Mural de un hombre con barba y esposas levantando las manos en señal de victoria, el cual es Marwan Barghouti, con la palabra FREE detrás y una persona caminando frente a la pintura.
OPINIÓN

Marwan Barghouti, ¿una solución para la paz entre Israel y Palestina?

Entre el fracaso militar, la crisis de liderazgo y la presión regional, la liberación de un prisionero podría redefinir el futuro de Oriente Próximo

Imagen del Blog de Joaquín Rivera Chamorro

Han pasado ya dos años desde el 7 de octubre de 2023, el día en que Hamás lanzó su ataque más mortífero contra Israel y desencadenó la guerra más devastadora que la Franja de Gaza haya vivido desde 1948.

Desde entonces, el conflicto ha cambiado su escala, su naturaleza y sus actores. Lo que comenzó como una ofensiva israelí para “erradicar” a Hamás ha devenido en un escenario de desgaste, en el que la devastación material se ha sumado a una crisis política sin precedentes. Hamás ha empleado a su propio pueblo como escudo para mantener sus estructuras de mando y control y su capacidad operativa. Israel, por otra parte, ha perdido el relato en los medios internacionales occidentales poco tolerables a las imágenes de destrucción de la franja de Gaza.

Una mujer que sostiene un glaf israelí y uno alemán se toma una foto en el recinto del festival Nova en Re'im antes del segundo aniversario del ataque del 7 de octubre liderado por Hamás.

El plan de paz de 20 puntos propuesto por Donald Trump y respaldado por ocho países árabes y musulmanes pretende ser el punto de inflexión. Según la propuesta, Hamás liberaría a todos los rehenes israelíes a cambio de más de 2.000 prisioneros palestinos, entre ellos nombres simbólicos que han marcado la historia reciente del conflicto. En paralelo, Israel reduciría su presencia militar en Gaza y facilitaría un proceso de reconstrucción económica supervisado por una Autoridad Palestina reformada.

Entre los posibles liberados figura Marwan Barghouti, líder histórico de Fatah y uno de los presos más conocidos del mundo. Para muchos palestinos, su nombre representa una mezcla de autoridad moral y legitimidad popular que ningún otro dirigente, ni en Gaza ni en Ramala, puede reclamar. Para Israel, en cambio, su figura encarna tanto la amenaza de un nuevo desafío político como la posibilidad de una salida negociada a un conflicto sin fin.

Marwan Barghouti, de 66 años, cumple cinco cadenas perpetuas en una prisión israelí por su papel durante la Segunda Intifada. Su juicio, celebrado en 2004, fue considerado por amplios sectores palestinos como un proceso político. Desde su celda, sin embargo, Barghouti ha logrado mantener su influencia, articulando declaraciones, participando en procesos internos de Fatah y consolidándose como símbolo de resistencia.

Según los últimos sondeos del Palestinian Center for Policy and Survey Research (PCPSR), si hoy se celebraran elecciones presidenciales palestinas, Barghouti obtendría entre el 55 y el 60 % de los votos, superando a cualquier otro candidato de Hamás o Fatah. Su popularidad se explica no solo por su biografía de lucha, sino también por la percepción de integridad y coherencia. Es uno de los pocos líderes palestinos que nunca se ha visto envuelto en acusaciones de corrupción o clientelismo.

La diferencia con otros nombres del liderazgo palestino es evidente. Mahmoud Abbas, de 89 años, mantiene un control formal sobre la Autoridad Palestina, pero su legitimidad popular es mínima. Hamás, tras dos años de guerra, ha perdido apoyo incluso entre los gazatíes, muchos de los cuales lo consideran responsable de la tragedia colectiva, aunque eso no quiera verse en Occidente. En ese vacío, la figura de Barghouti emerge como la única capaz de reconstruir una autoridad política palestina unificada, capaz de integrar, o al menos representar, tanto a Cisjordania como a Gaza.

Aarab Barghouti (centro) posa con sus simpatizantes frente al mural recién inaugurado de su padre, el líder político palestino Marwan Barghouti, en el Muro Internacional de Belfast, encargado por Madres Contra el Genocidio y pintado por el muralista Marty Lyons.

