
El regreso de Salvador Illa
Illa vuelve con discurso firme, pero Cataluña ya vive gobernada por el estruendo y la confusión permanente

El MHP Salvador Illa parece haberse recuperado de sus problemas de salud, de lo cual nos alegramos todos, y parece estar de regreso en su puesto. Según sus propias palabras, sabe lo que está pasando en Cataluña y sabe lo que hay que hacer. Todo son buenas noticias. El líder político del país tiene una visión clara y una hoja de ruta. Pero el problema es el ruido.
Hay ruido en la calle, hay ruido en el Parlament, hay ruido en los medios, hay ruido en las redes. El ambiente está tan envenado que cada vez es más exigua la posibilidad de un debate calmado sobre cualquier cosa.

El ruido de la calle proviene del descontento de la gente: es un ruido simple, primario, noble, que proviene de una población harta de impuestos, inseguridad, corrupción y mentiras. Este sería el ruido que debería guiarnos, pero desde las esferas de poder se ha optado, ya hace tiempo por una forma muy concreta de combatirlo: si no puedes acallar el ruido, lo puedes diluir en una tormenta continua de otros ruidos creados de manera artificial, hasta crear un perfecto tutti fruti de idiotez y rencor que impida crear el relato común que necesitamos.
A finales de los años noventa, con la irrupción de internet, se rompieron las represas de la información y desde entonces vivimos anegados en un tsunami continuo de contenidos digitales para el consumo efímero. Nuestras estructuras políticas y sociales no estaban preparadas para el nuevo escenario y llevan años resquebrajándose bajo la presión.
Nuestros mecanismos de representación política son los mismos que se usaban durante la Segunda República: votar cada cuatro años y dejar que los representantes debatan en el Parlamento. Pero entonces los ciudadanos no vivían en red, conectados todos con todos en constante conversación, en constante comercio de argumentos, en constante búsqueda de nuevas polémicas que monetizar.

Ahora, los parlamentos no son los principales lugares de debate, ni siquiera son los más interesante y productivos. Son platós donde se genera contenido y ni siquiera es el contenido más divertido o relevante. El país no ha notado la ausencia del MHP: ha seguido hundiéndose a su ritmo, colapsando con la mayor naturalidad. Tampoco notará su regreso.
La clase política destaca hoy en día no por su idiotez o corrupción (como antes) sino por su total irrelevancia. La conversación política es solo una pequeña parte de la conversación esquizoide que consume, por pura retroalimentación tóxica, las entrañas de la sociedad. Hay que bajarse de ese tren rumbo a la nada y buscar espacios alternativos de claridad y sencilla honestidad. La demostración de que el MHP no tiene la menor idea acerca de como salvar el país es que ha regresado a su puesto: si de verdad hubiera alcanzado alguna luz, seguramente hubiera huido para dedicarse al estudio, al tai chi, al ajedrez, a la vida familiar apartada y cuidadosa. Ese sería el tipo de señal que el país necesita.
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