Gabriel Rufián en primer plano sobre fondo rosa junto a un cartel inmobiliario que dice 'SE VENDE' rodeado de flores rojas.
OPINIÓN

Poner un tope al precio de la vivienda: la tontería definitiva

El discurso del tope promete alivio inmediato, pero abre un gran agujero que nadie se atreve a nombrar

Imagen del Blog de Octavio Cortés

Sigue la izquierda, encabezada por Gabriel Rufián vestido por Armani e Ione Belarra vestida por los ayatollahs, insistiendo en que la solución al problema de la vivienda es poner un tope a los precios. De hecho, para ellos, intervenir los precios es un remedio casi universal, porque también han propuesto poner un tope al precio de los alimentos.

No examinaremos ahora los factores que confluyen en el precio de la vivienda (aumento constante de población en los barrios trabajadores, devaluación maníaca de la moneda por el BCE, legislación pro okupación que aterroriza a los propietarios, falta de construcción, etc.), sino que golpearemos a bastonazos esa idea de “topar los precios” hasta que se rompa y veamos qué tiene dentro.

Montaje de fotos de Gabriel Rufián e Ione Belarra hablando frente a un micrófono en un entorno institucional.

Primera pregunta: si se puede hacer por decreto que los precios no suban, ¿por qué no prohibir directamente la inflación? Ese sería el fin del problema. Prohibir que los precios de cualquier cosa suban y asunto resuelto. ¿Cómo no se le habrá ocurrido a nadie?

Segunda pregunta: ¿por qué solo el precio de la vivienda o de los alimentos? Pongamos también un tope al precio de los Ferraris o de los Rolex, que la gente compraría encantada si valieran 200 euros. Pongamos un tope al precio de los futbolistas, para que la Ponferradina puede fichar a Haaland. Pongamos un tope al precio del oro, que ha superado los 4600 dólares por onza: dejémoslo en 100 dólares y todo el mundo podrá tener montañas de oro.

Tercera pregunta: ¿hay que hacer caso a la izquierda cuando dice que los alimentos son bienes de primera necesidad y, por tanto, se ha de prohibir lo que ellos llaman “especulación”? Perfecto, porque el problema está en el origen. Los primeros que añaden un plus al precio de coste son esas malvadas personas llamadas agricultores, que se dedican a hacer negocio con las lechugas o los melocotones. Prohibamos la agricultura.

Mapa de Venezuela con un avión dorado sobre el país y un círculo rojo que muestra un estante de supermercado lleno de frutas y verduras.

Cuarta pregunta: cuando los costes (laborales, energéticos, fiscales) no paran de subir y se ha puesto un tope de precios, ¿hay que obligar a la gente a vender sus productos o sus servicios con un margen de beneficios negativo? Producir una patata cuesta un euro, pero el precio oficial no puede superar 0,50 euros. ¿Hay que obligar al productor a perder dinero en cada transacción? La realidad es que el aumento de costes ha de repercutir en algún sitio y si no puede ser reflejado en el precio, será reflejado en el cierre del negocio. Venezuela ya probó el tope de precios de los alimentos y produjo en una semana un total desabastecimiento de los supermercados.

El tope que necesitamos es un tope al analfabetismo funcional de todos estos vividores progresistas, a su mediocridad fanática, a su desesperante inutilidad. Entonces quizás las cosas mejorarán.

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