
No todos los caminos llevan a Roma
Más allá de las polémicas sobre la conquista, una fecha y una orden real cambiaron para siempre la forma de conectar América

Acabamos de vivir una fecha simbólica, el 12 de octubre, día de la Hispanidad. El deterioro del prestigio de una efeméride que hasta hace muy poco se celebraba en toda América —en Estados Unidos aún hay muchos lugares donde el “Colombus day” es un día festivo— se ha convertido en una fecha controvertida por la visión contemporánea que un sector político determinado hace de sucesos históricos que tienen más de medio milenio de antigüedad. Los nacionalismos identitarios precisan de enemigos, máxime cuando los que los crean son étnicamente iguales a los que les “someten”.
Desde los primeros años de la llegada española a América, algunos de los antepasados de los criollos que se levantaron contra la Monarquía Hispánica para generar repúblicas independientes, se dieron cuenta de la importancia vital de conectar territorios dispersos, transportar recursos y mantener comunicación con la metrópoli. Esto exigía el desarrollo de vías terrestres. Como había sucedido en Roma, unos siglos antes, el poder del Imperio se conseguía a base de sus comunicaciones. Fue así como surgió el camino real: una carretera autorizada por la Corona para uso público y comercial, y administrada por la autoridad virreinal.

Fue tal día como hoy, el 17 de octubre de 1533, cuando una Real Cédula estableció la orden de construir caminos en la Nueva España que integraran territorios y facilitaran el transporte. Esta disposición es reconocida históricamente como antecedente institucional del “Día del Caminero” en México. La Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT) vincula esa cédula con el impulso formal para establecer rutas que unieran la capital con zonas costeras como Veracruz. Fue precisamente ese itinerario entre Ciudad de México y el puerto de Veracruz una de las vías más importantes. Atravesaba Puebla, Orizaba y otras poblaciones intermedias. El trazador de esta línea fue Bautista Antonelli, hermano del también Ingeniero Militar Juan Bautista Antonelli. Ambos trabajaron toda su vida para la Corona Española, uno trazando fortificaciones por toda Europa y el que hoy nos interesa realizando obras por toda América. Antonelli cumplía órdenes del virrey Luis de Velasco.
Este camino, aunque primitivo en ciertos tramos, ofrecía un corredor logístico esencial para llevar bienes, correspondencia, tropas y eventualmente metales entre la meseta central y el litoral del Golfo de México. En muchos relatos institucionales mexicanos se conmemora 1590 como año simbólico de inauguración o consolidación de dicho trayecto.
Sin embargo, el diseño y construcción no fue un asunto de fácil y rápida solución. Se combinó la adaptación de senderos indígenas preexistentes con nuevas construcciones, puentes y pasos moderados, interviniendo ingenieros, capitanes, mano de obra local y recursos virreinales.
El Camino Real de Tierra Adentro: ruta de la plata, redes culturales y expansión territorial
Paralelamente, al corredor México–Veracruz, otro sistema vial colonial mereció especial atención: el Camino Real de Tierra Adentro, también llamado Camino de la Plata. Esta ruta conectaba los centros mineros del norte novohispano con la capital virreinal, abonando el flujo de plata hacia el corazón del imperio.
Se estima que el tramo total llegó a recorrer alrededor de 2.560 km entre Ciudad de México y Santa Fe (Nuevo México, hoy en territorio de los EE.UU.), atravesando múltiples estados del actual México como Zacatecas, Guanajuato, San Luis de Potosí, Durango, Chihuahua, etc.
La ruta de la Plata comenzó a gestarse en el siglo XVI y se utilizó activamente hasta el XIX. Su tramo mexicano fue inscrito en 2010 como Patrimonio Mundial por la UNESCO, precisamente por su papel histórico en el comercio del mineral y por su valor cultural.
La ruta movía principalmente plata de minas como Zacatecas, Guanajuato y San Luis de Potosí hacia la Ciudad de México, y también transporte inverso de insumos importados, como el mercurio empleado en los procesos extractivos.

