
Europa y el yelmo de Mambrino
Autonomía estratégica, soberanía imaginada y el último caballero andante

Europa, si es que alguna vez existió un ente político creíble con ese nombre, avanza hoy por el mundo con la cabeza alta, orgullo con tufillo a naftalina y el gesto grave, convencida de que todavía porta un yelmo reluciente, dorado, otrora de un gran rey. Lo ajusta con solemnidad cada vez que pronuncia palabras mayores: valores, derecho internacional, multilateralismo, liderazgo normativo… Y lo hace con la seguridad íntima de quien cree que esas palabras siguen teniendo el peso específico que tuvieron en otro tiempo. Desde dentro, el metal que protege la testa parece sólido. Desde fuera, sin embargo, la imagen es muy distinta.
Basta apartarse unos pasos, mirar el conjunto con distancia histórica, para descubrir lo que Sancho Panza vio desde el primer momento: no hay acero ni oro, solo una vieja bacía de barbero mal encajada sobre un cráneo fatigado. No es una burla menor ni una metáfora gratuita surgida en plena gripe estacional. Es una imagen precisa de un desfase histórico profundo. Europa no carece de inteligencia ni de experiencia; carece de sincronía con su tiempo. Vive todavía en el mundo que cree recordar, no en el que realmente existe.

Como Don Quijote, la Europa política no es ridícula por idealista, sino por anacrónica. El problema no es que crea en los valores, sino que crea que esos valores siguen funcionando como instrumentos de poder en un sistema internacional que ha dejado de reconocerlos como tales. Y ese desfase entre autopercepción y realidad es hoy el núcleo de su impotencia estratégica.
Conviene recordar que los europeos no siempre estuvieron equivocados. Durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, el enfoque del viejo continente, basado en normas, instituciones y derecho, fue extraordinariamente eficaz. El contexto internacional lo permitía. La Guerra Fría generó un orden relativamente estable, con reglas claras y árbitros reconocidos. Tras su final, la globalización liberal pareció confirmar que el poder duro podía ser sustituido progresivamente por interdependencia regulada, comercio, derecho y cooperación multilateral.
En ese mundo, el concepto europeo de un universo monocorde prosperó. No hacían falta miles de carros de combate cuando se tenían mercados; no se precisaba de la coerción cuyos nefastos resultados se veían en las cicatrices de las antiguas guerras internas, cuando existían normas; no era preciso imponer cuando se podía convencer. El llamado poder blando (o soft power para los que necesitan meter algún “anglosanajo” para parecer más leídos), no era una coartada: era una realidad operativa. La Unión Europea podía expandir su influencia a través de la ampliación, la condicionalidad, la estandarización normativa y la atracción económica. El yelmo funcionaba porque el campo de batalla era otro.
Pero los mundos históricos no son eternos. El problema de los europeos, muy aficionados a hacer excursiones por universos paralelos, no es haber confiado en ese orden, sino haber seguido creyendo en él cuando empezó a desmoronarse. Como Don Quijote, que confunde la Mancha del siglo XVII con los libros de caballerías, Europa ha confundido durante demasiado tiempo el recuerdo de su eficacia pasada con una vigencia presente que ya no existe.
En los últimos años, el término autonomía estratégica europea ha pasado de ser una rareza académica a convertirse en consigna política. El Servicio Europeo de Acción Exterior lo formula con claridad: «Europa debe ser capaz de actuar por sí misma cuando sea necesario, proteger sus intereses y reducir dependencias críticas, todo ello sin renunciar a alianzas ni caer en el aislamiento».

