
¿Mientras dure la guerra? El nombramiento de Franco que marcó la historia de España
La fragmentación del poder militar, la urgencia bélica y el pulso político abrieron el camino hacia un liderazgo indiscutido

El golpe militar del 18 de julio de 1936 no consiguió el objetivo inicial de tomar el control total del aparato del Estado republicano. En lugar de una victoria rápida, que hubiera transformado el Gobierno de la República en un directorio militar, se desató una cruenta guerra civil.
Ante la ausencia de una estructura gubernativa clara en la zona sublevada, tras el fallecimiento en accidente de aviación del que iba a ser presidente del Directorio, el teniente general José Sanjurjo Sacanell, se propuso que quien lo sustituyera fuera Severiano Martínez Anido, que se encontraba en Francia retirado, era ya un hombre de avanzada edad y que rehusó la posibilidad, dejando a los sublevados sin un líder claro. Quien había planeado el golpe era Emilio Mola Vidal, pero este era un general de Brigada. Los generales de división más antiguos: Joaquín Fanjul y Manuel Goded, habían fracasado en Madrid y Barcelona, respectivamente, y serían fusilados a mediados de agosto; por lo que el 24 de julio se constituyó la Junta de Defensa Nacional, con el objetivo de ejercer funciones de gobierno mientras se estabilizaba la situación militar.

El presidente de este órgano provisional era el más antiguo de los generales de división que lo componían, Miguel Cabanellas Ferrer: un ferviente republicano que había sido diputado a Cortes por el Partido Republicano Radical tras las elecciones de 1933, aunque renunció poco después y volvió al Ejército, ejerciendo de director general de la Guardia Civil y, posteriormente, de jefe de la 5ª División Orgánica. Cabanellas fue el único de los jefes de división (de las ocho existentes en la Península) que se sublevó contra el Gobierno del Frente Popular. Nadie esperaba aquella reacción en un hombre que había sido fiel escudero de los republicanos desde que se comenzaron las conspiraciones contra Primo de Rivera.
Otro general de división, aunque no formara parte de la Junta por encontrarse aislado en Sevilla, era Gonzalo Queipo de Llano. Como en el caso de Cabanellas, Queipo era un hombre de convicciones republicanas, y por ellas llegó a sublevarse en 1930 contra el Gobierno de su otrora compañero en África, el general Dámaso Berenguer.
Los monárquicos, presentes en Burgos y principales canalizadores de la ayuda a los sublevados en las primeras semanas de la guerra, apostaron por Martínez Anido y, una vez este rehusó la invitación, se inclinaron por el jefe del Ejército de África, Francisco Franco. Franco no había estado en la primera junta de Defensa, pero, una vez comenzó a cosechar éxitos internacionales, aglutinando el apoyo alemán e italiano de primera hora, fue incluido en esta el 3 de agosto de 1936.
Los sublevados comenzaron la guerra en una manifiesta inferioridad, sobre todo aérea y marítima, pero también en número de efectivos, capacidades logísticas y productivas. A las pocas semanas, el impulso inicial se estancó: En Aragón estaban a la defensiva, tratando de sostener, a duras penas, las tres capitales de provincia. En Oviedo estaban sitiados, las columnas que avanzaban desde Galicia para intentar liberal la capital asturiana progresaban lentamente y con dificultades, enfrentándose a los milicianos más duros de todos los que habían conseguido reclutar las organizaciones obreras. Las fuerzas que debían caer sobre Madrid, procedentes del Norte, habían conseguido ocupar el túnel de Somosierra y el alto del León en el Puerto de Guadarrama, pero estaban a la defensiva, tratando de no perder aquellos puntos de importancia estratégica, sin posibilidad alguna de pasar a la ofensiva y siendo muy castigados por la aviación y la artillería de las columnas que llegaban desde Madrid.
Las ciudades que estaban bajo el poder de los sublevados eran bombardeadas a diario: Ceuta, Tetuán, Melilla, Zaragoza, Oviedo, Huesca, Granada, Córdoba, Algeciras, Pamplona, y otras tantas recibían el castigo de las bombas gubernamentales haciendo no pocas bajas entre los militares, y también entre los civiles.
El Gobierno tenía la capacidad industrial, el tesoro, el banco de España, y las estructuras de Estado, aunque estas estuvieran comprometidas por el poder que habían conseguido las organizaciones obreras a través de sus milicias.
Con ese panorama, solo las tropas de África, una vez consiguieron pasar el estrecho en una larga operación que duró varios meses, pudieron avanzar con claridad hacia la capital de España.

