Retrato de Hernando de Alarcón con barba y gorro renacentista en primer plano con fondo artístico de batalla y colores rosados.
OPINIÓN

Hernando de Alarcón: el custodio de los vencidos

En una época de conquistas y ambiciones, su ejemplo demuestra que la verdadera grandeza se forja en la prudencia, la palabra y el servicio

Imagen del Blog de Joaquín Rivera Chamorro

En la historia de España hay figuras que encarnaron, con su vida, los valores de una época. Hombres que no buscaron la gloria en los libros, sino en el cumplimiento exacto de su deber. Hernando de Alarcón pertenece a esa estirpe. Su nombre no aparece entre los grandes conquistadores ni ocupa el lugar de los reyes en las enciclopedias, pero fue testigo y protagonista de algunos de los episodios más decisivos del tránsito de la Edad Media al mundo moderno. Sirvió a cuatro monarcas —Isabel y Fernando, la reina Juana y después a Carlos V—, combatió en tres continentes, y tuvo bajo su custodia a dos de los hombres más poderosos de su tiempo: un rey y un papa.

Nacido en el seno de una familia noble con raíces en la casa de Zevallos, Hernando de Alarcón creció en un entorno donde el linaje se entendía como una responsabilidad antes que como un privilegio. Su padre, Diego Ruiz de Alarcón, y su madre, Isabel de Llanes y Santollo, pertenecían a un tiempo en que el honor familiar se forjaba en los campos de batalla y no en las revistas del corazón o en las casas de modistos. A los dieciséis años abandonó la casa paterna para seguir la carrera de las armas. Fue discípulo de sus tíos Pedro y Martín de Alarcón, bajo cuyo mando se formó en las campañas de Granada e Italia.

Un grupo de soldados medievales con armaduras y cascos rodea a un hombre arrodillado mientras un líder con capa roja lo sostiene del hombro.

Su primera acción destacada tuvo lugar en 1485, durante la guerra de Granada. Allí, siendo aún un joven soldado, se le encomendó la custodia del propio Boabdil, el rey nazarí, capturado en la batalla de Lucena. El hecho, poco recordado hoy, prefigura el rasgo que marcaría toda su vida: la confianza. Aquel adolescente que custodiaba al último monarca de Al-Ándalus sería, años más tarde, el hombre al que se confiaría la vigilancia del rey de Francia y del papa de Roma.

Entre el Gran Capitán y el Emperador

Alarcón siguió después a su tío Martín a Italia, en 1495, como parte del ejército de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. En las guerras italianas, que enfrentaron a España, Francia y los estados del norte de la península, el joven soldado se formó en el arte de la guerra moderna. Allí aprendió que el valor no bastaba: hacía falta disciplina, técnica, conocimiento de la pólvora y del terreno. Fue parte de una generación que transformó la guerra medieval de choque en una ciencia basada en la coordinación y la infantería, el arma que haría de España la potencia militar más temida de Europa.

Su carrera bajo las órdenes del Gran Capitán fue brillante. Participó en los hechos de armas que consolidaron el dominio español en el sur de Italia, como la batalla de Garellano, decisiva para el control de Nápoles. Su lealtad fue recompensada con el nombramiento como gobernador y capitán general de Calabria en 1506. Pero la suerte del soldado dependía, entonces como ahora, de los vaivenes de la política. Cuando Fernando el Católico, receloso del poder y la popularidad del Gran Capitán, le ordenó regresar a España, Alarcón compartió su destino. Fue llamado también a la Península, no por desmérito militar, sino por sospechas cortesanas. El rumor de un amor con una dama principal bastó para alejarlo de Nápoles.

Años más tarde, rehabilitado, volvió a servir en África. Participó en las campañas de Túnez y Bugía contra los turcos y berberiscos, donde fue nombrado maestre de campo. Sus campañas en el norte de África mostraron el otro rostro del imperio español: no el de la expansión, sino el de la defensa de sus fronteras mediterráneas. La España de Alarcón no era aún la de los galeones de Indias, sino la del Mediterráneo como frontera viva entre la cristiandad y el islam.