El diagnóstico, en abstracto, es correcto. El problema reside en lo que el discurso omite cuidadosamente. Se habla de capacidad, pero no de poder. Se habla de resiliencia, pero no de coerción. Se habla de valores, pero no de costes. La autonomía estratégica aparece como una evolución natural, casi administrativa (muy del estilo de la casa, por cierto), no como lo que realmente es: una revolución silenciosa en la forma de entender el poder europeo.
El lenguaje institucional transmite serenidad, pero también una cierta evasión. Como el hidalgo que explica con elocuencia su código de honor mientras se recompone de una paliza, Europa parece más preocupada por mantener la dignidad del relato que por asumir la crudeza de la situación. El yelmo sigue en su sitio porque quitárselo implicaría reconocer la herida.
No hace falta ser un experto en nada. Cualquier ciudadano medianamente informado, e incluso, algún contertulio se dará cuenta de que Europa llega tarde. No porque no supiera, sino porque no quiso actuar cuando todavía podía hacerlo sin traumas. Durante décadas, la dependencia estratégica se vivió como una comodidad: energía barata, externalización de la seguridad, cadenas de suministro globales eficientes, tecnología accesible. Se cumplía de forma testimonial con los compromisos internacionales, participando con exiguos contingentes en las misiones en el exterior, sin hacer ruido, sin publicitar ni contextualizar, maquillando las imágenes de los soldados europeos para que parecieran más cooperantes del ACNUR que soldados, aunque la realidad fuera muy distinta. Todo por seguir anclados en la percepción idealista de que para extender la democracia liberal solo había que tener voluntad, sonrisas y empresas que hicieran lucrativos negocios detrás.
La autonomía estratégica no surge como proyecto político deliberado, sino como respuesta forzada a una sucesión de crisis: la pandemia, la guerra en Ucrania, la ruptura energética, la competencia tecnológica, y la muy advertida actitud norteamericana. Nos hemos dado de bruces con la realidad. Cuando has generado en el imaginario colectivo un mundo infantil en el que no hacen falta armas y los buenos deseos circulan en paralelo con las buenas razones, decir de repente que hay que rearmarse deja a todo el mundo en estado de shock. Como Don Quijote tras la embestida, toca preguntarse si el mundo estaba equivocado o si lo estábamos nosotros.

Aquí aparece una diferencia clave entre lucidez y poder. Europa entiende el problema, pero entender no equivale a poder resolverlo. La conciencia llega cuando el margen de maniobra se ha estrechado. El caballero se palpa las costillas rotas y descubre que la armadura era más frágil de lo que creía.
La realidad refleja una dimensión que termina de desmontar cualquier ilusión romántica: la del mundo económico real. Aquí no hay discursos sobre valores ni debates identitarios. Hay recursos, infraestructuras, inversión, dependencia tecnológica y tiempo. Mucho tiempo.
La autonomía estratégica, desde esta perspectiva, no es una cuestión de voluntad política inmediata, sino de reconstrucción material. Relocalizar industrias, asegurar materias primas, desarrollar tecnología propia, crear redundancias: todo ello requiere décadas y enormes costes. No basta con querer. Hay que poder. Y poder, en este contexto, significa aceptar sacrificios que Europa no ha querido asumir cuando aún eran asumibles. Las economías europeas han generado un centro de gravedad enorme apoyado en el sector servicios que ha ido, como un agujero negro, absorbiéndolo todo y dejando la industria y la tecnología en un nivel secundario. El estado de bienestar, garantizado a costa de la mayor presión fiscal del mundo, ha provocado también la deslocalización de las grandes firmas automovilísticas y la irrupción de un mercado chino con el que pronto será imposible competir.
La imagen quijotesca se vuelve aquí trágica. El caballero quiere forjar su espada cuando ya ha perdido la fragua. Quiere protegerse cuando otros controlan los suministros de hierro. El yelmo no es solo una ilusión: es un sustituto psicológico del poder perdido.
Y ahora Groenlandia
Aquí quiero citar un texto de Jeremy Shapiro, “How Greenland Falls”, publicado en Foreing Affairs hace unos días. Porque, aunque se presenta como ficción especulativa, es en realidad una descripción meticulosa de cómo funciona el poder en el siglo XXI cuando se ha entendido algo que Europa todavía se resiste a aceptar: la soberanía ya no se impone, se absorbe.
En el escenario descrito por Shapiro no hay invasión, ni anexión formal, ni plebiscito. Hay inversión, infraestructuras, dependencia logística, servicios esenciales, seguridad “humanitaria”, ambigüedad jurídica. Groenlandia no es conquistada; es funcionalmente integrada. No porque su población lo desee, sino porque sus funciones críticas dependen de un actor externo.