El bando sublevado no era un cuerpo homogéneo, ni mucho menos. Dentro de su seno convivían republicanos antimarxistas, conservadores agrarios, monárquicos, las derechas católicas, carlistas, falangistas y militares sin filiación política reconocida.
En un contexto de guerra prolongada, presión internacional, sobre todo reflejada por Italia y Alemania que pedían un interlocutor único y dejar de recibir delegaciones de generales que pedían medios para una zona concreta, se tomó una decisión clave el 26 de septiembre: el nombramiento de un mando único. Confiado a Francisco Franco. Pero ¿quiénes tomaron esa decisión? ¿Qué factores motivaron el nombramiento? ¿Cuál fue el papel real de Franco en la Junta?
La Junta de Defensa tenía un carácter colegiado. Ninguno de sus miembros debía tener supremacía sobre los demás. Esta horizontalidad reflejaba las reticencias de varios generales a permitir la concentración del poder en una sola figura. Sin embargo, esa lógica se vería alterada pocas semanas después de su creación el 24 de julio.
El prestigio de Franco se apoyaba sobre varios factores, pero, sin duda, el peso a su candidatura para asumir y aglutinar el mando único destacaba en tres de ellos:
Mandaba el Ejército de África, el más numeroso, capaz y potente de cuantos podían ofrecer los sublevados. A finales de septiembre, las columnas que progresaban desde el sur parecían imparables y todo presagiaba que el final de la guerra estaba próximo.
Había sido el interlocutor principal con Alemania e Italia, factor clave para el suministro bélico y el paso de las tropas de África a la península, así como para nivelar la supremacía aérea que había pertenecido al Gobierno durante las primeras semanas.
Los monárquicos, tras la renuncia de Martínez Anido, veían en Franco el principal candidato para una restauración del régimen anterior. Hasta ese momento se consideraba al general como un hombre de orden, alejado de las tendencias políticas más contrarias a la monarquía alfonsina: los que pedían una continuidad republicana dirigida por un directorio y sin partidos ácratas y marxistas, y los falangistas, que preconizaban una revolución que proporcionara a España un estado totalitario donde las clases sociales cooperaran en el tejido productivo en lugar de luchar entre ellas, con un Estado que proporcionara una plena cobertura social.
Desde su entrada en la Junta, Franco mantuvo un perfil de prudencia y eficiencia. No se involucró en disputas ideológicas internas, lo que le permitió aparecer como un mediador entre monárquicos, republicanos conservadores y falangistas emergentes. Esta actitud lo hizo elegible para liderar, sin despertar rechazo inmediato entre las diferentes facciones.
Durante agosto y septiembre, mientras la guerra se recrudecía, se intensificaron las tensiones en la Junta. La necesidad de un mando único se volvió prioritaria ante la presión internacional y los fracasos de coordinación entre frentes. Franco se posicionó lentamente como el candidato de mayor consenso relativo.
La Junta de Defensa Nacional pronto reveló sus límites. Las decisiones estratégicas eran lentas, el frente estaba fragmentado y existía una descoordinación entre las operaciones del norte, el centro y el sur del país. Además, la existencia de múltiples líderes regionales —como Queipo en Andalucía, Mola en Navarra y Franco en el sudoeste— generaba duplicidad de esfuerzos y conflictos de autoridad.

