o la china?
Otro tópico ha sido el Derecho Internacional Público (DIP). Una disciplina que está muy bien en los libros de texto, pero los que la hemos estudiado sabemos que no tiene law enforcement. Es decir, se han establecido unos criterios internacionales, pero no es como el Derecho Internacional Privado, que sí se puede ejecutar. Por ejemplo, en la ONU, quien manda es el Consejo de Seguridad, compuesto por los países que tienen derecho de veto. ¿Trump ha violado el Derecho Internacional Público? Sí, evidentemente. ¿Se puede detener a algún Estado que forme parte del Consejo de Seguridad? No, evidentemente. Si alguno de los “grandes” quiere entrar al trapo, no hay manera de evitarlo. Quieren que Estados Unidos cumpla el DIP, pero no dicen nada ante las reiteradas ocasiones en que los del otro lado del Muro hacen caso omiso a esas reglas del juego. Parece que los americanos hayan reventado el tablero, y en el fondo todas las potencias se deshacen de él cuando es necesario.

No vale ahora preocuparse por los Derechos Humanos cuando en Venezuela no hay democracia, se ha provocado un éxodo de casi 8 millones de personas y el DIP no dio soluciones ante las elecciones fraudulentas de 2024. Foro Penal, una asociación civil venezolana, ha registrado unas 20.000 detenciones políticas desde 2014 y casi unos 1.000 presos políticos. Amnistía Internacional ha recogido los muertos en protestas y la cifra asciende a unos 468, aproximadamente. La última elección (2024) se saldó con 1.062 detenidos y un total de 25 asesinados.
Entre todos los datos, aquí solo hago una pincelada, querría destacar que hay una doble vara de medir. The New York Times ha hecho una pieza redactada por su comité editorial (ya saben, periodismo libre que siempre ataca al mismo lado) en la que se reconoce que sí, que Maduro es un tirano y emplean un informe de la ONU, “pero” —esos peros siempre van cargados de justificaciones— desestabilizar países no está bien. Posteriormente, ponen ejemplos de la Guerra Fría con Chile, Cuba, Guatemala y Nicaragua, obviando, como siempre, que en el mundo había otra potencia que hacía exactamente lo mismo —o incluso más, si consideramos todas las dictaduras de Europa oriental—: la URSS. Y sí, la experiencia en Libia con Gadafi y, sobre todo, en Irak con Saddam Hussein fue un desastre: en este último caso, el casus belli fue una invención y el intento de “desbaazificar” el país —es decir, expulsar masivamente a miembros del partido Baaz—, junto con la marginación de la comunidad suní, contribuyeron a la radicalización y al desmantelamiento del Estado. Un escenario completamente diferente del venezolano.
Por todo ello, la acusación de invasión es francamente endeble. A juzgar por los acontecimientos de hoy, la detención de Maduro no habría sido tan fácil sin la colaboración de sus círculos más cercanos. Estados Unidos no ha intervenido con la idea de ocupar el país. De hecho, la intervención militar fue quirúrgica: bombardeo de bases militares —el pilar de la dictadura— y apresar a Maduro para juzgarlo en Estados Unidos. ¿Y por qué se le imputa? En 2020 se le acusó de narcoterrorismo. Estados Unidos ofrecía una recompensa por él (práctica habitual con los narcotraficantes). Hay pruebas de que el Cártel de los Soles está incrustado en la cúpula política y militar de Venezuela, y no es nuevo. Como mínimo se remonta a la década de los 90 del siglo pasado, y todo empezó cuando Chávez negoció con las FARC para que las drogas que provenían de Colombia pasaran libremente por Venezuela en su camino hacia Estados Unidos; y, de acuerdo con la Fiscalía de Estados Unidos, se asegura que este esquema continúa a través de Maduro. Todo esto puede consultarse libremente en la página web del Departamento de Justicia de Estados Unidos.
Dicho esto, los argumentos y los datos que ponen sobre la mesa son indiferentes frente a los relatos, como también lo es la multitud de venezolanos que se han manifestado a favor de la acción de Estados Unidos y la calma que reina en el país —por el momento no ha habido derramamiento de sangre y esperemos que así continúe—. Tocará aguantar que te tilden de “neocon” por la acción de Estados Unidos, pero si eso sirve para debilitar a los aliados del Kremlin, será una etiqueta que habrá que llevar con orgullo. Rusia, en un abrir y cerrar de ojos, ha perdido un aliado clave en Latinoamérica, como también desapareció Asad —veremos si las protestas en Irán ponen fin al régimen de los ayatolás—. El líder chino ha exigido la liberación inmediata de Maduro, él que ha metido a miles de presos políticos tibetanos y uigures en campos de exterminio y aplica un control social a sus ciudadanos sin parangón en ningún país occidental. Y no, esto no es un “y tú más”, sino que el mundo debería escandalizarse en igual medida por todos esos países, pero, curiosamente, nunca sucede así. Más de veinte años después, las tesis de Revel sobre el antiamericanismo siguen bien vivas.

Como siempre, solo hay que ver quién está en contra de qué: Hamás, todas las dictaduras mencionadas, todos los comunistas y el reguero de izquierdistas que, adulando a Maduro, cuando han podido elegir país para “exiliarse”, nunca han optado por las bondades del socialismo del siglo XXI (pienso en Anna Gabriel y su Erasmus suizo). Ver a Bildu calificar de secuestro lo que ha hecho Estados Unidos es la cumbre de la estulticia: ellos, los herederos de ETA, se hartaron de secuestros y asesinatos de inocentes. Hoy, defender la Venezuela de Maduro es alinearse con el Eje Pekín-Teherán-Moscú. Y aquellos que reclaman democracia (la habrían tenido que pedir al régimen saliente) deberían ver que la mayoría de los venezolanos está de acuerdo con lo que ha pasado.
Finalmente, hay bandos, sí, pero la pregunta es muy sencilla: ¿dónde preferirías vivir? ¿En la China políticamente comunista o en cualquier país occidental? ¿En Venezuela o en Suiza, el país europeo más capitalista? La mayoría, incluso los comunistas más de aquí, han preferido marcharse a lugares occidentales (como diría Samuelson: preferencia revelada), como por ejemplo Valtònyc. Para cerrar esto, ¿qué pasaría si Aliança Catalana defendiera alguna dictadura de derechas? La izquierda (que nunca tiene la etiqueta de ultra) puede defender tiranías como la cubana, que dura desde 1959, la venezolana y siempre se ha hartado de adular a la URSS. Si alguien de Aliança alabara a Pinochet sería un escándalo, pero es perfectamente normal que algún líder de izquierdas alabe a Castro, al Che y compañía. La ventana de Overton sigue demasiado a la izquierda.
Nota bene: ahora saldrá toda la intelligentsia a defender a Maduro. Ya hemos visto a los de Podemos (llegaron a tener 71 diputados en el Congreso), a Atilio Boron, o a Arantxa Tirado (con quien comparto barrio), que dedicó una tesis —de esas para hacer de militante— a la política exterior de Chávez. La dedicaba al pueblo venezolano, un pueblo que hoy reclama a gritos su libertad. Pero desde la comodidad de Barcelona no lo oye. Ni ella ni tantos otros que aleccionarán a todo el mundo desde su atalaya intelectual. Bien lejos.
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