Primer plano de Gabriel Rufián sonriente en primer plano, al fondo un tuit con opiniones sobre el conflicto entre Israel y Palestina sobre un fondo rosa con detalles en negro.
OPINIÓN

¿Y tú, qué dijiste el 7 de octubre de 2023?

La indiferencia de quienes callaron o justificaron la barbarie revela hasta qué punto hemos normalizado lo intolerable

Estamos en el segundo aniversario de una fecha nefasta y me dispongo a escribir algo sobre ella, sabiendo que no podré estar a la altura de las circunstancias. Vista con la perspectiva que dan 731 días —aunque aun con cierto estado de shock—, recuerdo aquella fecha como una de las más tristes de mi vida. No fueron solo los vídeos que los terroristas filmaron, cuya crudeza parece que ya no nos conmueve, sino el hecho de que aquella violencia se celebraba a 4.000 kilómetros, pero también a 500 metros. 

Nunca podré superar el impacto de ver a gente cercana celebrando y reivindicando los ataques en las redes sociales. Aquella chica que creías feminista —con quien habías compartido indignación cuando Rubiales le dio un beso a Jennifer Hermoso— primero guardó silencio al ver la violencia ejercida el día de Simjat Torá contra mujeres israelíes y, después de ver el cuerpo de Shani Louk, se dignó a tuitear, pero para justificar aquella atrocidad. 

Una mujer que sostiene un glaf israelí y uno alemán se toma una foto en el recinto del festival Nova en Re'im antes del segundo aniversario del ataque del 7 de octubre liderado por Hamás.

Aquel profesor tan respetuoso con las mujeres del pasado, que denunciaba la represión femenina y las prácticas crueles del franquismo, quería convencerme de que Hamás no era terrorista y, pasados unos días, no dudó en izar la bandera palestina y llevar una kufiya. Empezaba el frío. 

Por no hablar de aquel que me había pedido dar una conferencia sobre antisemitismo, pero unos días después de los atentados promocionaba merchandising propalestino. El negocio es el negocio. Sentía que vivía en un sueño donde los valores y la moral se habían invertido de un momento a otro.

También estaban los periodistas. Aquellos que me habían entrevistado para aproximarse al antisemitismo y su huella histórica —y que ya entonces demostraban no entender ni los conceptos básicos—, de repente se convirtieron en expertos en un conflicto complejo y lleno de matices. Eso sí, mostrando un relato que no admitía matiz alguno. Compartían, si acaso, las noticias falsas más burdas y se convertían en los reyes del eufemismo: “las autoridades de la Franja de Gaza” o “el Ministerio de Salud de Gaza” sustituían a Hamás cuando se trataba de revelar las fuentes. 

Una mujer enciende una vela en el cementerio del kibutz Nir Oz durante una ceremonia que conmemora el segundo aniversario del ataque del 7 de octubre liderado por Hamás.

Tras la primera bofetada de realidad, cuando parecía que nada podía ir a peor, el relato viró de tal manera que al día siguiente de los ataques ya se convocaban las primeras manifestaciones, no de repulsa por los atentados terroristas, sino favorables al bando que los había perpetrado. Apareció por primera vez el término “genocidio”, que pronto tendríamos hasta en la sopa. Ahora tocaba fingir que todo lo que habías vivido no era más que imaginación tuya y propaganda sionista: luz de gas de manual. 

Para comprobar hasta qué punto el silencio inicial fue elocuente, he buscado en X lo que habían publicado el 7 de octubre de 2023 ciertas figuras públicas que, dos años después, promedian treinta y cinco tuits sobre los horrores de la guerra. 

Gabriel Rufián, célebre tuitero, no publicó nada ni el 7 ni el 8 de octubre. Tres días después escribió para equiparar a ambas partes y tergiversar la realidad: según él, Hamás no representaba a Palestina, pero Netanyahu gobernaba Israel y, por tanto, hacía responsables a todos los ciudadanos de las decisiones del primer ministro. 

Si hablamos de célebres tuiteros, no podemos olvidar al ministro Óscar Puente: el 7 de octubre de 2023 en X solo intervino para celebrar un gol de Mamadou Sylla. No es un chiste; podéis comprobarlo. 

Yolanda Díaz, la ministra del from the river to the sea, declaró que estaba consternada por la violencia ejercida por ambas partes y expresó su solidaridad con todas las víctimas. Sin embargo, el 9 de octubre debió considerar que aquellas declaraciones habían sido demasiado duras y prosionistas, y ya empezó a indignarse por las operaciones que se preveía iniciarían las FDI. Ni una palabra sobre los rehenes: supongo que pretendía que se quedaran en Gaza para siempre. 

Si triste fue el papel de los políticos que, de una u otra manera, la misma semana de los atentados comenzaron a empoderar al terrorismo, aún más decepcionante fue el papel de las organizaciones no gubernamentales que ahora te bombardean con anuncios sobre las miserias de la guerra.

Voluntarios israelíes limpian el lugar conmemorativo en la fuente de agua de Dizengoff antes del segundo aniversario del ataque del 7 de octubre por parte de Hamás.

El 7 de octubre de 2023 Amnistía Internacional España publicaba tuits banales: recopilaba ocho películas recomendadas para jóvenes sobre los derechos humanos. Derechos que, pocos minutos después de una masacre feroz, parecían olvidados. La Cruz Roja, por su parte, el mismo día de la mayor matanza de judíos desde el Holocausto, promocionaba en su cuenta oficial un taller de globoflexia. Estaban para muchas fiestas. 

El 13 de octubre, Amnistía Internacional vio que el silencio ya no era una opción y siguió la actitud de Yolanda Díaz: condenar las muertes de todas las partes. Era demasiado fuerte eso de presentar a Israel como víctima de algo. Por poner otro ejemplo, UNICEF expresó el mismo día mucha preocupación por el futuro de los niños de ambas partes, sin reclamar por las vidas de los niños arrebatadas por los terroristas ni concretar nada sobre aquellos que sufrían el cautiverio, a pesar de las imágenes conmovedoras de Shiri Bibas obligada a abandonar su casa con dos bebés en brazos. 

Dos años después, aún cuesta digerir aquel 7 de octubre: las máscaras, los silencios y las justificaciones. Cuesta más aún asimilar que, ante la barbarie, muchos eligieran el relativismo o la indiferencia, y duele pensar en las víctimas que se habrían podido evitar si el mundo hubiera reaccionado de otra manera.

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