Perro pequeño de pelo largo y oscuro en primer plano sobre fondo rosa con marco gráfico decorativo.
OPINIÓN

Hasta siempre, Foski

Una bolita negra llegó a Olot en el peor momento y se convirtió en un gran apoyo de manera imprevista

Hace casi once años, un día de mayo de 2015, llegaba un nuevo miembro de la familia a casa. No era humano ni siquiera lo habíamos estado esperando, por así decirlo. Un vecino tuvo una camada de ‘Yorkshire’ y, pese a la oposición del padre, la madre y yo ganamos la batalla.

La primera decisión que tomamos fue ponerle nombre. Me encargué yo. Aquella bolita negra, que me cabía entre las dos manos, que no dejaba de lamerme, no podía llamarse de otra forma que Foski, de fosquet. ‘Friski’, le decía mi madre, al principio. No, madre, no: Foski.

Esta pequeña revolución llegó a nuestro pequeño piso de Olot en un momento difícil para la familia. El padre se había quedado ciego hacía pocos años y yo, unas semanas antes, había sufrido un accidente de tráfico que me obligaba a quedarme en casa durante unos meses. Motivo por el cual aquella pequeña bola negra se convertiría, sin saberlo, en mi mejor amigo y compañero de cama durante bastante tiempo.

Mucha gente no entiende qué significa un perro en la vida de muchos. El padre, que ya no está entre nosotros, era uno de ellos. Más de una vez amenazó con echarlo, no por travieso, solo por los ladridos que hacía. Era un perro, pequeño y juguetón, que estaba apenas descubriendo la vida en una casa de desconocidos.

Pero con el paso de los años, Foski también se convirtió en el mejor amigo del padre, cuando ya casi no salía de casa. Con gritos, eso sí, por cada vez que de un salto se le subía a las piernas mientras estaba sentado en el sofá. Pero ellos se entendían bien así. El día que el padre se fue, Foski estuvo triste durante casi una semana. Se hacían compañía mutuamente.

La misma compañía que, posteriormente, acompañado de Marco, el blanco de la familia, le ha hecho a la madre, primero en Olot y después en Sant Joan les Fonts, en su nueva vida. Solo le bastaba oír el motor del coche girar por la carretera principal hacia la calle de casa para volverse loco, esperándola mientras daba saltitos.

Hace unos días, después de unos meses con un estado de salud delicado, pocas horas después de que yo le diera el último —hacía dos meses que no lo veía—, Foski nos dejó. Lo hizo de noche, con mi madre, su gran protectora, al lado, cuidándolo hasta el último minuto como él la ha estado cuidando a ella sin que muchas veces nos diéramos cuenta.

La próxima vez que vuelva yo a casa ya no me estará esperando. Ya no tendré que preocuparme más porque me despierte de un salto en la cama —que, para tener once años, agilidad tenía mucha, aún—. Tampoco por si vuelve a escaparse de casa y uno tiene que correr detrás de él, como si se estuviera riendo de mí.

Echaré de menos las siestas juntos, que me robe parte de mi cena de encima de la mesa o las peleas que, fruto de la edad, tenía últimamente con Marco. Si miro atrás, recuerdo perfectamente el día que entró por primera vez por la puerta de casa. Han pasado once años, muy rápidos, como rápido también te has ido. No eras solo un perro, eras un amigo más.

➡️ Opinión

Más noticias: