
La muerte en la hoguera de Miguel Servet: la Reforma Protestante frente al espejo de su propia intolerancia
El enfrentamiento entre dos visiones del cristianismo terminó exponiendo los límites de la tolerancia en la Europa reformada

En un mundo que despertaba del letargo medieval y se adentraba en las luces temblorosas, pero esperanzadoras del Renacimiento, el pensamiento disidente fue tanto una promesa como un riesgo mortal. La Reforma Protestante, alzada como bandera de la libertad de conciencia frente a la represión católica, ofrecía la imagen de una nueva espiritualidad, más íntima, más racional. Sin embargo, la ejecución en la hoguera de Miguel Servet en 1553 a manos de las autoridades ginebrinas, bajo la influencia directa de Juan Calvino, mostró que la Reforma, pese a su nuevo ropaje, podía ejercer una violencia doctrinal similar, cuando no idéntica, a la que tanto había denunciado.
Miguel Servet (1511–1553), fue médico, teólogo y humanista, le imaginamos un cabezota aragonés, inteligente y polímata, como otras grandes figuras de su tiempo. Su notoriedad no solo comprende el descubrimiento de la circulación menor de la sangre, también haber sostenido posturas teológicas radicalmente heterodoxas tanto para el catolicismo romano como para el protestantismo reformado. Su negación del dogma de la Trinidad, al que consideraba un artificio filosófico sin respaldo bíblico, le granjeó enemigos en todas las trincheras.

Desde comienzos del siglo XVI, Europa vivía una transformación profunda: la Reforma protestante liderada por figuras como Lutero y Calvino desafiaba la autoridad del Papado y proponía un cristianismo más ajustado a la Sagradas Escrituras. Pero no todos los disidentes cabían dentro de esa nueva ortodoxia. Los “herejes de los herejes”, como se ha llamado a pensadores como Servet o Sebastian Castellio, sufrieron la misma suerte que los disidentes medievales: censura, exilio, y en el peor de los casos, la horrible muerte en la hoguera.
Como señala Pisón Cavero, «la Reforma se presentaba como una ruptura con la violencia de la Iglesia de Roma, pero en episodios como el de Servet se reveló como heredera de los mismos métodos inquisitoriales».
¿Quién fue Juan Calvino?
Juan Calvino (1509–1564), teólogo francés refugiado en Suiza, es uno de los principales arquitectos del pensamiento reformado. Estableció en Ginebra un régimen teocrático en el que la doctrina cristiana impregnaba las leyes civiles. Para Calvino, la pureza doctrinal era un elemento no negociable. En su obra “Institución de la religión cristiana” (1536), propuso una visión de la predestinación y de la soberanía de Dios que marcó profundamente a las futuras iglesias calvinistas, presbiterianas y reformadas.
Calvino no era un simple reformador eclesiástico, su influencia convirtió la ciudad estado de Ginebra en una “república teocrática” donde la disidencia no se toleraba. La moral, el culto, la vida cotidiana; todo estaba bajo la lupa del consistorio calvinista.
No sorprende, por tanto, que alguien como Servet, con ideas audaces y una lengua libre, despertara en Calvino un rechazo visceral.
El vínculo entre ambos se fraguó inicialmente a través de cartas intercambiadas entre 1546 y 1548. Servet, desde Francia, envió a Calvino un ejemplar manuscrito de su obra Christianismi Restitutio, en la que refutaba la Trinidad y la predestinación, pilares del calvinismo. La respuesta de Calvino fue inmediata y áspera. Prometió que, si alguna vez Servet pisaba Ginebra, no saldría con vida.
En una carta fechada en febrero de 1546, Calvino escribió a su colega Farel:“Si viene, no le dejaré marchar vivo si puedo ejercer mi autoridad.”

El conflicto pasó entonces del plano teológico al personal. Servet, por su parte, y con una tozudez propia de los tópicos sobre su lugar de nacimiento, nunca cesó de desafiar a Calvino públicamente, acusándolo de ser “más papista que el Papa”.
En 1553, en un gesto que demostraba tanta vehemencia como valor, Servet viajó a Ginebra, donde fue reconocido, arrestado y sometido a juicio por herejía. Calvino participó activamente en el proceso, presentando las cartas privadas que ambos habían intercambiado como pruebas inculpatorias.
Los cargos que se le imputaban incluían: negar la Trinidad, rechazar el bautismo infantil y “sembrar confusión teológica entre los fieles”. Aunque Ginebra no era parte del imperio ni estaba bajo jurisdicción del papado, aplicó las mismas penas que los tribunales eclesiásticos tradicionales. La pena: muerte en la hoguera.
El 27 de octubre de 1553, Miguel Servet fue quemado vivo en Champel, a las afueras de Ginebra, con su libro Christianismi Restitutio atado al cuerpo para que se quemara con él, en una especie de iconografía de matar la carne y el pensamiento en un único ritual. Dicen que tardó más de media hora en morir.
Castellio, defensor de la libertad de conciencia, escribiría pocos años después: “Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre.”
Este episodio reveló la contradicción intrínseca de la Reforma protestante: mientras proclamaba libertad espiritual frente a Roma, imponía dogmas propios con métodos igualmente implacables. El calvinismo construyó una “inquisición protestante”, adaptada a sus premisas pero no menos represiva.
La hoguera de Servet demostraba que la Reforma estaba atrapada en sus propias estructuras de poder.
El caso generó polémicas en toda Europa. Incluso entre los reformados hubo protestas. Sebastian Castellio, desde Basilea, escribió varias obras contra Calvino, entre ellas Contra libellum Calvini, donde le acusaba de ser “un nuevo Papa”.

Aunque Calvino justificó la ejecución como una defensa de la fe, muchos comenzaron a ver en ella el germen de una dictadura teológica. En el medio plazo, el caso de Servet removió el avispero sobre la tolerancia religiosa, y es considerado por muchos historiadores como un precedente ideológico del liberalismo religioso moderno.
En España, paradójicamente, Servet fue también prohibido. Su figura fue reivindicada siglos más tarde por ilustrados y librepensadores, y en el siglo XX, por instituciones científicas y humanistas.
La ejecución de Miguel Servet en Ginebra dejó en evidencia las paradojas de la Reforma protestante. El movimiento que prometía liberar al individuo de la tiranía papal instauró en cambio un nuevo dogma, igualmente excluyente. Calvino, figura indiscutible del reformismo, se mostró dispuesto a eliminar al disidente en nombre de la ortodoxia.
La hoguera de Champel no solo calcinó a un hombre, sino también parte del discurso moral con el que la Reforma se había legitimado. Servet murió afirmando su derecho a interpretar la Biblia por sí mismo, derecho que ni Roma ni Ginebra estaban dispuestos a conceder. Su martirio no sólo debe recordarse como un episodio trágico, sino como advertencia perenne de los peligros que conlleva toda ortodoxia que se impone por la fuerza.
Fuentes consultadas
- Pisón Cavero, J.M.M. (2012). Semblanza de Miguel Servet, reformador y defensor de la libertad de conciencia. Revista Electrónica de Derecho de la Universidad de La Rioja.
- Tourn, G. (2017). Juan Calvino: el reformador de Ginebra. Buenos Aires: Bautista.
- Zweig, S. (2016). Castellion contra Calvino. Caracas: Ministerio del Poder Popular para Ciencia y Tecnología.
- Obarrio Moreno, J.A. (2017). Conciencia frente a intolerancia: Castellio contra Calvino. Revista de la Inquisición.
- Blázquez Martín, D. (2001). La doctrina de la persecución religiosa en Juan Calvino. Torrossa.
- Miegge, M. (2017). Martín Lutero: la reforma protestante y el nacimiento de la sociedad moderna.
- Pardo López, J., & Gascón Pérez, J. (2019). Miguel Servet y Miguel de Molinos, teólogos aragoneses víctimas de la intolerancia de su época. Universidad de Zaragoza.
- Servetus, M. (1553 / 2003 ed.). Christianismi Restitutio.
- Sánchez-Lauro, S. (2017). El crimen de herejía y su represión inquisitorial. UPF.
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