Sin reconstruir confianza no habrá paz

Para entender el nuevo tablero, conviene recordar las palabras de Ami Ayalon, exjefe del Shin Bet y excomandante de la Marina israelí, quien en una entrevista publicada el pasado domingo en Foreign Affairs reflexionaba sobre las posibilidades reales del plan de paz.

“No puede haber paz sin confianza”, afirmaba Ayalon. “Hamás no puede confiar en Israel, y muchos israelíes tampoco confían en su propio primer ministro. Pero acabar con la guerra y traer de vuelta a todos los rehenes es tan importante que estamos dispuestos a aferrarnos a cualquier esperanza”.

Ayalon, que lleva años colaborando con líderes palestinos de la sociedad civil, y que representa el polo opuesto a Netanyahu, desde el punto de vista ideológico; insiste en la brecha de expectativas entre ambos pueblos. Para los israelíes, la prioridad es el fin de la guerra y la liberación de los rehenes. Para los palestinos, el objetivo sigue siendo el fin de la ocupación.

“Lo que Israel ha estado combatiendo en Gaza no es realmente una guerra; es una batalla”, señaló. “Podemos terminar esta campaña militar, pero la guerra más amplia no habrá terminado. Incluso si Hamás es desarmado, la humillación y la confusión en Cisjordania seguirán sin resolverse”.

La visión de Ayalon es reveladora: desde dentro del aparato de seguridad israelí se reconoce que la solución militar ha alcanzado su límite. Su argumento es que solo un acuerdo político que incluya la creación de un Estado palestino viable puede garantizar una paz duradera. En ese contexto, la emergencia de un líder palestino legítimo, capaz de representar a ambas geografías, se convierte en un elemento indispensable. La continuidad de Hamás no puede ser una alternativa de paz.

Mujer sentada en la arena sosteniendo a un bebé en brazos, acompañada por dos niños pequeños, con un fondo de estructuras deterioradas tras el conflicto en Gaza.

El dilema israelí: entre el control y la estabilidad

La posible liberación de Barghouti plantea un dilema existencial para Israel. Por un lado, Netanyahu y sus aliados más conservadores saben que su excarcelación supondría el renacimiento de un liderazgo palestino capaz de reabrir el debate sobre la ocupación y los dos Estados. Por otro, mantenerlo encarcelado podría perpetuar el vacío de poder que ha alimentado tanto la violencia como la radicalización.

Ayalon lo formula con crudeza:

“Nos negamos a negociar con los líderes que quieren crear una realidad de dos Estados. Solo negociamos con nuestros enemigos y destruimos a nuestros amigos. Y al negarnos a hablar de los dos Estados, reforzamos la idea de que los palestinos solo pueden alcanzar sus objetivos mediante la fuerza.”

Esa afirmación resume el callejón sin salida de la política israelí. Israel teme liberar a Barghouti porque podría unificar el frente palestino, pero al no hacerlo refuerza a los actores extremistas que precisamente busca debilitar. La paz debe construirse mediante cesiones. Tras una guerra devastadora, dejar a los gazatíes sin salida es empujarlos a volver a apoyar a quienes no ofrecen más solución que la violencia. Barghouti, al menos, los alejaría de la opción yihadista y restaría la influencia iraní, principal instigador de los hechos del 7 de octubre de 2023.

El dilema recuerda al que Ariel Sharon enfrentó en 2005, cuando decidió la retirada unilateral de Gaza. Ayalon le aconsejó entonces invitar a Mahmoud Abbas y entregarle simbólicamente la llave del territorio como gesto político. Sharon optó por hacerlo sin interlocutor palestino, lo que permitió a Hamás presentarlo como una victoria militar. Hoy, dos décadas después, es fácil identificar el error estratégico, pero ¿quién puede culpar a Sharon?

Un hombre pasa junto a un mural del líder político palestino Marwan Barghouti, en el Muro Internacional de Belfast, encargado por Madres Contra el Genocidio y pintado por el muralista Marty Lyons.

