
Irán tras las protestas: qué puede pasar si cae el régimen
Irán no es homogéneo y el poder central contiene tensiones que podrían estallar si el Estado se debilita de golpe

Es comprensible —y hasta cierto punto inevitable— la euforia que se percibe en buena parte de Occidente ante las protestas iraníes y la posibilidad, aunque hoy por hoy poco probable si no existe una intervención exterior decisiva, de una caída del régimen de los ayatolás en Irán. Durante más de cuatro décadas, la República Islámica ha sido sinónimo de represión política, control social férreo, negación sistemática de derechos —especialmente a las mujeres— y una política exterior profundamente desestabilizadora para su entorno regional. Que un régimen de este tipo se vea cuestionado desde dentro genera una reacción emocional lógica: la esperanza de que algo mejor, más justo y más libre, pueda surgir de sus ruinas.
Esa esperanza no es banal ni ingenua en sí misma. Está alimentada por imágenes de jóvenes desafiando al poder, por mujeres que se niegan a aceptar un sistema jurídico y moral que las trata como ciudadanas de segunda, y por una sociedad urbana y conectada que, al menos en parte, parece aspirar a un modelo de vida más cercano a los estándares liberales occidentales. Desde la distancia, resulta tentador proyectar sobre estas protestas un deseo casi automático de democratización, como si la mera caída del régimen fuese condición suficiente para el nacimiento de un sistema político plural, estable y respetuoso con los derechos humanos.

Ahora bien, la historia reciente —y no tan reciente— invita a la prudencia. Derrocar un poder fuerte y tiránico no equivale automáticamente a construir un orden más justo, estable o democrático. De hecho, en contextos sociales, étnicos y religiosos complejos, lo contrario suele ser lo habitual. El problema no es desear el fin del régimen iraní, algo perfectamente legítimo desde un punto de vista moral y político; el problema es suponer que el “día después” será necesariamente mejor si no existen estructuras, consensos y liderazgos capaces de gestionar una transición extremadamente delicada.
Irán no es un país homogéneo, ni desde el punto de vista étnico, ni lingüístico, ni religioso. Los persas constituyen algo más de la mitad de la población, pero el resto del país está compuesto por grandes minorías con identidades propias y, en algunos casos, con agravios históricos acumulados. Azeríes, kurdos, baluchis, turcomanos, árabes, asirios y otras comunidades conviven dentro de unas fronteras mantenidas, hasta ahora, por la fuerza coercitiva del Estado y por una narrativa nacional iraní que, aunque poderosa, no ha eliminado del todo las tensiones internas. Mientras ese poder central existe y es capaz de imponer orden, las fracturas permanecen relativamente contenidas; cuando desaparece o se debilita, emergen con rapidez.
El riesgo principal de una caída abrupta del régimen no es solo el vacío de poder, sino la fragmentación. Un periodo de transición mal gestionado —o, peor aún, un colapso súbito del aparato estatal— puede abrir la puerta a dinámicas de vindicación identitaria, secesionismo, conflictos intercomunitarios y guerras por el control territorial. En ese escenario, Irán no sería un caso aislado ni excepcional, sino la repetición de un patrón ya conocido en otros contextos de Oriente Medio y de los Balcanes.
La descomposición de Irak tras la caída de Sadam Huseín, el colapso del Estado en Libia después de la muerte de Muamar el Gadafi, la guerra civil en Siria o incluso la fragmentación violenta de Yugoslavia son lecciones históricas claras. En todos estos casos, la caída de un régimen autoritario no vino acompañada de una transición ordenada hacia sistemas más libres, sino de años —cuando no décadas— de violencia, inestabilidad y sufrimiento civil. Milicias, señores de la guerra, actores externos y conflictos enquistados ocuparon rápidamente el vacío dejado por el Estado.