Soldados medievales con armaduras y lanzas marchan en formación sobre un campo de batalla mientras un líder a caballo los observa

Con la llegada de Carlos I al trono, el escenario europeo se transformó. Las guerras de Italia se reanudaron, ahora bajo el signo del enfrentamiento entre el emperador y Francisco I de Francia. Hernando de Alarcón, veterano de todas las campañas, fue llamado de nuevo al frente. En 1522 destacó en la batalla de Bicoca, donde la infantería española, disciplinada y resistente, impuso su superioridad sobre los suizos y franceses. El emperador le nombró capitán general.

Pero el destino aún le reservaba su episodio más célebre: la custodia del rey de Francia tras la batalla de Pavía.

El custodio del rey

El 24 de febrero de 1525, en los campos de Pavía, el ejército imperial derrotó de forma contundente a las tropas francesas. Las relucientes armaduras y los coloridos pendones de la aristocracia francesa se estrellaron contra las picas de hombres nacidos del terruño que adornaban los vestidos con el pecho, como decía Calderón.

Francisco I, símbolo de la monarquía renacentista, cayó prisionero. En el caos de la victoria, los soldados se disputaban el botín, los cañones y los caballos; pocos adviertieron que entre los cautivos había un rey. Hernando de Alarcón fue el hombre designado para custodiarlo.

La tarea no era sencilla: se trataba de trasladar a un monarca enemigo, vivo, a territorio español, en un momento en que la diplomacia, la religión y la guerra se entrelazaban. Alarcón, soldado de probada lealtad, entendió que no custodiaba solo a un prisionero, sino a un rey vencido, al que debía tratar con firmeza, pero con la caballerosidad renacentista.

Durante su misión, mostró una templanza que sorprendió incluso al propio Francisco I. En una carta, el monarca francés describió a su custodio como “caballero de gran prudencia y continencia”. En Madrid, el prisionero fue retenido primero en la Torre de los Lujanes y luego en el Alcázar. Allí permaneció hasta su liberación, tras la firma del Tratado de Madrid en 1526, en virtud del cual Francia se comprometía —sin cumplirlo después— a renunciar a sus pretensiones sobre Italia y a devolver Borgoña.

Alarcón fue, por tanto, el hombre que tuvo bajo su guarda al rey de Francia, no como carcelero, sino como depositario de un equilibrio político que trascendía la guerra. Su trato respetuoso, su disciplina y su sentido del deber lo convirtieron en símbolo de la sobriedad castellana frente al esplendor renacentista.

El 24 de febrero de 1525, en los campos de Pavía, el ejército imperial derrotó de forma contundente a las tropas francesas.

Roma y el Papa cautivo

Dos años después, en 1527, otro episodio pondría a prueba su carácter. Las tropas imperiales, mal pagadas y desbordadas, entraron en Roma. Aquel saqueo —el Saco de Roma— fue una de las tragedias más recordadas del siglo XVI. La ciudad eterna, centro de la cristiandad, cayó en manos de soldados imperiales que durante semanas la sometieron a pillaje. En medio de aquel caos, Hernando de Alarcón fue una de las pocas voces que se impuso a la barbarie.

Cuando el Papa Clemente VII se rindió y fue hecho prisionero en el castillo de Sant’Angelo, el emperador confió nuevamente en Alarcón. Su misión era velar por la seguridad y el trato digno del pontífice. No era solo una cuestión de protocolo: en aquella época, custodiar al Papa equivalía a sostener el frágil equilibrio entre el poder temporal y el espiritual.

De nuevo, Alarcón demostró su capacidad de mando y su prudencia. Evitó nuevos excesos de las tropas y garantizó la seguridad del prisionero hasta la resolución del conflicto. Como reconocimiento, Carlos V lo nombró teniente general de los ejércitos de Italia y capitán general del reino de Nápoles.

Con ese nombramiento culminaba una carrera de casi seis décadas al servicio de la Corona. Había combatido en Granada, en Italia, en África; había servido a reyes y emperadores; había custodiado a monarcas y papas. Su nombre, sin embargo, no figura entre los grandes conquistadores ni entre los próceres. Quizá porque su gloria fue silenciosa: la del soldado que cumple su deber con sobriedad, sin reclamar más recompensa que el reconocimiento de su soberano.