Este punto es devastador para el relato europeo. Groenlandia es territorio europeo en sentido político y cultural. Pero en el mundo descrito por Shapiro, eso es irrelevante. Lo que importa es quién garantiza la conectividad, el suministro, la seguridad y la inversión. El poder ya no necesita símbolos: necesita funciones. La gesticulación de un niño mimado al que se le antoja un juguete no parece más que un juego de negociación donde se parte de máximos, pero donde el niño ha manoseado el juguete hasta hacerlo suyo mucho antes de exigir su posesión.
Europa, frente a este proceso, no actúa. Observa. Protesta, protesta enérgicamente, vuelve a protestar, más enérgicamente aún. Expresa “grave preocupación”. Don Quijote invoca la injusticia del mundo mientras otros ya han cambiado las reglas del combate.
Shapiro introduce un concepto clave: la geo-ósmosis. El poder fluye allí donde existen dependencias. No hace falta imponer; basta con ser imprescindible. Esta lógica no es estadounidense, ni rusa, ni china. Es la lógica del siglo XXI. Y es la lógica para la que Europa no se ha preparado.
Durante décadas, se entendió la soberanía como una cuestión jurídica. Hoy es, cada vez más, una cuestión funcional. Quien controla los nodos críticos controla el sistema. El derecho puede protestar; la dependencia manda.
Aquí la metáfora del yelmo de Mambrino, y ya me perdonarán ustedes por la brasa con el Quijote, alcanza su máxima potencia. Europa sigue creyendo que la soberanía es un atributo formal, cuando en realidad es una condición material. Sigue discutiendo sobre legitimidad mientras otros construyen hechos consumados. El caballero habla de honor; el mercader ya ha cerrado el trato. No se puede acudir a un zoco árabe con dignidad, arrogancia y el amparo legislativo, porque te venderán gato por liebre.
El verdadero problema de Europa no es solo estratégico. Es cognitivo. Ha interiorizado un sistema de creencias que confunde normas con poder, intención con capacidad, prestigio con influencia. Ese sistema funcionó durante un tiempo. Hoy es un lastre.

No creo que haya ingenuidad, ya no hay espacio para eso, lo que queda es nostalgia. Y la nostalgia, en política internacional, es una forma particularmente peligrosa de autoengaño. Don Quijote no es ridículo por creer en la justicia, sino por creer que la justicia sigue teniendo árbitros imparciales. Europa no es débil por defender el derecho internacional, sino por creer que este sigue siendo el lenguaje dominante del poder.
La pregunta final no es literaria, sino política. ¿Puede Europa quitarse la bacía y aceptar que necesita un yelmo real, pesado, incómodo y costoso? ¿Puede asumir que la autonomía estratégica implica renuncias, conflictos internos y una redefinición profunda de su identidad?
El diagnóstico está ahí. La conciencia empieza a existir. Pero el tiempo juega en contra. La autonomía estratégica es un proyecto de largo plazo en un mundo que se mueve rápido y sin paciencia para quienes dudan. Sin ella, sin capacidad de disuasión, con la dependencia de otros para casi todo, es imposible que las voluntades venzan, porque no queda otra que admitir las que impongan jinetes más fuertes.
Quizá el destino de Europa no sea el de un caballero victorioso, sino el de un viejo hidalgo lúcido que reconoce, demasiado tarde, que el mundo ha cambiado. O quizá aún esté a tiempo de algo más modesto y realista: dejar de combatir molinos, aceptar la naturaleza del terreno y aprender, por fin, a jugar el juego que se está jugando.
Porque, a diferencia de Don Quijote, Europa no puede permitirse morir fiel a una ilusión. El mundo no le concederá la dignidad trágica del derrotado noble. Solo la irrelevancia silenciosa de quien confundió el brillo de una bacía de barbero con la protección del yelmo de Mambrino.
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