Personas vestidas con ropas tradicionales cuidan cabras y ovejas frente a chozas de piedra y techos de paja, con un marco decorativo rosa alrededor de la imagen.
OPINIÓN

Los orígenes aborígenes de Lanzarote

Alcogidas, maretas y pozos: el agua trazó el destino y el subsuelo guarda la gran clave en Lanzarote

De la llegada de los primeros aborígenes se desconoce la fecha exacta, pero una vez analizada la historia clásica y la arqueología de todas las Canarias, le puedo ofrecer una horquilla de tiempo muy singular. Para ello debemos retroceder hasta Cleopatra Selene, hija de la faraona Cleopatra y su amante Marco Antonio. Selene, y tras la muerte de sus padres ante su derrota con el emperador Augusto, fue educada bajo el cariño de la esposa del emperador Augusto, Octavia. Así fue romanizada, adquiriendo dotes de mando más el dominio de distintas lenguas.

Luego Augusto la casó con Juba II de Mauritania y los coronó regentes. Aquel reino vasallo de Roma ocupaba aproximadamente los territorios de Marruecos y Argelia. Selene y Juba supieron dar fruto a su territorio gracias a sus dotes de reino junto con la producción de púrpura para teñir telas caras que llegaban hasta Gades y el Líbano. Para ello, aquel reino invirtió mucho en la búsqueda y recolección de ciertos gasterópodos al uso. De hecho, los fenicios, griegos y romanos ya conocían estas islas como las llamadas islas Purpurarias por Plinio. En la isla de Lobos, Fuerteventura, instalaron una base de recolección que se sigue hoy en día excavando.

Dos personas con vestimenta de estilo antiguo intercambian una canasta de frutos frente a un paisaje de montañas y agua, mientras otras personas trabajan al fondo en las Islas Canarias.

Allí, y desde el siglo I antes de Cristo hasta el I de después, recogían un gasterópodo, la cañaílla Stramonita haemastoma, para obtener aquel apreciado tinte púrpura. Quizás por ello los regentes de Mauritania, Selene y Juba, mandaron explorar y poblar con gentes del norte de África todas las islas Canarias. Ellos fueron los primeros cronistas de aquellas ínsulas ante su boyante reino de Mauritania gracias a sus telas púrpuras. Muestra de aquella riqueza fue que Selene y Juba edificaron la ciudad de Volubilis cuyas extensas ruinas se pueden perfectamente visitar en Marruecos. Bajo todo aquel contexto comercial, el reino de Mauritania colonizó las Canarias.

En Fuerteventura y Lanzarote, el rey de Mauritania Juba II trajo gentes del norte de África hace más de 2.000 años (40 a. C.). En La Gomera, y gracias a un trabajo en el Plos One de marzo de 2019 sobre datos genéticos, sabemos que los aborígenes llegaron a la isla hace más de 1.000 años procedentes de poblaciones bereberes del norte de África. En El Hierro los primeros pobladores fueron bereberes llegados hace más de 2.000 años. Y en Tenerife se piensa que llegaron a mediados del primer milenio antes de nuestra era. En resumen, la población aborigen llegó a Tenerife hace más de 2.000 años bajo el reino de Selene y Juba de Mauritania. La prueba de ellos dos, de Cleopatra Selene y Juba II, lo podemos visitar en su mausoleo en Tipasa, Argelia.

Así pues, los primeros pobladores llegaron a la isla hace más de 2.000 años. Estos pioneros fueron de origen bereber y vivían fundamentalmente del pastoreo entre cabras, ovejas y cerdos. En los lugares de paso habitual de los rebaños se han hallado restos de cabañas, cerámica, rocas talladas y petroglifos, algo también frecuente en el resto de las canarias. Esta cultura también recolectaba frutos y raíces con los que elaboraban una especie de harina, quizás el ancestro del actual «gofio» isleño. En su religión tenían creencias animistas, adoraban al sol y a otros astros, como también hacían sacrificios en piras en honor a seres superiores. Conocían la cerámica, pero sin la técnica del torno. Un ejemplo de ella sigue en las actuales loceras de La Gomera.

Ruinas de piedra en un paisaje montañoso con vasijas de barro rotas sobre los muros y vegetación dispersa en las Islas Canarias.

Según las crónicas de los frailes que acompañaron al conquistador Bethencourt, sabemos que practicaban la poliandria, no conocían los metales, fabricaban utensilios de piedra tallada y compartían tierras comunales. Estas crónicas de 1402 son de los pocos testimonios directos de aquella cultura. Además, la mayoría de los yacimientos se hallan bajo erupciones volcánicas o enterradas por campos de dunas, por ejemplo, en 1825 una gran tempestad de arena en El Jable, sepultó algunos de ellos.

Como en el resto de las islas, la cultura llamada guanche, bimbache o en Lanzarote, la maxo o maho, fue exterminada a partir del siglo XV bajo la muerte, la esclavitud o la mezcla genética bajo muchas violaciones. La tierra comunal de su cultura desapareció y su gestión del agua divina también. Ellos, aquellos aborígenes, habían excavado multitud de canales y basas para retener y conducir el agua. Posteriormente, la historia venidera estuvo íntimamente ligada a los manantiales de Lanzarote.

Como vemos, el tema del agua reviste una gran importancia en Lanzarote. Sus escasas precipitaciones, unos 150 mm al año, producen un paisaje desértico extremo. Ello ha propiciado la elaboración de distintos sistemas para acumular o acceder al agua. Alcogidas (aljibes de gran tamaño), maretas (depósitos excavados al final de los valles), pozos verticales, pozos horizontales y simples aljibes, han constituido sistemas tradicionales para la gestión hídrica antes de las desalinizadoras y otras técnicas modernas.

Los griegos y romanos ya conocían estas islas, por lo que algunas hipótesis apuntan que quizás estos últimos trajeron a estos primeros pobladores desde el norte de África. Poco antes del siglo XII ya eran muchos los navegantes que pasaban por las Canarias, y en el XIV, y ante la pugna por estas entre Castilla y Portugal, las incursiones castellanas se hicieron más frecuentes, capturando aborígenes como esclavos e intentando ocupar el archipiélago.

Vista panorámica de una playa de arena blanca rodeada de montañas y mar azul bajo un cielo parcialmente nublado en las Islas Canarias.

En 1402, y bajo el reinado de Enrique III de Castilla, fue enviado una expedición a ocupar la isla. Bethencourt fue quien capitaneó la expedición con éxito. Pero las pugnas con Portugal continuaron hasta que en 1479 se firmó el Tratado de Alcozavar tras el cual el territorio pasaba a manos de los Reyes Católicos. Aquello significó la sentencia de muerte para los aborígenes y su exterminio bajo la esclavitud, las enfermedades y demás. La piratería y los corsarios también hicieron de las suyas. Durante los siglos XVI y XVII las sequías y los piratas provocaron una gran decadencia por las islas. En el XVIII las erupciones en Timanfaya otro de lo mismo.

A finales del XVIII la burguesía impulsó nuevas ideas de producción y aquello pareció recuperar el territorio. Pero en el XIX las fiebres, gripes, más otras erupciones no permitieron grandes avances. Hoy en día la isla no es autosostenible y depende en gran medida del comercio exterior y de subvenciones estatales como un IVA reducido, pensiones, precios regalados en aviones y ferris, o el carburante mucho más barato que en la península.

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