Retrato en blanco y negro de Isabel II con corona y collar de perlas sobre un fondo rosa con un dibujo antiguo de una figura desnuda abrazando a un animal similar a un burro.
OPINIÓN

Isabel II, la reina destruida por la caricatura

La derrota no empezó en las urnas ni en las Cortes: se cocinó antes, a base de risa, tinta y desprecio público

La historia rara vez es justa con quienes pierden el relato. Pero pocas figuras del pasado español han sido tan sistemáticamente despojadas de toda complejidad como Isabel II. Su nombre se asocia, casi de manera automática, con una mixtura de incompetencia, corrupción, frivolidad y decadencia moral. Es una imagen tan arraigada que no ofrece espacio a la discusión. Pero ¿hasta qué punto ese descrédito fue el resultado exclusivo de sus errores como gobernante? ¿Y hasta qué punto fue el producto de una operación política y cultural mucho más profunda, en la que la caricatura desempeñó un papel fundamental?

Porque Isabel II no solo fue criticada: fue demolida simbólicamente. Y esa destrucción de su figura institucional y su integridad como mujer no se produjo en los despachos o en las Cortes, sino en los periódicos, en las hojas satíricas, en los dibujos que circularon de mano en mano y fijaron para siempre una imagen grotesca, sexualizada y humillante de la reina. Antes de ser derrocada, Isabel II ya había sido derrotada en el imaginario colectivo.

Caricatura antigua en francés de Isabel II con vestido verde, gran cruz dorada al cuello y expresión seria, representada como figura satírica religiosa.

Que nadie se asuste, estas letras, un día de Nochebuena, no tienen vocación de absolución de su reinado ni de minimizar sus responsabilidades. Pero sí plantear una derivada: Isabel II fue condenada no solo por lo que hizo, sino por lo que era. Y en esa condena, el hecho de ser mujer fue determinante.

Isabel llegó al trono siendo una niña, en un país fracturado por una guerra civil cuyo origen último residía, precisamente, en la negativa de una parte de la sociedad a aceptar que una mujer pudiera reinar. Desde ese momento, su figura quedó atrapada en una contradicción irresoluble: debía ejercer un poder concebido en términos masculinos desde un cuerpo femenino constantemente vigilado, juzgado y desacreditado. Su formación fue profundamente deficiente. En una sociedad estamental con barnices liberales, en la que el Ejército y sus generales conformaban el liderazgo moral e institucional, una mujer, que por condición carecía de la virilidad que se requería para cualquier tarea que no fuera las relacionadas con el hogar, debía convertirse en un títere. Esa fue, probablemente, la razón de sus carencias educativas. No interesaba una reina fuerte, sino una manejable.

La España del siglo XIX era a un tiempo liberal, conservadora, progresista o reaccionaria, pero compartía una premisa común: el poder político era un atributo masculino. La mujer, incluso cuando se sentaba en el trono, era vista como una anomalía que debía ser tutelada, corregida o, en última instancia, neutralizada.

En ese contexto, los errores de Isabel II no fueron percibidos por su pueblo como fallos de gobierno, sino como confirmaciones de un prejuicio previo. Cada crisis, cada escándalo, cada decisión desafortunada reforzaba la idea de que aquella mujer no estaba capacitada para gobernar. La crítica no se dirigía solo a sus actos, sino a su propia naturaleza. Y fue en ese campo donde los caricaturistas encontraron un terreno fértil.

Pintura de Isabel II manteniendo relaciones sexuales con un asno hecha por Valeriano y Gustavo Adolfo Bécquer.

La caricatura: del ataque político al linchamiento simbólico

La caricatura política del siglo XIX no era un simple entretenimiento. Era un arma. Un lenguaje directo, visual, brutalmente eficaz. En un país con altos índices de analfabetismo, que en algunas provincias superaban el 70% del total de la población, el dibujo tenía una capacidad de penetración que ningún artículo doctrinal podía igualar. Y en el caso de Isabel II, ese lenguaje se utilizó con una crueldad excepcional.

Las caricaturas no se limitaron a ridiculizar decisiones políticas. Atacaron su cuerpo, su sexualidad, su intimidad, convirtiendo a la reina en un objeto de burla constante. Se exageraron sus rasgos físicos hasta lo grotesco, se la representó como obesa, torpe, animalizada. Una pecadora dominada por sus deseos, rodeada de amantes, manipulada por favoritos, incapaz de ejercer una voluntad propia.

Ilustración antigua de carácter sexual con figuras desnudas (que son Borbones) en un salón lujoso pintada por Valeriano y Gustavo Adolfo Bécquer.

Nada de esto era inocente. La caricatura construyó un relato visual en el que Isabel II dejaba de ser una institución para convertirse en un cuerpo desordenado, una amenaza moral, una fuente de corrupción. El mensaje era directo, extremadamente visual y fácilmente comprensible: una mujer así no podía representar a la nación. Su matrimonio con su primo hermano, conocido homosexual, no ayudó a enmendar la percepción de su figura, todo lo contrario. La homosexualidad se asociaba también a la depravación y, por supuesto, alejaba al rey consorte de la virilidad necesaria para ponerse al frente de las tropas, para vestir con dignidad el uniforme, para ser, al menos en lo militar, el brazo armado de la Monarquía, perfecto complemento a una reina competente, como había sucedido con la unión entre Isabel y Fernando varios siglos antes.