La ventana del 2025

El actual contexto abre, paradójicamente, una ventana inédita. La guerra ha agotado a ambas sociedades. La devastación humanitaria en Gaza, con decenas de miles de muertos, ha erosionado la legitimidad de Hamás en su propio territorio, mientras que Israel afronta una profunda crisis política interna.

El plan de Trump, por más criticado que sea por su falta de profundidad jurídica y su sesgo estadounidense, ha reintroducido un marco diplomático que cuenta con el apoyo de Egipto, Jordania, Arabia Saudí, Turquía, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Pakistán e Indonesia. Este respaldo regional es crucial: ofrece una red de garantías y mediación que podría facilitar la transición hacia un gobierno palestino conjunto.

En este escenario, la figura de Barghouti emerge como el único punto de convergencia posible, y eso es mucho más que necesario en estos momentos. No pertenece a Hamás, pero goza del respeto de buena parte de sus bases. Es parte de Fatah, pero crítico con la burocracia y el inmovilismo de la Autoridad Palestina. Y, sobre todo, su biografía lo conecta con las dos narrativas centrales del conflicto: la resistencia y la política.

Escenarios de transición

Existen tres grandes escenarios sobre la mesa, discutidos discretamente entre diplomáticos, analistas y mediadores regionales y que nos permitimos plantear aquí:

1. Liberación y liderazgo directo

En este supuesto, Israel incluiría a Barghouti en el intercambio de prisioneros, permitiéndole asumir un papel político activo. La Autoridad Palestina sería reformada y ampliada para incorporar representación de Gaza, y Barghouti podría presentarse como figura de consenso en unas elecciones supervisadas internacionalmente.

Esta opción plantea como punto fuerte la legitimidad social inmediata y la posibilidad de reabrir el diálogo con Israel desde una posición de fuerza moral.

El riesgo principal radica en los polos más extremos de cada bando: por un lado, la resistencia de los sectores ultraderechistas israelíes y por otro la fractura interna en Fatah, además de la oposición por parte de Hamás que debería ser desarticulada para permitir el proceso.

Nube de humo oscuro elevándose sobre una zona urbana en el horizonte bajo un cielo parcialmente nublado en Gaza.

2. Liderazgo simbólico desde prisión

Barghouti seguiría encarcelado, pero se convertiría en la figura articuladora de un gobierno de unidad. Desde su celda, emitiría directrices y apoyaría una administración de transición en Gaza compuesta por tecnócratas y miembros de la sociedad civil.

Esta opción podía presentarse como una disminución de la posibilidad de confrontación directa con Israel.

El riesgo principal es que limita la capacidad de acción y prolongará la crisis de liderazgo efectiva, dejando espacio para que Hamás pudiera reorganizarse con el apoyo iraní.

3. Reforma institucional sin liberación inmediata

La Autoridad Palestina asumiría el control progresivo de Gaza, con el respaldo de una misión internacional de seguridad y una supervisión árabe. Sin ello, es casi imposible que se produzca una transición pacífica. Barghouti permanecería en prisión, pero su eventual liberación se plantearía como paso simbólico final del proceso.

Este punto aportaría gradualidad, pero cae en el riesgo de que sin un liderazgo visible y sobre el terreno, el proceso podría percibirse como impuesto por Israel y carecer de legitimidad interna.

Obstáculos estructurales

Pese al clima de cansancio general, los obstáculos siguen siendo difíciles de franquear hasta para el zapador más intrépido.

Israel continúa expandiendo asentamientos en Cisjordania, lo que contradice el espíritu de cualquier proceso de paz. Hamás, aunque debilitado militarmente, conserva estructuras armadas en la Franja. No cabe duda de que la percepción de los gazatíes sobre Hamás ha cambiado a peor en los últimos meses. A nadie, con un mínimo de sentido común, se le escapa que las palabras del coordinador especial de la ONU para el proceso de paz en Oriente Próximo, Ramiz Alakbarov, cuando hace referencia a grupos armados que se adueñan de los convoyes de ayuda humanitaria por la fuerza, apunta a Hamás que emplea la ayuda como soporte logístico para sus milicias. La Autoridad Palestina, por otra parte, también está desacreditada por su ineficacia y por la percepción de dependencia respecto a Israel.

