
El Rey León y la peste porcina africana
La solución defendida por ciertos sectores empieza a desmoronarse en cuanto el problema se analiza con un mínimo de rigor técnico
*Artículo escrito conjuntamente por Victor Resco y Jesús Nadal, profesor de la UdL.
Ahora que la peste porcina ha regresado a España, algunos argumentan que cazar jabalíes no basta para controlar sus poblaciones, y abogan por la reintroducción del lobo. Otros van más lejos, y aseguran que el depredador es de hecho más efectivo que la escopeta.
¿Hay algo de cierto en esto? La verdad es que bien poco. Estamos frente un caso de mala interpretación de la ciencia, de divulgación de un ecomito popularizado aprovechando las emociones Disney, que solo genera confusión mientras nos enfrentamos a un problema ecológico y socioeconómico grave. Para entender qué ha pasado viajaremos hasta Yellowstone pero, antes, explicaremos el caso barcelonés.

El lobo no puede controlar las poblaciones de jabalí
El lobo puede contribuir a controlar las poblaciones de jabalí, sin duda. Pero su papel es el de un actor secundario. Esto queda patente en el simple hecho que el lobo se declaró extinto en Cataluña en 1929, cuando la sobrepoblación de jabalíes es un problema mucho más reciente. En cualquier caso, hagamos los números.
Un lobo de 35 Kg come un poco menos de 3 kg de carne al día (se trata de una estimación alcista, para ser particularmente generoso con la efectividad del cánido). A lo largo del año, por tanto, cada lobo ingiere una tonelada de carne. En Collserola, la densidad de jabalíes era de 8 individuos por km² en 2023-24, es decir, habría unos 960 jabalíes en total. Si cada jabalí pesa 48 Kg (algo variable según sexo y edad), y el 14% del peso son huesos (en realidad las pérdidas son mayores), necesitaríamos a 36 lobos para comerse a las 36 toneladas de carne de jabalí que estimamos en los 110 km2 de Collserola.
En la temporada 2023-2024 se cazaron 594 jabalíes, lo que equivaldría a los animales comidos por 25 lobos. La introducción de 25 lobos hubiera supuesto que, al problema de la sobrepoblación de jabalíes, le hubiéramos añadido el de la sobrepoblación de lobos: 37 lobos en Collserola son 0,2 lobos/km², y la sobrepoblación ocurre cuando se supera el umbral de 0,1 por km².
Además, la dieta del lobo es variada, pues también come corzos y otros animales, incluyendo a los domésticos. Es decir, la cifra de lobos necesarios para controlar los jabalís debiera ser aún mayor. Resultaría bastante difícil mantener a semejante población de lobos en Collserola, ya que probablemente buscarían otras zonas de campeo, lo que disminuiría su efectividad de control. Y también debemos contar con los otros riesgos y problemas sociales derivados de la sobrepoblación lobuna en la cercanía de entornos urbanos.

¿De dónde surge el ecomito de los lobos?
El ecomito del lobo como especie “sanadora” de nuestros ecosistemas surge de la hipótesis de “El Rey León”. El lobo es un superdepredador en nuestros ecosistemas que se encuentra en la cima de la pirámide trófica. Según esta hipótesis, cuando las poblaciones del depredador ápice se hallan en buen estado de salud, todas las especies que hay por debajo de él en la pirámide trófica también lo estarán. Esta visión sobre la regulación de los ecosistemas es demasiado simple para captar correctamente cómo funciona la naturaleza.
La hipótesis El Rey León, que como propuesta científica es interesante y merece ser contemplada, se ha transformado en un ecomito. Una creencia que ha sido ampliamente difundida a la sociedad, a raíz de una interpretación incorrecta de los cambios acontecidos en Yellowstone tras la introducción del lobo.
Muchos de los principales medios de comunicación en español o en inglés, junto con plataformas ambientales como Hope o Restauración de Ecosistemas, difundieron la errónea idea que la introducción del lobo cambió el comportamiento de los ciervos. En consecuencia, los ciervos dejaron de pastar en las zonas donde crecían las plántulas (árboles jóvenes), lo que contribuyó a que aumentara la superficie forestal y, por ende, aumentó la diversidad de las poblaciones de aves. Supuestamente, los castores, que también pasaron a ser más abundantes en los ríos, empezaron a fabricar presas, lo que aumentó la diversidad y densidad de la ictiofauna, y acabó cambiando incluso el curso de los ríos. Según esta interpretación, el lobo sería una especie de animal talismán capaz de restaurar mágicamente la naturaleza.

Pero la realidad es bastante más prosaica. El alcance del ecomito fue tal, que la revista Science se vio impulsada a publicar hace poco una noticia aclarando que la depredación por lobos no había sido suficiente como para controlar a los cérvidos: habían sido los cazadores quienes habían controlado las poblaciones de cérvidos. Fue por tanto la combinación de rifle y predadores, y no el miedo de los ciervos al lobo, quien catalizó los cambios de Yellowstone. Distintos estudios han demostrado que los lobos tienen un efecto significativo reduciendo la abundancia de castores. Otros estudios más recientes, como los realizados en el Parque Nacional de Isla Real, corroboran que los cambios ecosistémicos tras la introducción de lobos son más bien escasos y que su relación con las presas más compleja que El Rey León.
Por desgracia, los divulgadores que habían difundido información incorrecta sobre los lobos de Yellowstone nunca se corrigieron, y el ecomito de El Rey León sigue campeando en nuestra sociedad. En los ecosistemas se entretejen unas asociaciones muy complejas, y no una relación jerárquica simple y directa. Las redes tróficas ensamblan la biodiversidad creando estructura y funcionalidad en los ecosistemas. Gracias a ello pueden ganar estabilidad y ser resilientes a las perturbaciones. La sobrepoblación crea problemas complicados que no podemos resolver sin comprender nuestro papel y sus consecuencias.
El lobo ha pasado de ser una alimaña en el mundo rural, a un animal totémico para ciertas corrientes ecologistas. El control de las poblaciones de jabalíes debe seguir bajo los criterios de los expertos. Al igual que el del lobo. Debemos comprender que somos parte de la naturaleza y que todas nuestras acciones tienen efectos en los ecosistemas. Las ciudades y los terrenos urbanizados también son ecosistemas que se relacionan y afectan a los otros ecosistemas. No nos valen las soluciones mágicas impuestas desde los ecomitos, la ideología o las capitales urbanas, ni los grandes titulares. Necesitamos soluciones pormenorizadas para cada lugar, en función de su realidad tanto social como ecológica.
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