Pintura de una batalla histórica con soldados luchando cuerpo a cuerpo en Gerona, rodeados de humo y caos, enmarcada por un diseño gráfico de líneas y fondo rosa.
OPINIÓN

El Sitio de Gerona de 1809: La Resistencia desde la perspectiva del enemigo

Existe otra versión de un episodio clave, contada desde el cerco y no desde la muralla para verlo desde otra perspectiva

Imagen del Blog de Joaquín Rivera Chamorro

El 10 de diciembre de 1809, hace hoy 216 años, se decidió la capitulación de la ciudad de Gerona tras una de las resistencias más emblemáticas y conocidas de la Guerra de la Independencia Española. El propio Galdós, en sus Episodios Nacionales, recogió el suceso y lo barnizó del romanticismo exaltador de las hazañas de un pueblo que adquiría sentimiento de pertenencia.

Galdós no fue el único, la historia de la ciudad ocupó un importante espacio en los relatos de la heroica defensa española, especialmente durante el auge del romanticismo decimonónico, que cultivó la imagen de Gerona como un baluarte de resistencia frente al imperialismo napoleónico. La narrativa glorificada dominó la percepción popular, destacando el sacrificio de la guarnición española y la tenacidad del pueblo gerundense ante la adversidad. No obstante, la evolución del catalanismo posterior a 1898 priorizó otros momentos históricos dejando en un segundo plano los hechos de la Guerra contra el francés y el posterior conflicto en Marruecos (1859-1860), en el que destacó el general Prim y sus voluntarios catalanes.

La foto representa la capitulación de Gerona el 10 de diciembre de 1809, al final del tercer y último sitio de la ciudad durante la Guerra de la Independencia Española (Guerra del Francés).

Esta historia conocida, repetida y amplificada a lo largo de las décadas posteriores, no agota todas las aristas del sitio. La versión de los hechos contada desde el lado de los sitiadores, aquellos que se encontraban en el bando enemigo, permite una visión más matizada y, en muchos casos, menos heroica, pero igualmente valiosa para entender la magnitud del conflicto. Si no se escuchan las dos versiones de un mismo evento, siempre recogeremos un único relato, sin posibilidad de contrastar con el contrario.

La historia del sitio de Gerona es perfectamente consultable, pues ha sido profusamente difundida y divulgada. Hoy, les propongo una historia alternativa, no con el fin de minimizar la resistencia española, sino de explorar los hechos desde la perspectiva del extranjero, un enemigo que estaba del otro lado del cerco. En este caso, el relato se basa en el Diario del sitio de Gerona de A. W. Bucher, un capitán alemán al servicio de Jerónimo Bonaparte, rey de Westfalia y hermano menor del emperador corso. Bucher fue, junto a sus soldados alemanes, testigo directo del asedio, y ofreció una perspectiva, escrita en 1809 y traducida al español pocos años después, menos idealizada y más realista de lo ocurrido.

Los Primeros Movimientos: Mayo de 1809

A principios de mayo, el cuerpo de ejército francés bajo el mando del general Goubion, perteneciente al séptimo cuerpo de ejército, comenzó el cerco de Gerona. A su lado, el cuerpo de Westfalia, dirigido por el general Morió, se encargó de estrechar el cerco alrededor de la ciudad. Los relatos de Bucher nos dan detalles sobre la composición de las fuerzas sitiadoras, destacando el papel crucial de las tropas alemanas en las operaciones de campo, las trincheras y la construcción de baterías.

Además de los franceses y alemanes, había un cuerpo de napolitanos, al servicio del mariscal Murat, en ese momento rey de Nápoles tras suceder a José Bonaparte que había cambiado la costa italiana por la villa y corte madrileña.

Las tropas francesas, alemanas y napolitanas formaron una coalición que rodeó la ciudad con el objetivo de cortar todos los puntos de comunicación y suministros. Si bien la cantidad exacta de tropas varió a lo largo del sitio, se estima que al final de mayo las fuerzas sitiadoras alcanzaban 12,000 efectivos, de los cuales un buen número eran soldados westfalianos comprometidos con las trincheras y las posiciones avanzadas.

El cerco comenzó de manera meticulosa. Las tropas de Westfalia, según los informes de Bucher, se encargaron de las trincheras y de las líneas de bloqueo, mientras que las unidades francesas se focalizaban en el uso de artillería pesada para desgastar las murallas de Gerona. Los regimientos de Berg y Wirzburg participaron activamente en estos trabajos. Las fuerzas de caballería napolitana patrullaban las rutas de comunicación, mientras que la artillería pesada se empleaba profusamente sobre las murallas.

Soldados con uniformes históricos y cañones se preparan para atacar una fortaleza rodeada de agua mientras se observa humo saliendo del edificio y varias banderas ondeando,

A pesar de los esfuerzos franceses, las tropas españolas, aunque numéricamente inferiores, comenzaron a organizar salidas limitadas para defender los alrededores y ralentizar el avance enemigo. Desde la perspectiva de Bucher, estos movimientos fueron en su mayoría inútiles. Sin embargo, sirvieron para demostrar la determinación de los defensores, quienes al menos lograron frustrar los intentos iniciales de penetración.