Por supuesto que los reyes varones propietarios también fueron caricaturizados, pero rara vez de este modo. Sus excesos se presentaban como vicios privados; los de Isabel II, como síntomas de una degeneración estructural, y en eso, su esposo no salió mejor parado. Son frecuentes las caricaturas en las que el rey consorte era sodomizado o aparecía profundamente feminizado. De hecho, los apodos de Francisco de Asís (doña Paquita, o Paquita Natillas), evidencian la impresión en el pueblo de su carácter amanerado.

En el caso de la reina, lo personal y lo político se fundían de forma indisoluble, siempre en su contra.

Retrato de Isabel II con vestido azul largo y corona de joyas de pie junto a un cojín rojo con una corona real pintado por Federico Madrazo.

¿Quiénes querían destruirla?

El descrédito sistemático de Isabel II no fue fruto del azar ni de una animadversión popular espontánea. Respondía a intereses muy concretos.

Para los republicanos y demócratas, el ala más progresista del liberalismo, la figura de la reina era el símbolo perfecto de un régimen que querían derribar. Atacar a Isabel II era atacar a la institución monárquica sin necesidad de largos razonamientos teóricos. La caricatura convertía la crítica política en una reacción inmediata: risa, un absoluto desprecio, y la correspondiente indignación posterior.

Para sectores del liberalismo descontentos con el rumbo del régimen, la reina se convirtió en un cómodo chivo expiatorio. Muchos de los males del sistema: corrupción, clientelismo e inestabilidad se personalizaron en ella, ocultando responsabilidades colectivas y estructurales. Culpar a la reina era más sencillo que cuestionar el propio funcionamiento del Estado liberal que no se había cimentado sobre la lucha entre la aristocracia y la burguesía, sustituyendo esta última a la primera. En el caso de España, la aristocracia continuó conformando las élites nacionales y se aristocratizó a la burguesía más capaz, además de a profesionales, sobre todo militares e ingenieros, para conformar las clases dirigentes en todas sus versiones del espectro político liberal.

Ilustración en blanco y negro de una familia viajando con burros cargados de bultos y niños mientras una mujer, que es Isabel II, con vestido voluminoso monta uno de los animales y un hombre camina delante tirando de ellos.

Para una opinión pública cada vez más politizada, la caricatura ofrecía un relato sencillo y eficaz: España no fracasaba por problemas estructurales, sino porque estaba en manos de una mujer incapaz que dedicaba el tiempo a las frivolidades y a calmar su voraz apetito sexual. Era una explicación cómoda y simple.

Cuando la burla se convierte en verdad histórica

Cuando Isabel II fue derrocada en 1868, su caída no sorprendió a nadie. Durante años, la caricatura había preparado el terreno. La reina ya no era vista como una figura trágica, ni siquiera como una gobernante discutible, sino como un personaje ridículo, grotesco, pervertido e indigno de respeto.

Ese es, quizá, el mayor triunfo de la caricatura: hacer que el desprestigio parezca natural. Convertir una construcción política y cultural en una evidencia incuestionable. La imagen de Isabel II como reina corrupta e incompetente sobrevivió a su exilio, se consolidó durante la Restauración y ha llegado, apenas revisada, hasta nuestros días.

La historiografía ha avanzado, sin duda, pero el imaginario popular sigue anclado en aquellas imágenes decimonónicas. Seguimos viendo a Isabel II a través del prisma deformante de la sátira, sin preguntarnos cuánto de esa visión responde a un análisis riguroso y cuánto a un linchamiento simbólico profundamente marcado por su condición de mujer.

Revisar hoy el papel de la caricatura en la destrucción del prestigio de Isabel II no es un ejercicio de indulgencia retrospectiva. Es un ejercicio de honestidad intelectual. Significa reconocer que el juicio histórico no se produce en condiciones neutrales y que los prejuicios, en este caso, contra una mujer que ejercía el poder, pueden moldear de forma decisiva el imaginario colectivo.

Ilustración antigua de Isabel II con corona y capa oscura decorada con estrellas que sostiene una maleta con sus manos.

Isabel II cometió errores. Muchos. No es objetivo de estas pocas páginas el analizarlos, tampoco buscar indulgencias, aunque es cierto que fue una marioneta a la que se negó las más básicas herramientas para poder llevar a cabo su labor: la educación y el conocimiento. Pero fue castigada de una forma que ningún rey varón habría sufrido en los mismos términos. Su reinado no solo fue criticado: fue ridiculizado, sexualizado y deshumanizado hasta hacer imposible cualquier defensa.

Cánovas, que de tonto no tenía ni la cara, y tras las malas experiencias con María Cristina de Borbón dos Sicilias y su hija Isabel II, cuando la Monarquía precisó de una regencia femenina en 1885, tras la muerte de Alfonso XII, se cuidó muy mucho de que la reina apareciera ante los ojos del pueblo como una mujer virtuosa y alejada del placer carnal. María Cristina de Habsburgo recibió el apodo de “Doña Virtudes” y, a pesar de ceñir la corona de regente en uno de los periodos más dramáticos y complejos de la historia de España que acomodaron la pérdida de los últimos territorios de Ultramar, nadie planteó, ni por un momento, que la reina fuera responsable de nada.

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