Una persona de perfil con una pinza en la nariz observa una mano depositando una papeleta en una urna sobre un fondo colorido.
OPINIÓN

Todo empezó con una pinza en la nariz

Lo que antes indignaba ya no molesta: corrupción, nepotismo y machismo pasan a ser “daños colaterales”

Una de las cosas que los últimos años han dejado bien claras es que el poder no favorece en absoluto a la izquierda. Y mucho menos a sus votantes, a quienes tradicionalmente se atribuía un sentido crítico superior a la media que, en teoría, les confería cierta superioridad moral. Algunos nos lo creímos —éramos críticos antes y seguimos siéndolo ahora—. El problema aparece cuando es la izquierda quien gobierna. Entonces, quien antes hacía gala de espíritu crítico deja de practicarlo; en su lugar aflora el sectarismo.

Se acercaba la primavera de 2023 y, con ella, las elecciones autonómicas y municipales después de ocho años de gobierno progresista en las Islas Baleares. A pesar de ello, el uso del catalán no hacía más que retroceder. Mientras tanto, el coste de la vida se disparaba, la crisis de la vivienda se agravaba y convivíamos con inseguridad, sobrepoblación y masificación estival. En ese punto, cualquier votante con criterio se planteaba si valía la pena volver a dar su voto a los tres partidos, o jinetes del Apocalipsis, que habían propiciado este panorama.

Persona depositando una papeleta en una urna de votación con una bandera de las Islas Baleares en la esquina superior derecha.

Sin embargo, en un ejercicio de difusión sincronizada, alguien tuvo una idea brillante: pedir a los votantes que se pusieran una pinza en la nariz y repitieran el voto, todo ello para impedir la llegada de una extrema derecha que venía a implantar un clima funesto y censor. El mensaje venía a decir que, si la situación era mala, con los otros sería aún peor.

La poción milagrosa de la pinza en la nariz fracasó estrepitosamente, pero eso no ha impedido que sigan dando la tabarra. Ahora toca defender con cuerpo y alma el gobierno de Pedro Sánchez: ¿cómo es que ya no molesta la corrupción, el nepotismo o el machismo? En un ámbito más local, ya ni siquiera indigna la censura.

Hombre de cabello corto y canoso con expresión seria viste traje azul y camisa clara en un entorno interior iluminado

Empecé a escribir este artículo antes de que me cancelaran y lo retomo unos días después. Creo que mi caso demuestra precisamente esta deriva autoritaria de la izquierda. La Obra Cultural Balear es una entidad respetada por todos aquellos que amamos nuestra lengua y cultura. No puede convertirse (si es que aún estamos a tiempo) en una herramienta al servicio de una determinada ideología.

Hay que valorar el trabajo que habían hecho las directivas anteriores a la actual para que fuera un espacio común: nunca permitieron un caso de cancelación. Entonces, ¿tenemos que reflexionar y saber hacia dónde vamos? ¿Quién decide quién puede hablar y quién no? ¿Cuáles son los criterios de admisión? Esperamos respuestas que todavía no se han dado.

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