
El Kert (1911-1912): la campaña donde apareció la tercera generación de africanistas
No hace falta una gran batalla para cambiarlo todo, basta con una rutina de avances cortos y pérdidas constantes

Entre la Semana Trágica de 1909 y el desastre de Annual de 1921 se abre un espacio histórico que suele quedar en penumbra. Las fuertes desavenencias internas entre el catalanismo y el militarismo se mitigaron ante la necesidad de los regionalistas del mantenimiento del orden establecido y, para ello, se precisaba al Ejército. La actitud de los republicanos de Lerroux durante la Semana Trágica supuso también un divorcio temporal con la oficialidad española, a pesar de las protestas de patriotismo y la alineación de estos con los militares en los años previos a 1909. Hasta tal punto llegó la cosa, que, En La Correspondencia Militar, el diario que más se leía en los Cuartos de Banderas de las guarniciones españolas, se llegó a aconsejar a los militares destinados en Cataluña que votaran a la Lliga.
A pesar de que los conflictos entre los dos acontecimientos que más atención han merecido para la historiografía fueron de intensidad e importancia, es en esos años cuando el ejército español adopta una fisionomía que irá dibujando su estructura posterior. La campaña del Kert, desarrollada entre 1911 y 1912 en el Rif oriental, fue uno de los momentos decisivos de esa transformación.
El valle del río Kert no era un escenario espectacular. No hubo una gran batalla que pudiera resumirse en una fecha memorable. Fue, más bien, una guerra de posiciones, de avances cautelosos, de ocupación de alturas y construcción de blocaos y posiciones.
Tras los acontecimientos de 1909, la lógica estratégica española había quedado fijada: la seguridad de Melilla exigía ampliar el perímetro defensivo. El problema era que ese perímetro nunca parecía suficiente. Cada avance abría una nueva línea de contacto. Cada posición adelantada generaba la necesidad de otra más avanzada.

El río Kert se convirtió así en una frontera móvil. Cruzarlo significaba penetrar en un territorio donde la autoridad española era puramente militar. No había administración civil sólida ni estructura política capaz de sostener la presencia más allá del radio de acción de las columnas.
Las operaciones de 1911 respondieron a esa lógica expansiva gradual. Se avanzaba con columnas mixtas, se ocupaban posiciones dominantes, se levantaban fortificaciones improvisadas y se intentaba consolidar el terreno. El enemigo no ofrecía combates a campo abierto. Hostigaba. Observaba. Esperaba. Atacaba convoyes. Desaparecía.
El sistema táctico español descansaba en posiciones fijas y blocaos, esa pequeña fortificación aislada que simbolizaba la ocupación efectiva del territorio. Pero cada blocao necesitaba abastecimiento constante. Cada convoy era vulnerable, y cada destacamento dependía de la cohesión moral de oficiales y tropa.
Así se consolidó una forma particular de hacer la guerra: una guerra de pequeñas unidades, de decisiones rápidas, de exposición personal. El joven oficial adquiría un protagonismo que difícilmente habría tenido en la península. En el Rif, la iniciativa individual podía significar la diferencia entre mantener una posición o perderla.
El Kert no fue una campaña espectacular. Fue un proceso formativo. Allí se aprendió a ocupar y a sostener. Allí se asumió que el territorio solo existía mientras pudiera defenderse. Allí comenzó a perfilarse una generación de oficiales que entendía la guerra como experiencia permanente y la política como una interferencia distante.
El número de bajas era insoportable para la falta de atención y la impopularidad de la guerra, sobre todo entre republicanos y organizaciones obreras. Había que hacer algo para paliar las bajas peninsulares y reducir el impacto que estas tenían en la península.
Los Regulares y la nueva cultura militar
La experiencia acumulada en los años previos había demostrado que el soldado peninsular de reemplazo, enviado a Marruecos tras un breve periodo de instrucción, no era el instrumento ideal para una guerra irregular en terreno montañoso, con clima adverso y enemigo con una gran movilidad táctica.
La solución se inspiró en la experiencia francesa o británica, mucho más profusa en cuanto a los sistemas coloniales de principios de siglo: organizar unidades compuestas por indígenas marroquíes bajo mando español. En 1911 comenzaron a estructurarse los primeros grupos de Regulares. No era una improvisación total, pero sí una institucionalización de algo que ya se intuía necesario.
Los Regulares aportaban varias ventajas decisivas:
- Conocimiento del terreno.
- Adaptación al combate irregular.
- Mayor movilidad.
- Reducción de la dependencia exclusiva de tropas de reemplazo.
- Conocimiento de las estructuras tribales.
Pero su importancia fue más allá del plano táctico. Supusieron un cambio cultural. El oficial destinado a Regulares debía ejercer un mando distinto. La relación con la tropa no se apoyaba únicamente en la disciplina reglamentaria, sino también en el prestigio personal, en la autoridad construida en combate. El liderazgo se medía en situaciones reales y constantes. El soldado regular valoraba la valentía por encima de cualquier otro factor, del conocimiento o la capacidad técnica. El liderazgo debía ejercerse desde el ejemplo y el desprecio a la seguridad propia.
En el Kert, este modelo comenzó a probarse con eficacia. Las operaciones de 1912, ya bajo el marco formal del Protectorado español establecido ese mismo año, consolidaron la idea de que la guerra en Marruecos requería instrumentos específicos. Los Regulares no eran un complemento: empezaban a ser el núcleo más eficaz del dispositivo.
Al mismo tiempo, la guerra africana ofrecía algo que la península no podía proporcionar: ascensos. Méritos. Reconocimiento. La posibilidad de romper la lenta progresión por antigüedad en una escalilla macrocefálica.
El combate permitía ascensos extraordinarios. Las acciones destacadas podían alterar el escalafón. Las heridas, incluso cuando no eran graves, suponían un cambio en la bocamanga casi automático.
Este sistema generaba entusiasmo en Marruecos y resentimiento en la península. Para muchos oficiales destinados en guarniciones interiores, la guerra africana estaba creando una élite que ascendía con mayor rapidez. La cohesión estaba ya fracturada.
La campaña del Kert fue uno de los momentos donde esa dinámica se hizo visible. Y en ese escenario concreto se produjo un episodio que ilustra perfectamente la tensión: la herida y posterior ascenso de un joven oficial llamado Emilio Mola.
Emilio Mola y la polémica del mérito
Durante las operaciones en el Kert, Emilio Mola resultó herido. No se trató de una herida grave. No comprometió su vida ni dejó secuelas importantes. Pero fue una herida en combate.
Esto tenía un peso específico. La herida certificaba exposición al fuego enemigo. Probaba presencia en primera línea. Servía como argumento para la concesión de méritos. Mola fue ascendido tras ese episodio. Y la polémica, que ya había sido expuesta a finales de 1909 por la oficialidad peninsular, volvió a salir a la palestra.
El debate no era estrictamente personal. No se trataba únicamente de si su herida justificaba o no la promoción. El problema era estructural. El sistema de ascensos por méritos de guerra alteraba la jerarquía tradicional basada en la antigüedad y otorgaba responsabilidades superiores asignadas por valor, pero no siempre por capacidad.

