
Llegan los Reyes Magos
Oro, incienso y mirra no son regalos casuales, el símbolo apunta hacia Egipto y cambia la lectura del pasaje
Mateo contó que unos astrólogos, buscando al Mesías, pasaron por el palacio de Herodes preguntando por su paradero que sería Belén. Al final Herodes hace matar a todos los recién nacidos de Belén por el temor que haya un Mesías entre ellos. El relato anterior mezcla dos grupos de personajes, el primero los astrólogos que no tienen entidad histórica alguna, y el segundo Herodes que sabemos que sí existió. Algunos exegetas ven en ello una intención de dar realismo a unos hechos que probablemente no sucedieron.
Herodes fue un rey cruel, un tirano y un acólito de Roma que jamás convenció a los hebreos, y menos con las buenas relaciones diplomáticas que mantenía con el imperio y con otros enemigos históricos de Judea, por ejemplo, Egipto. Hay que mencionar en este sentido su matrimonio con Cleopatra, del cual nació Herodes de Filipo. Ese fue uno de los muchos enlaces matrimoniales que contrajo el monarca. Fueron un total de diez, los cuales le comportaron multitud de hijos que posteriormente compitieron por el reino, un reino burbujeante de Mesías sedientos por destronar a Roma y a sus compinches herodianos.

Así pues, Herodes y sus herederos estuvieron temiendo durante todo su mandato una caída propiciada por los mesiánicos, por la aristocracia hebrea o por la misma Roma. La tradición judía conocía perfectamente la ambición del monarca y fue lógico que el miedo de Herodes dejara mella en la tradición popular que luego los evangelistas elaboraron en la adoración, el genocidio en Belén o el odio hacia posibles mesías. En el apócrifo Protoevangelio de Santiago, Herodes busca a Juan el bautista interrogando a su padre Zacarías. El rey, al hablar a sus mercenarios sobre el bautista, les argumentaba lleno de furor, “su hijo debe un día reinar sobre Israel”. Al final, y ante la negativa del padre por desvelar el paradero de su hijo, Zacarías es asesinado.
Tanto la adoración, el asesinato de Zacarías, como el genocidio en Belén surgieron de una mezcla de mitos y de realidades. En la adoración de Jesús el tema resulta bastante concluyente. Mateo citó que unos astrólogos se postraron de rodillas (prokyneîn) ante al nazareno, pero jamás indicó que fueran tres, ni hermanos, ni reyes, ni magos, ni de diferentes razas ni naciones, ni que se llamaran Melchor (Melkon) rey de los persas, Gaspar rey de los árabes y Baltasar rey de los indios. Todo fueron elaboraciones tardías que al final quedaron recogidas durante el siglo VI en el evangelio apócrifo de los armenios. Con el supuesto de los tres presentes, oro, mirra e incienso, se elaboró para que fueran tres los personajes.

Más tarde, y durante el siglo XII, las presuntas reliquias de estos astrólogos fueron trasladadas a la catedral de Colonia en Alemania. Sin embargo, mucho más tarde, y cuando se abrió el sarcófago para examinarlo, se supo que solo contenían los esqueletos de tres niños. En fin, la adoración fue un añadido para realzar una realeza inexistente de Jesús, es más, la adoración de los reyes magos a un nazareno de sangre azul trajo consigo otra paradoja difícil de resolver. En los canónicos se cuenta que después de dos años del nacimiento del nazareno, llegaron a Belén aquellos magos, realmente astrólogos en Mateo, cargados de dones. Pero ¿por qué permaneció la Sagrada Familia dos años en Belén si existía la amenaza de Herodes a escasos kilómetros de allí? ¿No hubiera sido mejor esconderse por la lejana Galilea, ya que era su tierra? Y ante tal cúmulo de extrañezas cabe preguntarse qué significaba realmente la adoración de Jesús con el oro, la mirra y el incienso.
La adoración con oro, incienso y mirra guardaba un gran simbolismo en la cultura de aquellos tiempos ya que engrandecía la supuesta realeza de Jesús. Él, y según las profecías, debía ser el Mesías descendiente del rey David. Piensen que, si Jesús no hubiera estado emparentado con la clase real judía, no hubiera sido creíble ante quienes esperaban que fuera el enviado de Dios, el Mashíah ungido de Yahvé. Las profecías debían cumplirse y para ello el Mesías debía proceder de la casa de David y nacer en Belén. La adoración de los Reyes Magos y el genocidio de Herodes reforzaban tal cometido. La ofrenda de los astrólogos respondió a un deseo del evangelista Mateo, el de regalar una apariencia de faraón al recién nacido Jesús. Si pensamos qué tenían de especial el oro, el incienso y la mirra nos daremos cuenta de que solo pretendían coronar a un Jesús de origen humilde, en fin justificar su futuro reino como Mesías.
Oro, incienso y mirra fueron las mismas emanaciones del dios egipcio Ra. El oro era su carne, el incienso su perfume y la mirra su germinación. Visto lo anterior, la adoración fue simplemente una elaboración tomando préstamos culturales de sus vecinos egipcios, una metáfora para enfatizar el rol de rey de los judíos en Jesús. Para un semita del siglo I y II, cuando se redactaron los canónicos, tal ofrenda significaría claramente un homenaje a un personaje real y divino.

Hay que aclarar que Jesús no fue descendiente del rey David. Tal afirmación solo fue una elaboración evangélica con finalidades proféticas. El Mesías debía ser, y según las profecías, descendiente de la casa de David, algo que los evangelistas se apresuraron a escribir a pesar de las contradicciones que ello conllevó. Sirva de ejemplo que en algunos canónicos Jesús era de la casa de David por vía paterna, pero en la mayoría de apócrifos lo era por materna (Evangelio de Pseudo-Mateo). Toda la información anterior nos indica varias cosas. La primera, el Mesías, y según las profecías, debía ser hijo de David, pero no sabemos si lo era por la testosterona de José o por la progesterona de María. La segunda, que la iglesia primitiva era muy machista y solo salvó de la quema aquellos evangelios, los canónicos, que dejaban a Jesús rey por vía masculina. Y la tercera, los nombres y más nombres que dibujan la cadena de descendientes del linaje de David que los evangelistas exponen con todo detalle para demostrar la sangre azul de Jesús, no coinciden jamás.
En resumen, y analizados todos los datos anteriores, vemos que en los evangelios se elaboró una imagen de un Jesús de estirpe real con oro, mirra e incienso en su adoración. Este añadido, más el recelo histórico de Herodes a perder su trono, fue mezclado para dar mayor realismo a los pasajes. La pregunta que cabe hacerse, ¿por qué Herodes fue tan importante para los nazarenos? Hablemos un poco de Herodes.
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