
La coherencia de Albiol
Albiol tomó una decisión incómoda que obliga a mirar más allá del impacto inmediato y a preguntarse qué significa realmente gobernar
La política municipal a menudo se mueve en un terreno incómodo, allí donde las decisiones no admiten soluciones fáciles ni titulares amables. Gobierna quien se atreve a asumir costes, a mantener la palabra dada y a poner orden cuando la complejidad amenaza con convertirse en parálisis. En este sentido, la figura y la gestión de Xavier García Albiol en Badalona merecen una lectura que vaya más allá del ruido: la de un alcalde que ha optado por la coherencia, la responsabilidad institucional y la atención a las demandas de sus vecinos.
El episodio del desahucio de más de 400 personas ha sido presentado a menudo con simplificaciones que lo desdibujan. Pero la política no es solo la gestión de las emociones del momento; es también el respeto a la legalidad, la convivencia y los compromisos adquiridos.

Albiol llegó a la alcaldía con un mensaje claro: recuperar el orden, garantizar la seguridad jurídica y actuar con firmeza ante situaciones que, durante demasiado tiempo, habían sido cronificadas. Cuando una decisión difícil se inscribe en un mandato explícito y responde a una demanda reiterada del vecindario, el ejercicio de gobierno se convierte, ante todo, en un acto de coherencia.
Badalona es una ciudad diversa, con barrios que han sufrido de manera especialmente intensa los efectos de la dejadez institucional. Los vecinos pedían respuestas, no aplazamientos; soluciones, no excusas. Ejecutar un desahucio masivo no es, ni puede ser, una acción celebrada con ligereza. Es una medida extrema que exige sensibilidad social, coordinación con los servicios sociales y alternativas para las personas vulnerables. Precisamente por eso, el valor político reside en afrontarla de frente, con un relato honesto y con el acompañamiento necesario, y no en mirar hacia otro lado.
La decisión de Albiol se explica también desde la idea de ciudad. Sin reglas compartidas, la convivencia se deteriora y quienes cumplen la ley acaban siendo los más perjudicados. Garantizar que el espacio público y la vivienda se gestionen con criterios claros es una condición imprescindible para reconstruir la confianza entre administración y ciudadanía. En este punto, la firmeza no es sinónimo de insensibilidad, sino de responsabilidad: actuar para que el sistema funcione y para que las políticas sociales puedan desplegarse sobre bases sólidas.
Hay, además, un elemento que a menudo se obvia: la política local es la más cercana, la que da la cara cada día. Un alcalde no puede refugiarse en discursos abstractos cuando los conflictos estallan a escala de calle. Albiol ha asumido este rol con un estilo directo, sabiendo que agradar a todo el mundo es imposible, pero convencido de que gobernar es decidir. En tiempos de promesas ambiguas, mantener la palabra dada tiene un valor añadido.
Finalmente, el episodio pone sobre la mesa un debate más amplio sobre la vivienda, la pobreza y la necesidad de políticas estructurales. Ningún desahucio resuelve por sí solo estos problemas, pero la inacción tampoco. El acierto de la gestión radica en combinar la aplicación de la ley con el impulso de soluciones a largo plazo. En este equilibrio complejo, Xavier García Albiol ha optado por no eludir la responsabilidad. Y, en política, eso ya es una virtud escasa.
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