
El silencio que pesa
Cuando el discurso público del PSOE choca con la práctica interna, el relato empieza a resquebrajarse desde dentro
En los últimos años, el PSOE se ha presentado como uno de los principales abanderados del feminismo institucional en el Estado español. Discursos solemnes, leyes con vocación transformadora y una retórica que apela a la igualdad real han construido una imagen de partido comprometido con los derechos de las mujeres.
Sin embargo, esta fachada progresista se tambalea cuando se analizan los casos de acoso sexual y de comportamientos machistas que han ido emergiendo en la órbita socialista, así como la manera en que el partido los ha gestionado. O, más bien, cómo a menudo ha evitado gestionarlos con la contundencia y la transparencia que exige la gravedad de los hechos.

El problema no es solo la existencia de casos de acoso o de abusos de poder, una lacra que atraviesa prácticamente todas las organizaciones políticas y sociales. El verdadero escándalo reside en la reacción: la tendencia a minimizar, a cerrar filas, a proteger las siglas antes que a las víctimas. Cuando un partido que se reivindica feminista actúa como cualquier otra estructura patriarcal, el descrédito no es anecdótico, sino profundamente político.
En demasiadas ocasiones, la respuesta del PSOE ha sido lenta, ambigua o directamente defensiva. Investigaciones internas opacas, comunicados asépticos y un lenguaje calculadamente neutro han sustituido lo que debería ser una actitud clara: escuchar las denuncias, apartar preventivamente a los implicados y asumir responsabilidades políticas, no intentando silenciar a las víctimas y revictimizándolas de nuevo. Este patrón transmite un mensaje devastador: que la cultura del poder pesa más que la palabra de las mujeres.
En este contexto, el silencio del presidente del Gobierno y secretario general del partido, Pedro Sánchez, resulta especialmente elocuente. Sánchez ha construido buena parte de su liderazgo sobre una narrativa de renovación moral y de compromiso con la igualdad. Pero cuando los casos salpican a su propia organización, su voz desaparece o se diluye en declaraciones genéricas. El silencio, en política, nunca es neutral. Es una forma de posicionamiento, y en este caso se interpreta como una falta de voluntad de afrontar el problema de frente.

Resulta paradójico que un Gobierno que ha impulsado reformas legislativas importantes en materia de derechos de las mujeres no sea capaz de aplicar los mismos principios en su propia casa. El feminismo no puede ser solo una bandera electoral ni un relato de marketing político; debe ser una práctica cotidiana, incómoda y exigente, especialmente cuando afecta a los propios. Si no, se convierte en pura retórica vacía.
Además, esta gestión deficiente tiene consecuencias que van más allá del PSOE. Alimenta el cinismo ciudadano, refuerza el discurso de quienes denuncian la “hipocresía” de la política y acaba debilitando el feminismo como proyecto colectivo. Cada silencio, cada evasiva, es utilizada para desacreditar las luchas por la igualdad y para justificar la inacción.
El PSOE aún está a tiempo de rectificar, pero ello exige valentía política. Es necesario reconocer errores, revisar protocolos, garantizar una independencia real en las investigaciones y, sobre todo, poner a las víctimas en el centro. Y es necesario que Pedro Sánchez asuma el liderazgo también en este terreno, hablando claro y actuando con coherencia.
Porque el feminismo no se demuestra con eslóganes ni con leyes que solo se aplican hacia fuera. Se demuestra cuando el poder se mira al espejo y acepta que la transformación empieza por uno mismo. Y hoy, ese es un deber pendiente del PSOE.
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