Rescatistas trabajan de noche alrededor de un vehículo volcado en un accidente rodeado por un marco rosa con líneas oscuras.
OPINIÓN

Y de repente, los trenes

Cuando la muerte entra sin preámbulo se caen los planes y aparece la vieja obsesión por perdurar a cualquier precio

Imagen del Blog de Octavio Cortés

Decenas de familias están llorando hoy a sus muertos después de un terrible accidente ferroviario, en mitad de ninguna parte. Qué mundo este, impredecible, efímero, indiferente a nuestros amores y proyectos, otorgador de victorias y derrotas que nadie puede ver venir. La muerte cada cierto tiempo exige su cosecha, su lugar en el escenario, del mismo modo que la felicidad y la belleza también pueden surgir donde nadie las espera.

Vienen a la mente las líneas iniciales de un célebre relato de Bioy Casares: “Como si no bastaran las promesas del más allá, queremos perdurar en nuestra tierra, tan vilipendiada y tan querida. Casi todo el mundo comparte el afán por sobrevivir en obras, en hijos, de cualquier modo. Si reflexionáramos un minuto acerca de la inmortalidad deparada por libros, obras de arte, inventos, función pública, saborearíamos la amargura de quien se dejó atrapar en una estafa”.

Rescate nocturno de personas alrededor de un vagón de tren volcado iluminado por focos tras un accidente.

Nos empeñamos en perdurar: queremos vivir como si todas las líneas de fuga fueran a converger en un punto lógico, equilibrado, garantizando recompensas que podemos explicar, pero los golpes llegan sin avisar, sin preámbulo, sin venir a compensar carencias previas. Lo único cierto es que nacemos desnudos y desnudos moriremos, que nuestra entera experiencia vital es la de un viajero que hace una parada rápida en un territorio extraño. Nuestro hogar está en otra parte y, tarde o temprano, cada uno emprende el viaje de regreso.

¿Puede vivirse esta vida sin una noción de trascendencia, sin saber desde lo profundo del alma que de la fuente venimos y que a la fuente volveremos? Se puede hacer, pero el precio es una dosis feroz de sufrimiento perfectamente evitable. Dejar pasar los años y pensar que vamos construyendo fortalezas a salvo del tiempo es el más duro de los engaños, porque solo levantamos castillos de arena en la orilla de un mar mucho más poderoso que todos nuestros afanes.

Rescatistas trabajan de noche junto a un vagón de tren volcado y destrozado tras un accidente ferroviario.

La mayoría vive como si el dolor, la enfermedad y la muerte fueran asuntos excepcionales, pero pertenecen a la trama de la obra tanto como el placer, el sosiego y la alegría. El viejo Heráclito escribió que la noche empieza a mediodía: el momento en el que el sol alcanza su zenit, ese es exactamente el momento en el que empieza a descender. No hay día sin noche, verano sin invierno, amor sin desamor, estas son las verdaderas reglas del juego. Todo pasa, todo fluye. Esta es una enseñanza que olvidamos a menudo, en esta época nuestra de bienestar artificial y falso dominio de la naturaleza.

Conviene, en días como estos, no tener muy lejos el libro del Eclesiastés: hay un tiempo para sembrar y otro para cosechar, un tiempo para reír y un tiempo para llorar y bajo la bóveda celeste todo el orgullo humano no es más que vanidad. El que sepa rezar, que rece; el que no sepa, que vaya aprendiendo.

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