Soldados soviéticos avanzan en una batalla urbana entre humo y ruinas mientras uno de ellos ondea una bandera con la hoz y el martillo sobre un fondo rosa estilizado.
OPINIÓN

Europa en guerra consigo misma

Por qué la Guerra Civil española no fue una excepción, sino parte de un conflicto europeo

Imagen del Blog de Joaquín Rivera Chamorro

Durante unos días hemos asistido a una de esas polémicas a vida o muerte que consumen el tiempo de los agitadores de sofá y teléfono en mano. Un título de una serie de conferencias a las que estaban invitados escritores, periodistas, políticos e historiadores; todo con un alto componente mediático y organizadas por Arturo Pérez Reverte, se ha convertido en un campo de batalla más sobre la Guerra Civil Española. Más allá de los expertos en el tema, han opinado sobre ello miles de tuiteros, casi siempre más apoyados en su carga ideológica que en el estudio o la investigación. Devoradores de mitos de uno y otro lado se han empleado a fondo en insultarse y en cerrar con 140 caracteres lo que fue el conflicto más doloroso de la historia de España.

El que una cadena montañosa casi infranqueable sea la única unión de los países íberos con el resto de Europa derrama la percepción nacional de que somos únicos, de que estas cosas solo pasan aquí y de que nuestros abuelos eran más bestias que en ningún otro sitio. Casi nunca nos paramos a pensar que hubo bombardeos en la Segunda Guerra Mundial en los que murieron más civiles que en toda la Guerra Civil Española, o que hubo combates entre 1914 y 1918 en los que, desde el amanecer a la hora del almuerzo, se perdieron más hombres que en toda la Batalla del Ebro. O que dos millones de civiles otomanos murieron en la Gran Guerra, además de casi un millón de soldados del desafortunado Imperio.

Parte de la historiografía española, sobre todo la que se escribió poco después del conflicto, ha tendido a interpretar la Guerra Civil de 1936–1939 como un fenómeno excepcional, producto de particularidades estructurales, culturales o políticas propias del caso español. Hoy les planteo cuestionar dicha interpretación mediante un enfoque comparativo europeo.

La violencia civil española debe entenderse como parte de un ciclo continental de conflictos internos que afectó a gran parte de Europa entre el final de la Primera Guerra Mundial y la consolidación del orden de posguerra tras 1945. A través de un viaje por los campos europeos diseminados por Alemania, Italia, Austria, Francia, Finlandia, Grecia y los Balcanes se sostiene que la pugna entre democracia liberal, marxismo revolucionario y fascismo constituyó un fenómeno transversal, con intensidades variables, del que España no fue una anomalía, sino una manifestación extrema.

Desde los primeros intentos de interpretación historiográfica de la Guerra Civil española, se ha tendido a presentar el conflicto como el resultado de una trayectoria histórica singular: atraso económico, debilidad de la cultura democrática, militarismo endémico o fractura social irresuelta desde el siglo XIX. Sin negar la relevancia de estos factores, que son importantes y algunos se presentan como variables evidentes, en este artículo les propongo desplazar el foco interpretativo hacia una perspectiva comparada, situando el conflicto español dentro de un marco europeo de crisis sistémica del liberalismo.

Lejos de constituir una anomalía, la violencia política española se inscribe en un contexto continental marcado por la deslegitimación del parlamentarismo liberal que parecía agotado y sobrepasado por los problemas generados por él mismo: la industrialización derivó en la organización de las clases trabajadoras que se percibían como explotadas, provocando una gran conflictividad social. La sociedad estamental se había sustituido, en realidad, por otra donde la alta burguesía había desplazado a la aristocracia en la cúpula de la pirámide social. En el caso de España, como sucedió en el Reino Unido, la aristocracia se aburguesó y la alta burguesía se aristocratizó. No obstante, factores como la radicalización ideológica y la normalización del uso de la fuerza como instrumento político no eran exclusivos de estos lares. Entre 1918 y finales de la década de 1940, Europa experimentó una sucesión casi ininterrumpida de conflictos civiles abiertos, guerras internas larvadas, insurrecciones armadas y regímenes autoritarios surgidos de un irrespirable ambiente de violencia política.

Carros tirados por caballos llenos de soldados y civiles avanzan por una calle empedrada frente a un gran edificio histórico mientras la gente camina y observa la escena; se trata de una imagen de la revolución de los Crisantemos.

Primera Guerra Mundial: militarización y descomposición social

La Primera Guerra Mundial supuso una ruptura estructural para las sociedades europeas. La movilización de masas, la brutalización del combate y la experiencia prolongada de la violencia organizada alteraron profundamente la relación entre el Estado clásico, sociedad y fuerza armada. Al finalizar la contienda, millones de veteranos, trastornados por los horrores de un conflicto que sobrepasaba con mucho cualquier experiencia bélica vivida hasta entonces, regresaron a sociedades incapaces de absorberlos económica y políticamente.