Su importancia no fue solo comercial. El Camino Real de Tierra Adentro fue un vector de intercambio cultural, social y religioso entre poblaciones hispanas e indígenas. Las caravanas no solo transportaban minerales o mercancías, sino también ideas, santos, prácticas religiosas y costumbres. Sobre su trazado caminaba la cultura griega, el derecho romano, la lengua española, la religión católica, pero también era vía de transporte de esclavos y otras miserias del ser humano.
Durante su uso prolongado se formaron parajes (puntos de descanso) cada cierta distancia, centros de aprovisionamiento, haciendas, posadas, iglesias y puestos de vigilancia. En los tramos norteños, lugares emblemáticos como la Jornada del Muerto, hoy en Estados Unidos, se volvieron célebres por su dureza, al carecer de agua y cruzar un terreno agreste y hostil.
La ruta también fue adaptada conforme la colonización del norte avanzaba. En 1598, con la expedición de Juan de Oñate, se definió el tramo norte extendido hacia Nuevo México, consolidando la conexión entre la Nueva España y sus fronteras septentrionales.
Con el paso del tiempo, el Camino Real de Tierra Adentro se convirtió en parte de la infraestructura simbólica y material del virreinato, influenciando la distribución de población, el surgimiento de caminos secundarios, rutas comerciales regionales y la organización territorial de Nueva España
La construcción y mantenimiento de estas rutas implicó múltiples desafíos técnicos, logísticos y geográficos, especialmente en un territorio vasto, montañoso, con climas diversos y poblaciones dispersas.
Los ingenieros virreinales tuvieron que diseñar pasos que mitigaran pendientes excesivas, evitar zonas inundables, planificar puntos seguros de cruce de ríos y asegurar la transitabilidad durante lluvias y estaciones cambiantes. En muchos casos se reutilizaron senderos indígenas existentes, pero adaptándolos con puentes, muros de contención, nivelaciones y estabilización de taludes.
Una ruta de cientos o miles de kilómetros exigía abastecimiento permanente de mano de obra, materiales (piedra, arena, madera, puentes, herramientas), estaciones de aprovisionamiento y unidades móviles para mantenimiento. Los mesones y puestos de abastecimiento eran esenciales para que las caravanas pudieran continuar.
Las reparaciones eran constantes, pues derrumbes, lluvias intensas, erosión del suelo, acción del agua y el desgaste vegetal podían obstruir tramos enteros. Las haciendas y asentamientos a lo largo del camino actuaban como centros de apoyo local.

Hoy muchos trazados del Camino Real de Tierra Adentro conservan huellas palpables. En México, monumentos, puentes coloniales y tramos de camino original preservados integran el patrimonio cultural. La UNESCO inscribió numerosos sitios del trayecto mexicano como patrimonio serial (ciudades históricas, puentes, haciendas).
En EE. UU., el tramo norte fue oficialmente designado como El Camino Real de Tierra Adentro National Historic Trail, administrado por el National Park Service y el Bureau of Land Management.
No obstante, muchas secciones originales desaparecieron o fueron reemplazadas por carreteras modernas, desarrollos urbanos o privatizaciones de tierras, fragmentando el camino histórico. La reconstrucción del trazado original requiere arqueología, investigaciones y colaboración entre comunidades locales y autoridades patrimoniales.
Más allá del tránsito de bienes y metales, estas rutas coloniales sirvieron como puentes simbólicos entre mundos distintos. Permitieron la circulación del catolicismo, misiones, peregrinaciones, convergencia de poblaciones mestizas y fusión de lenguas, costumbres y ceremonias. En las comunidades aledañas, la herencia del Camino Real sigue viva en tradiciones locales, festividades y memoria colectiva.
Algunos estudios señalan que la llegada de bienes europeos, asiáticos y religiosos a zonas remotas del norte novohispano fue posible gracias a este camino; productos como el vino, la porcelana o textiles importados circularon por sus trazados hacia territorios alejados.
Pero el camino también fue vector de enfermedades: el contacto entre poblaciones indígenas aisladas y viajeros que provenían de ciudades portuarias facilitó el contagio de viruela, sarampión y otras enfermedades europeas. En las décadas posteriores, estas epidemias diezmaban poblaciones indígenas en territorios intermedios.
En México, la ruta ha sido reivindicada como símbolo del mestizaje cultural, extensión del territorio nacional y testimonio de la ingeniería virreinal. Se ha vinculado institucionalmente con el “Día del Caminero”.

Retos de conservación y cooperación
La conservación del Camino Real enfrenta desafíos: destrucción de tramos originales por modernización de infraestructura, falta de delimitación clara, invasiones de terrenos privados, urbanización y pérdida de memoria local. La preservación exige cooperación entre gobiernos federales, estatales, municipios, comunidades indígenas, especialistas en patrimonio y organizaciones internacionales.
El tramo estadounidense también ha sido objeto de planes de gestión patrimonial, en colaboración entre entidades estatales y federales. Es decir, la ruta se mantiene viva no solo como vestigio histórico sino como modelo de cooperación transnacional de patrimonio.
Además, el camino real sirve como atractivo cultural, turístico y educativo, revitalizando comunidades históricas y generando conciencia sobre la herencia compartida entre México y Estados Unidos.
En la América Hispana no solo se construyeron hospitales, Universidades o Catedrales, que hoy con tanta vehemencia se recuerdan mientras caen las estatuas de Colón. Se realizaron también vías de comunicación que son esenciales en cualquier empresa, más aún en aquella que cubría un territorio tan inmensamente grande.
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