A ello se suma la resistencia dentro del propio sistema israelí. La coalición de Netanyahu depende del apoyo de partidos ultranacionalistas que rechazan cualquier negociación sobre un Estado palestino. En palabras de Ayalon, “el 80 % de los israelíes se opone firmemente a la creación de un Estado palestino”, un dato que refleja el abismo político que separa la realidad geopolítica de la voluntad civil.

Sin embargo, también dentro de Israel empiezan a surgir fisuras. Los mandos militares son, según Ayalon, “los únicos israelíes que entienden los límites del poder militar” y podrían desempeñar un papel crucial en sostener un eventual acuerdo político.

Ataque de los drones iraníes en Israel

La historia, el espejo al que mirar

Los paralelismos históricos son rebuscados, pero coincidentes en algunos puntos. Nelson Mandela pasó 27 años en prisión antes de dirigir la transición sudafricana. Su figura sirvió como símbolo de reconciliación y autoridad moral. En menor medida, figuras como Gerry Adams en Irlanda del Norte o los líderes de las FARC en Colombia desempeñaron roles similares en procesos de pacificación extremadamente complejos entre bandos irreconciliables.

No obstante, las diferencias con el caso palestino son sustanciales. Mandela fue liberado tras un cambio estructural dentro del régimen que lo encarcelaba; en el caso palestino, no existe un consenso israelí ni internacional sobre el marco político final. Además, el conflicto palestino-israelí no se limita a una lógica colonial o racial: está entrelazado con intereses geoestratégicos globales, seguridad regional y dinámicas religiosas.

Aun así, la comparación ofrece un punto esencial: la reconciliación requiere liderazgo legítimo y una narrativa compartida, algo que solo una figura con la autoridad de Barghouti podría ofrecer.

En el mejor de los casos, el proceso que se vislumbra en El Cairo podría derivar en un gobierno palestino transitorio que combine figuras de Fatah, tecnócratas independientes y una presencia internacional supervisora. Barghouti, libre o encarcelado, sería su referente moral y político. Lógicamente, la segunda opción no parece ser la más convincente.

A largo plazo, el objetivo debería pasar por unir las instituciones de Gaza y Cisjordania bajo un mismo marco legal y de seguridad: “una ley, una autoridad, un arma”, como resume el lema adoptado por la Autoridad Palestina en su propuesta de 2025.

Ese proceso implicaría elecciones legislativas y presidenciales en un plazo de 18 meses, la reintegración de fuerzas de seguridad palestinas y la desmovilización gradual de las milicias. El obstáculo principal sigue siendo la falta de confianza: Israel teme una rearticulación política palestina que fortalezca a sus adversarios, mientras que los palestinos desconfían de cualquier plan que no garantice una soberanía real.

Nelson Mandela con el cabello canoso y expresión seria con fondo neutro.

El precio de la confianza

Ami Ayalon planteaba una advertencia que sintetiza el desafío actual:

“El conflicto es entre dos pueblos, siete millones cada uno, viviendo entre el Jordán y el mar. Mientras no logremos un acuerdo político que ponga fin a la ocupación israelí y cree dos Estados lado a lado, la guerra no terminará.”

Ese diagnóstico, aunque aún minoritario en Israel, resume la esencia del dilema. Ninguna operación militar puede sustituir la legitimidad política, y ninguna reconstrucción material podrá sostenerse sin una autoridad representativa.

Barghouti, desde su celda, encarna la paradoja de un pueblo que busca unidad en medio del desarraigo. Su figura puede ser la llave que abra la puerta a una nueva fase de la política palestina, o un símbolo más en la larga lista de esperanzas frustradas.

Pero, como señala Ayalon, “el mundo ha comprendido que una resolución en Oriente Próximo es de su interés”. Y si ese interés se traduce en una presión sostenida, la historia podría dar otra oportunidad a una paz basada no en la fuerza, sino en la confianza.

Reconozco que el planteamiento puede pecar de ingenuo y la solución de utópica, pero sin duda dibuja una hoja de ruta más creíble y con más posibilidades que algunos espectáculos circenses a los que hemos tenido que asistir recientemente.

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