Este fenómeno tuvo tres consecuencias directas:

  • Se normalizó la violencia política, percibida como una herramienta legítima de transformación social. En el caso de España, esto se vivió sobre todo en Barcelona, ajena al retraso secular de casi todo el resto peninsular. Allí se produjo un exponencial incremento de la violencia, que derivó en la época del pistolerismo, contestado desde el Estado con métodos coercitivos que iban más allá de la legalidad.
  • Proliferaron organizaciones paramilitares, muchas veces toleradas o instrumentalizadas por los propios Estados. De nuevo, Barcelona tuvo su eco de este fenómeno a través de los conocidos sindicatos libres que no fueron un invento genuinamente español. Podría decirse que se importó de otras naciones donde estos métodos se habían creado como defensa de la alta burguesía a la deriva violenta del obrerismo.
  • La crisis de legitimidad de las instituciones liberales, incapaces de responder a las demandas sociales y al miedo a la revolución, se produjo en todo el continente con mayor o menor intensidad.

La paz no supuso una desmovilización efectiva, sino una transición hacia nuevas formas de conflictos internos, unos generados por las consecuencias de la propia guerra, y otros derivados de los problemas estructurales anteriores.

El desafío marxista y la guerra civil como horizonte político

La Revolución rusa de 1917 actuó como catalizador de expectativas revolucionarias en amplios sectores del movimiento obrero europeo. Entre 1918 y 1921 se produjeron múltiples intentos de ruptura revolucionaria del orden liberal: En Alemania, el Levantamiento Espartaquista, en el que murió asesinada la líder comunista, Rosa de Luxemburgo, evidenció la profundidad del conflicto social y la incapacidad del Estado para monopolizar la violencia sin recurrir a fuerzas paramilitares.

Retrato en primer plano de Rosa de Luxemburgo con el cabello recogido que mira seriamente hacia la cámara sobre un fondo gris.

En Finlandia, la Guerra Civil Finlandesa lo fue en sentido pleno, con líneas de frente, represión sistemática y campos de prisioneros, nada que envidiar a la que vivieron nuestros abuelos y bisabuelos.

En Hungría, la República Soviética Húngara surgida de la Revolución de los Crisantemos, mostró la viabilidad, aunque efímera, de un proyecto revolucionario en Europa Central.

Estos episodios nos dibujan un cuadro europeo en el que la guerra civil no fue una anomalía española de los años treinta, sino una forma política recurrente en la Europa de posguerra.

Fascismo y contrarrevolución: la violencia como orden

La respuesta al desafío revolucionario no fue, en la mayoría de los casos, una reafirmación del liberalismo parlamentario, muy debilitado en los países con menos arraigo industrial, o en aquellos industriales, pero con menos tradición liberal, como Alemania. Fue el surgimiento de movimientos autoritarios de masas que hicieron de la violencia su principal recurso político.

El caso italiano es paradigmático. El denominado Biennio Rosso (1919–1920) fue seguido por una escalada de violencia escuadrista que desembocó en la Marcha sobre Roma. Este proceso no constituyó una ruptura súbita, sino la culminación de un conflicto civil de baja intensidad en el que el Estado liberal fue progresivamente desbordado por las huelgas revolucionarias y la violencia de doble sentido.

Fenómenos similares se observaron en Alemania, Austria, Hungría o Rumanía, donde milicias nacionalistas y organizaciones paramilitares actuaron como sustitutos funcionales del Estado, erosionando el monopolio legítimo de la coerción controlada desde los Gobiernos. Si hay una derivada en España, esta es la del militarismo interior, que si dominó y controló a estos grupos, sometiéndolos a la disciplina de una institución militar que, en los momentos de crisis se erigía como sustituto del Estado y ejercía la tutela ejecutiva y judicial. La Ley de Orden público otorgaba todo el poder a la autoridad militar cuando se declaraba el Estado de Guerra. Este recurso era empleado muy a menudo como respuesta a huelgas revolucionarias.

Soldados con uniformes de invierno observan y sostienen una gran bandera finlandesa con escudo de armas en un entorno bélico nevado; es una imagen de la guerra civil finlandesa.

Democracias en tensión: Francia y el Reino Unido

Incluso aquellos países que lograron preservar sistemas parlamentarios estables, y que disponían de democracias consolidadas y resilientes, no estuvieron exentos de violencia política. En Francia, la crisis de febrero de 1934, protagonizada por ligas de extrema derecha que salieron a las calles por percibir la revolución marxista como una tangible amenaza, puso en cuestión la supervivencia misma de la República. La formación del Frente Popular, al amparo de lo dictado en el VII Congreso de la Komintern, debe entenderse como una respuesta defensiva ante un riesgo real de colapso institucional.