En Irak, la disolución del aparato estatal y del ejército creó un terreno fértil para la insurgencia, el sectarismo y, finalmente, para la aparición de organizaciones yihadistas de alcance global. En Libia, la desaparición del régimen central dio paso a una atomización del poder que aún hoy impide la reconstrucción de un Estado funcional. En Siria, el intento de derribar al régimen degeneró en una guerra civil de múltiples capas, con intervención directa de potencias regionales y globales. Yugoslavia, por su parte, mostró hasta qué punto las identidades nacionales reprimidas durante décadas pueden convertirse en el combustible de conflictos brutalmente violentos cuando el marco estatal se derrumba.
Irán comparte algunos de estos factores de riesgo, y en ciertos aspectos los supera. Se trata de un país grande, densamente poblado, con una posición geográfica estratégica y con profundas divisiones internas que el régimen ha sabido gestionar mediante una combinación de represión, cooptación y nacionalismo. El sistema no se sostiene únicamente por la fuerza: también se apoya en redes clientelares, en una parte del clero, en sectores conservadores de la sociedad y en instituciones paralelas —como los Guardianes de la Revolución— que tienen intereses directos en la supervivencia del régimen.
Por eso, pensar en una transición “limpia” y rápida resulta, como mínimo, optimista. La alternativa más plausible, en ausencia de un plan interno sólido y de consensos amplios, es una etapa prolongada de incertidumbre en la que distintos actores —internos y externos— intentarían imponer su agenda. Las minorías étnicas podrían ver en el colapso del poder central una oportunidad histórica para reclamar mayor autonomía o incluso la independencia. Las regiones periféricas, tradicionalmente más pobres y menos integradas, serían especialmente propensas a la inestabilidad. Y las potencias regionales no permanecerían al margen.

Las derivadas regionales de una caída del régimen iraní serían múltiples y profundas. En el Líbano, la desaparición del principal sostén financiero, militar y político de Hezbollah alteraría de forma radical el equilibrio interno. La milicia chií es especialmente fuerte al sur del río Litani, pero su influencia se extiende a buena parte del país. Sin el respaldo iraní, su capacidad de control y disuasión se vería mermada, lo que podría tentar a otras comunidades —maronitas, sunitas, drusas— a disputar el poder en algunas áreas de influencia por vías que el frágil sistema libanés difícilmente podría absorber sin violencia.
En Yemen, la ruptura del eje iraní dejaría a los hutíes sin buena parte de los medios necesarios para continuar la guerra. Esto podría abrir una ventana para una solución negociada, pero también generar un nuevo equilibrio de fuerzas en el que otros actores regionales intentasen imponer sus intereses. En el caso de Hamás, el impacto sería menor, ya que su financiación depende en mayor medida de estados suníes y de otras redes, pero aun así se produciría un reajuste en el tablero palestino.
Desde una perspectiva estratégica, hay dos grandes beneficiados potenciales de un debilitamiento o caída de Irán: Israel y Arabia Saudí. Ambos llevan años inmersos en una competición regional estratégica con Teherán, ya sea de forma directa o a través de conflictos por delegación. Para Israel, la desaparición del régimen iraní supondría la eliminación de su principal adversario estratégico, especialmente en lo relativo al apoyo a Hezbollah y a otros actores hostiles. Para Arabia Saudí, significaría el debilitamiento del eje chií que desafía su influencia en el Golfo y en la península arábiga.

Sin embargo, incluso para estos actores, el escenario no estaría exento de riesgos. Un Irán fragmentado, inestable o sumido en conflictos internos podría convertirse en una fuente permanente de inseguridad regional, con flujos de refugiados, proliferación de armas y aparición de actores no estatales difíciles de controlar. La historia demuestra que el colapso de un Estado poderoso rara vez produce un entorno más predecible.
Nada de lo anterior significa que el régimen iraní deba ser preservado por miedo al caos. Todo lo contrario: su caída sería, en términos morales y políticos, deseable. Pero desear no equivale a planificar, y la diferencia entre una transición exitosa y un desastre prolongado suele residir precisamente en la existencia —o no— de estructuras capaces de gestionar el cambio. Irán es una “sopa” con muchos ingredientes, y removerla sin un plan, sin consensos internos y sin una transición cuidadosamente diseñada puede derivar en una inestabilidad aún mayor, con consecuencias regionales y globales de enorme alcance.
La prudencia, en este contexto, no es cinismo ni indiferencia ante el sufrimiento del pueblo iraní; es memoria… Es recordar que los procesos revolucionarios y las caídas de regímenes autoritarios rara vez siguen el guion optimista que se escribe desde fuera. Y en Oriente Medio —una región donde las fronteras, las identidades y las rivalidades han sido moldeadas por décadas de conflicto— olvidar la historia suele pagarse muy caro.
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