En 1535, ya anciano, fue llamado una vez más por el emperador para participar en la expedición de Túnez. La campaña, dirigida contra Barbarroja y el dominio otomano en el norte de África, supuso una de las grandes operaciones militares del reinado de Carlos V. La victoria fue rápida y decisiva, y Alarcón, pese a su edad, desempeñó un papel destacado en la organización de las tropas.

El emperador quiso premiar sus servicios proponiéndole el virreinato de Sicilia, pero Hernando de Alarcón rehusó el cargo. No por desdén, sino por cansancio. Había cumplido con creces su deber. Pidió retirarse y pasar el resto de sus días en Italia, el país que había sido su campo de batalla y su segundo hogar. Carlos V respetó su deseo, otorgándole el título de marqués de la Valle Siciliana, caballero de la Orden de Santiago y gobernador de Castel Nuovo, en Nápoles.

Un grupo de guardias con armaduras oscuras escolta a un hombre vestido con túnica blanca y solideo en un entorno de arquitectura antigua.

Allí, en Castel Nuovo, murió el 15 de enero de 1540, a los setenta y cuatro años. Fue enterrado en Nápoles, lejos de su tierra natal, pero cerca de los escenarios donde había forjado su destino.

Su vida, contada en los Comentarios de los hechos del señor de Alarcón, es la de un siglo entero. Desde la caída de Granada hasta el apogeo del Imperio, desde el arco y la espada hasta el arcabuz y la pica. Hernando de Alarcón representa, quizá mejor que nadie, la transición entre dos mundos: el de la caballería medieval y el del ejército profesional moderno.

En tiempos de conquistas, intrigas y ambiciones, la lealtad fue su bandera. No fundó ciudades ni descubrió mares, pero encarnó el espíritu de servicio de quienes sostuvieron el andamiaje del Imperio. Si los conquistadores agrandaron sus dominios, hombres como Alarcón los mantuvieron firmes. Su vida recuerda que el poder de España en el siglo XVI no se construyó solo sobre gestas heroicas, sino sobre la disciplina, la prudencia y la palabra cumplida.

Su figura fue reconocida en vida, pero pronto cayó en el silencio de los siglos. Un retrato suyo, perdido hoy, fue pintado por Tiziano y conocido a través de un grabado de Pedro de Perret que se conserva en la Biblioteca Nacional. Bajo su imagen se lee: Ex Titiani Archetypo Pereter sculp. En él se adivina un rostro severo, el de un hombre acostumbrado a la obediencia y al mando, más a la acción que a la palabra.

Sin embargo, tras ese silencio histórico se esconde una figura esencial para comprender el espíritu de su tiempo. Alarcón no fue un hombre de letras, pero su vida puede leerse como un tratado de ética del servicio. Supo conjugar el coraje con la mesura, la obediencia con la responsabilidad personal. Fue fiel al rey, pero no servil; firme con los soldados, pero prudente con los vencidos.

En una época donde la gloria se medía por la conquista, su mérito fue custodiar. Custodiar un ideal de conducta que entendía el poder como deber. Custodiar reyes y papas sin abusar del poder que tenía sobre ellos. Custodiar, en definitiva, la dignidad de España cuando el mundo entero la observaba.

Retrato al óleo de un hombre de mediana edad con barba y cabello oscuro y ondulado, expresión seria y fondo neutro.

Una figura para la memoria

En tiempos de efemérides y conmemoraciones, Hernando de Alarcón merece ser recordado no solo por sus victorias, sino por su ejemplo. Su historia transcurre entre los márgenes del poder, pero sus acciones fueron decisivas. Fue, en cierto modo, el garante del honor en una época de grandeza y turbulencia.

Recordarlo hoy, en Nápoles o en España, es rendir homenaje a una virtud poco frecuente en cualquier época: la de quienes saben ser fieles a su palabra incluso cuando el mundo cambia. En eso, Hernando de Alarcón fue más moderno que muchos de sus contemporáneos. Su vida fue una lección de equilibrio entre la espada y la razón, entre el poder y la mesura.

Quizá por eso, cuando el rey de Francia y el papa de Roma fueron sus prisioneros, ambos confiaron en él. Porque en la Europa convulsa del siglo XVI, la palabra de un soldado valía más que los tratados.

Y esa palabra, la de Hernando de Alarcón, sigue resonando —silenciosa, firme, ejemplar— como eco de un tiempo en que la lealtad era la medida del honor.

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