En el Reino Unido, aunque la violencia no alcanzó niveles comparables, la Huelga General de 1926 evidenció la profundidad del conflicto social y la fragilidad del consenso liberal en un contexto de crisis económica y desmovilización imperial.

La diferencia entre estos casos y los escenarios de guerra civil no radica en la ausencia de conflicto, sino en la mayor capacidad de integración institucional y en la fortaleza del aparato estatal.

Retrato de León Blum con bigote y gafas redondas sombrero de ala ancha y abrigo oscuro mirando a la cámara sobre un fondo desenfocado.

Austria 1934: la guerra civil como fenómeno centroeuropeo

La guerra civil austríaca de febrero de 1934 constituye un ejemplo particularmente ilustrativo. Durante varios días, Viena fue escenario de combates armados entre el Schutzbund socialdemócrata, el Ejército y milicias conservadoras. El conflicto concluyó con la destrucción del sistema democrático y la instauración de un régimen autoritario.

Este episodio desmonta cualquier interpretación que asocie la guerra civil exclusivamente a países “periféricos” o a sociedades supuestamente menos desarrolladas políticamente.

España en perspectiva comparada

La violencia política española de los años treinta comparte con el resto de Europa una serie de rasgos estructurales: Radicalización ideológica, militarización de la vida política, debilitamiento del Estado liberal, e incapacidad de los mecanismos parlamentarios para arbitrar el conflicto social.

¿Qué factores pueden considerarse específicos de la realidad española? Desde mi punto de vista, estos no residen en la naturaleza del conflicto, sino en su intensidad, duración y desenlace, condicionados por características como la estructura agraria y la escasa industrialización del país en comparación con otros estados occidentales. El peso del Ejército es, sin duda el factor más determinante, habida cuenta de que la reacción contra la inestabilidad social fue liderada por militares y no por líderes naturales y populistas surgidos del descontento general y abanderando un nuevo nacionalismo inspirado en la cooperación entre clases sociales. En España, la reacción fue liderada por generales, en Italia y Alemania, los líderes de estos movimientos coincidían en haber sido cabos en la Guerra Mundial. Por último, la debilidad administrativa y la acumulación histórica de tensiones no resueltas pueden considerarse otro de los factores a tener en cuenta.

La Guerra Civil española aparece como una guerra civil europea librada en suelo español, no como una anomalía aislada. De hecho, España se llenó de extranjeros que combatieron en ambos bandos.

La Segunda Guerra Mundial y la prolongación del conflicto civil

La Segunda Guerra Mundial no puso fin a la violencia interna en Europa, sino que la absorbió y amplificó. En numerosos países, el conflicto internacional se superpuso a enfrentamientos internos entre colaboracionistas, resistentes, comunistas y nacionalistas. Ahí están los casos de Italia, Francia, Países Bajos, Bélgica, Hungría, Rumanía, Yugoslavia, etc. Prácticamente cualquier territorio europeo tuvo su conflicto interno con represión violenta ejercida sobre el disidente en cotas, incluso, mucho más altas de las acontecidas en la Guerra española.

Hombre de traje oscuro en el centro de una multitud de militares con medallas en un acto público histórico; se trata de la marcha sobre Roma con Mussolini y los camisas negras.

En este sentido, la Guerra Civil Griega (1946–1949) representa el cierre tardío del ciclo iniciado en 1918, confirmando la persistencia de la pugna ideológica más allá del final formal de la guerra mundial.

La violencia civil que marcó a Europa entre 1918 y 1949 constituye un fenómeno estructural de larga duración, vinculado a la crisis del liberalismo, al desafío marxista y a la emergencia de movimientos fascistas. España no fue una excepción, sino uno de los escenarios donde esta crisis alcanzó su máxima expresión.

Abandonar el excepcionalísimo español no implica relativizar la tragedia de la Guerra Civil, sino integrarla en una historia europea compartida, permitiendo una comprensión más precisa de sus causas, dinámicas y consecuencias.

La singularidad de España fue la derivada surgida de la geopolítica, es decir, la continuidad de un régimen que quedó como fósil de los que habían sido derrotados en la Segunda Guerra Mundial. La capacidad de adaptación de su principal valedor, cuya ideología era el orden y el culto a sí mismo, así como el inicio de la guerra fría, lanzaron un salvavidas que le permitió seguir a flote hasta su muerte. Pero esa es otra historia digna de ser contada.

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