La necesidad de un mando único era, ante todo, una necesidad militar. Las campañas en torno a Madrid, el frente de Aragón y la zona del Ebro exigían una planificación centralizada. Sin una cadena de mando clara, el esfuerzo bélico se veía comprometido.
Las facciones eran tan profundamente heterogéneas como las que estaban al otro lado del frente. La única forma de evitar el estallido de una guerra interna, como la que tuvo el bando gubernamental en mayo de 1937, era mediante la imposición de una autoridad central e indiscutida.
Finalmente, la necesidad política: había que nombrar un jefe del Estado capaz de dar legitimidad a los decretos, nombramientos y relaciones exteriores. En un contexto de guerra total, no bastaba con una dirección militar: era imprescindible una estructura político-jurídica centralizada.
El proceso de elección de Francisco Franco como Generalísimo
El proceso de designación se llevó a cabo en varias reuniones entre los generales, con una especialmente crucial celebrada en Salamanca entre el 21 y el 25 de septiembre de 1936. El debate fue tenso. Algunos proponían a Mola como jefe militar, otros a Queipo por su control del sur. Pero Franco aparecía como el único candidato con un prestigio militar sostenido y sin un perfil ideológico definido, lo que le convertía en una figura de equilibrio.
Los monárquicos, probablemente los más interesados, estaban representados por los generales Miguel Ponte, Andrés Saliquet y Alfredo Kindelán. Apoyaban a Franco porque creían que, tras la guerra, restauraría la monarquía. Los africanistas como Mola aceptaban su nombramiento por su eficacia, aunque no sin reservas. El propio Mola había sido el cerebro del golpe, pero comprendió que Franco tenía más proyección internacional y unidad de mando.
La votación no fue unánime. Cabanellas votó en contra, y su advertencia quedó registrada en la memoria histórica: “Ustedes no saben lo que han hecho. Han nombrado a un hombre que no dejará el poder mientras viva”.
El 26 de septiembre de 1936, en un decreto publicado en Burgos, Franco fue nombrado Generalísimo de los Ejércitos y jefe del Gobierno del Estado. No era solo un mando militar: era una jefatura política con autoridad soberana.
Este nombramiento fue confirmado públicamente en una ceremonia celebrada el 1 de octubre de 1936 en Burgos. En ella, Franco asumió formalmente el poder, acompañado de un elaborado ritual simbólico que reproducía elementos del viejo Estado monárquico.

Consolidación del poder
La reacción al nombramiento fue variada dentro del bando sublevado. Para algunos, como los monárquicos, era un paso necesario hacia la restauración dinástica. Para otros, como los generales que dirigían las tropas en campaña, fue una cesión pragmática del poder ante la urgencia bélica. Sin embargo, la figura de Franco empezó a crecer rápidamente gracias a su control del Ejército de África, su habilidad para evitar enfrentamientos internos, y su manejo de la propaganda. Esta última creó un líder mesiánico, cuya imagen era omnipresente en todos los lugares de la España bajo sus órdenes. Cuando se ensalza a alguien a esa altura, es muy difícil bajarlo.
Uno de los grandes errores de cálculo fue el cometido por los sectores monárquicos, en particular el general Kindelán, quien creyó que Franco actuaría como un regente temporal, facilitando después el retorno de la monarquía. Años después, Kindelán afirmaría: “Franco nos ha traicionado; ha usado la causa monárquica como bandera para alcanzar el poder absoluto”.
Franco, una vez investido, actuó con rapidez. Tomó el control total de la Junta, eliminó cualquier posibilidad de liderazgo colegiado y subordinó a los demás generales. La Falange fue absorbida mediante unificación forzada en abril de 1937 en un partido único con los tradicionalistas y el resto de las fuerzas del bando sublevado. De nada sirvieron las protestas de sus líderes. Incluso hubo falangistas que pasaron por un pelotón de fusilamiento por su rechazo a la unificación, como Marciano Durruti, el hermano con camisa azul del fallecido anarquista Buenaventura Durruti. Con la unificación el poder político quedó centralizado en aquel señor bajito con tendencia a engordar y de carácter introvertido, como lo definió su propio hermano. No deja de ser curioso que a la camisa azul de los obreros mecánicos se le uniera la boina roja de la tradición, los fueros, la patria y el rey. Revolución y tradición se unían en un antagónico uniforme.

Desde ese momento, Franco no sería simplemente un general al mando, sino el “Caudillo de España por la gracia de Dios”, como empezaron a llamarlo los boletines oficiales. Había comenzado la construcción de un régimen personalista que se mantendría en el poder durante casi cuatro décadas y que sobrevivió a todo lo que sucedía a su alrededor.
De primus inter pares a jefe indiscutido
El ascenso de Francisco Franco al liderazgo absoluto del bando sublevado no fue inmediato ni inevitable. Fue el resultado de una combinación de circunstancias: la fragmentación del mando militar, la presión de la guerra, la necesidad de interlocución internacional y su propia habilidad para no posicionarse claramente con ninguna facción ideológica dentro del bloque rebelde.
La Junta de Defensa Nacional, nacida con una lógica colegiada y plural, se convirtió en el vehículo para el ascenso de una dictadura personal. Franco pasó de ser un general más —ni siquiera incluido inicialmente en la Junta— a convertirse en el jefe del Estado y del Ejército en menos de dos meses. Este proceso fue acompañado por la eliminación de cualquier oposición interna, la centralización del poder y la construcción de un régimen autoritario con base en la legitimación militar y religiosa.
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