Montaje con el rostro de Julio Iglesias en primer plano y al fondo una manifestación feminista con pancartas azules sobre un fondo rosa y un imperdible metálico superpuesto.
OPINIÓN

Un feminismo de imperdible

El Estado de derecho se pone a prueba cuando el foco mediático decide primero y la justicia llega después, si llega

Soy de la generación que, cuando acababa de almorzar y encendía el televisor, se encontraba con las especulaciones de Carmen Alcayde y Jorge Javier Vázquez sobre la vida sentimental, privada e incluso criminal de los personajes públicos. En un momento dado, les cayeron tantas demandas que se popularizó el uso del presuntamente. Una palabra de impunidad: situándola entre el sujeto y el predicado es suficiente “Tófol presuntamente tiene el cadáver de su abuela en el congelador y hace croquetas con ella de tanto en cuanto”. En este caso, Tòfol no existe, pero si fuera alguien concreto se tendría que tragar la acusación.

En un principio, estos programas sensacionalistas gozaron de un éxito notable, pero todo cansa y hoy en día prácticamente han caído en el olvido. Puedo entender, hasta cierto punto, que a la gente le puedan interesar los cotilleos de familias ajenas: bodas, bautizos y comuniones; así como los vestidos que llevaban los protagonistas, un contenido más bien blanco. Cuando formaban parte de la parrilla televisiva y se criticaba, siempre creía que el espectador, con el mando, era soberano.

Dos presentadores, que son Jorge Javier Vázquez y Carmen Alcayde sonrientes, posan juntos sosteniendo un gran tomate rojo decorativo sobre un fondo blanco con líneas rojas, que era el plató de 'Aquí hay tomate', un programa de Telecinco.

Como decimos a menudo, nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, y ahora enciendes el televisor y el cotilleo forma parte de los debates políticos. Ya no son solo Alcayde y Vázquez los que hablan sobre ello, ahora tenemos ministros opinando sobre la vida privada de estos personajes. Evidentemente, esto no exime de la responsabilidad que pueda tener una persona que haya cometido hechos graves.

En un Estado de derecho, quien tiene que decidir si lo que ha hecho una persona es delito, o no, no es el ministro de turno, sino la justicia. Con el caso de las acusaciones a Julio Iglesias —y antes con el de Adolfo Suárez— se ha observado una hiperventilación de la izquierda, desde la más extrema a la presuntamente moderada, que no concuerda con otros casos más flagrantes. Resulta evidente que poner el foco sobre estos casos mediáticos ha sido una estrategia política: por una parte, el PSOE pretende difundir el mensaje que el machismo y los abusos son algo generalizado, ya que han salido a decenas dentro del mismo partido: mal de muchos, consuelo de tontos, o no.

Primer plano de Julio Iglesias serio en un evento

Por otra parte, las podemitas también han visto el cielo abierto con estos casos; lo han percibido como la manera de tapar la opresión del régimen de los Ayatolàs sobre las mujeres en un momento de rebelión. Cabalgando contradicciones, mientras se indignan selectivamente y ven patriarcado donde les conviene, han sido capaces de decir que no quieren ninguna intervención en Irán porque quieren la paz en el mundo. Claro, hermana, yo sí te creo, pero no jodas si tu problema es que un régimen opresor te cuelgue de una grúa por no llevar velo. Minucias.

Además, esta semana hemos sabido que su feminismo es de imperdible: por una parte, pincha el capital iraní; por otra, retiene a la mujer. Con esta aguja en Hispan TV tapaban el canalillo de las féminas, un gesto que demuestra la farsa de un feminismo que había prometido liberal y que antaño se preguntaba por qué deban tanto miedo las mujeres que enseñaban las tetas. La enésima demostración de la hipocresía de la izquierda, y seguro que será la última.

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