A partir de mediados de junio, el sitio se volvió más desgarrador. El enemigo comenzó a usar artillería pesada de manera constante. Las torres de San Luis y San Narciso se convirtieron en los objetivos principales, pues, como relata Bucher, “dominaban” las defensas españolas y eran cruciales para cualquier intento de asalto final. La plaza de Gerona tenía en el Sur una muralla con cinco baluartes, con una planta semicircular orientada al sur y que estaba cortada por el río Ter. Mientras que el norte, que estaba bajo las montañas, disponía, como mejor defensa, de una serie de fuertes. Algunos de ellos a las afueras de la ciudad, protegiendo el camino principal de entrada al recinto amurallado.

Las tropas napolitanas y las de Westfalia continuaron sus labores en las trincheras, avanzando por las zanjas abiertas que se iban excavando y cuyo objetivo era llegar a la muralla. Mientras, los franceses concentraban su poder de fuego sobre las torres. Las salidas españolas, aunque en algunos casos lograron incomodar al enemigo, no consiguieron evitar el desgaste progresivo de las murallas. El relato de Bucher nos deja claro que, a pesar de la feroz resistencia española, los sitiadores mantenían la iniciativa con bajo costo militar.

La Etapa de Desgaste: Agosto y Septiembre de 1809

A medida que avanzaban los meses de agosto y septiembre, el desgaste se hizo más evidente. Las fuerzas francesas, que inicialmente habían mostrado optimismo, comenzaron a sufrir las consecuencias del bloqueo. Las enfermedades, particularmente el cólera, afectaron a las tropas, y los westfalianos tuvieron que lidiar con el miedo al desgaste físico y la falta de suministros. Bucher describe cómo el ejército sitiador comenzó a perder la moral debido a la dificultad logística y las condiciones extremas del terreno. No eran solo los sitiados los que padecían el rigor de la enfermedad, de las infecciones, de los calores del verano; también sus enemigos eran presa de las malas condiciones de vida e higiene.

A pesar de ello, los esfuerzos para destruir las murallas fueron constantes. La artillería no cesó de bombardear, pero la fuerza de voluntad de los defensores y las estrategias de salida nocturna les permitieron ganar tiempo, aunque no podían evitar el lento avance de la artillería enemiga.

El Gran día de Gerona (19 de septiembre de 1809) de César Álvarez Dumont y propiedad del Museo del Prado.

La Resistencia Final: Octubre y Noviembre

Cuando el sitio se convirtió en un bloqueo total, las fuerzas españolas comenzaron a sufrir enormemente por la falta de víveres. A pesar de ello, la resistencia no se quebró por completo, y el ejército francés comenzó a mostrar signos de agotamiento. Las posibilidades del general Álvarez de Castro y sus hombres y mujeres, parecían aumentar, al tiempo que se organizaban expediciones desde el exterior para intentar romper el sitio.

Los esfuerzos de las tropas de Westfalia, a pesar de la falta de apoyo fresco y las enfermedades, continuaron en las trincheras. Las tropas napolitanas, que inicialmente habían tenido un papel secundario, comenzaron a tomar posiciones más importantes debido a la creciente presión sobre el ejército principal.

Aunque el número de tropas francesas y alemanas era significativamente superior, las enfermedades y la fatiga hicieron mella en sus fuerzas, mientras que los defensores españoles, aunque sin los recursos suficientes, lograron mantener una resistencia que desbordó las expectativas de los sitiadores.

El Gran día de Gerona, de Ramón Martín Alsina, del Museo del Arte de Girona.

La Capitulación: La Rendición de Gerona

El 10 de diciembre se tomó la decisión de capitular, lo que se hizo efectivo el día 11, después de meses de intensos bombardeos y luchas de desgaste, las fuerzas españolas se rindieron, pero no sin antes haber resistido durante mucho más tiempo del que los sitiadores esperaban. A pesar de la superioridad de las tropas francesas, las condiciones extremas de la ciudad y la firmeza de los defensores españoles fueron factores decisivos para que, finalmente, se llegara a una capitulación negociada.

Los franceses pudieron entrar en la ciudad y tomarla, pero el costo fue alto, tanto en términos de vidas humanas como en recursos militares. La heroicidad de la defensa, sin duda, fue algo que impactó incluso a los soldados sitiadores, aunque, como Bucher relata, la victoria se alcanzó más por agotamiento que por un golpe decisivo.

El sitio de Gerona, visto desde la perspectiva de Bucher, muestra una historia más realista y menos glorificada que la habitual. Aunque la resistencia española fue indudablemente heroica, la ciudad se rindió no por falta de valentía, sino porque las condiciones hicieron insostenible continuar la defensa.

En lugar de la imagen de una resistencia romántica y sin concesiones, el relato de un enemigo nos ofrece una visión más matizada de lo ocurrido: una lucha inclemente que, a pesar de la desventaja material, mostró la capacidad humana de resistir ante lo imposible, mientras que los sitiadores también tuvieron que enfrentar sus propios límites. Evidentemente, es imposible en tan corto espacio adentrarse en los detalles. Para ello, aconsejo leer la versión del malogrado capitán westfaliano, quien, probablemente, moriría en Rusia junto a los 27.000 alemanes de aquel efímero reino que cayeron en aquella bravata de Napoleón que le salió tan cara. Solo 1.000 alemanes regresaron a su patria, pero esa es otra historia digna de ser contada.

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