En el ejército coexistían dos sensibilidades:
Quienes defendían que la guerra debía recompensarse con promociones excepcionales, y quienes sostenían que el escalafón no podía convertirse en resultado del azar del combate.
En Marruecos, el riesgo era constante. La exposición al fuego era casi inevitable. Pero no todas las heridas eran equivalentes. No todos los actos tenían la misma relevancia táctica. Y, sin embargo, el sistema tendía a premiar la presencia en el frente.
El caso de Mola ilustró esa tensión. Su herida fue considerada leve por algunos contemporáneos. Pero bastó para activar el mecanismo de recompensa. Para quienes permanecían en la península, era una constatación de lo que venían denunciando los últimos dos años: Marruecos estaba convirtiéndose en una vía acelerada de carrera que hacía demorar aún más los tiempos para los que permanecían en la península.
Esta dinámica tuvo consecuencias profundas y duraderas. Primero, consolidó la idea de que el prestigio profesional se obtenía en África. El oficial que no pasaba por el Rif o la Yebala quedaba, de algún modo, al margen del núcleo activo del ejército.
Reforzó la cohesión interna de los destinados en Marruecos. Compartían riesgos, incomprensión y críticas. Se percibían a sí mismos como el verdadero ejército. También alimentó una fractura silenciosa que décadas más tarde sería políticamente muy relevante y que se vio reflejada en el episodio de las Juntas de Defensa de 1917.
La campaña del Kert, con su combinación de guerra irregular, creación de Regulares y sistema de méritos, actuó como laboratorio. Allí se ensayó un modelo de profesionalización acelerada. Se consolidó una cultura del riesgo como vía de ascenso y se constató la formación de oficiales que más tarde desempeñarían papeles decisivos en la vida política española.
Annual, en 1921, aparecería como una ruptura. Pero muchas de las bases estructurales del desastre, como la sobre extensión, la confianza excesiva en posiciones aisladas, el esfuerzo de fuerzas en posiciones manteniendo reservas móviles escasas, el progresar sin mejorar las comunicaciones para el abastecimiento. En fin, la cultura del avance continuo ya estaba presentes en el Kert.
Cuando en 1936 algunos de aquellos oficiales africanistas se situaron en el centro de la escena política, no eran improvisados. Eran producto de una década larga de experiencia en Marruecos. El Kert había sido uno, para muchos de ellos, uno de sus escenarios formativos. El Cuerpo de Regulares Indígenas se conviritió en una unidad completamente decisiva que asumió el esfuerzo principal durante toda la guerra de Marruecos. Sus oficiales asumían más riesgo que los demás, se exponían mucho más y asumían un mando complejo y desafiante. Figuras como Franco, Mola, Vicente Rojo, Queipo de Llano, Millán Astray, Villabrille, o Núñez de Prado se curtieron en esas unidades y fueron luego protagonistas en 1936. Los hubo en los dos bandos, porque la cúpula militar estaba repleta de africanistas.
La campaña del Kert no tuvo la resonancia pública de 1909 ni la magnitud traumática de 1921. Pero fue allí, donde comenzó a definirse una generación.
Y esa generación acabaría marcando el rumbo de España.
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