Tren de cercanías avanzando sobre vías dañadas y agrietadas en un entorno gris con marco rosa llamativo y, al lado, una silueta del mapa de Cataluña roto.
OPINIÓN

Rodalies, un país roto

Transformar sin conservar tiene un coste silencioso y aquí se están rompiendo cosas que nadie repone

Imagen del Blog de Octavio Cortés

Hay que construir de abajo hacia arriba, este es un principio que conviene no descuidar. Están bien los arabescos místicos, pero primero hay que tener ordenadas las cosas de comer. Esto vale para la persona individual en su crecimiento espiritual y vale para la vida en comunidad. Parte del hartazgo con las formas políticas de nuestro tiempo viene de tener gobiernos que destinan millones a las lesbianas del Aconcagua, pero que son incapaces de hacer que los trenes lleguen a su hora en Sabadell (o de evitar que no descarrilen de tres en tres llevándose docenas de vidas por delante). 

El procés, antes que cualquier otra cosa, fue una tormenta ideológica: la sociedad azotada por ráfagas de discurso, de ideas, de propuestas. El resultado fue más o menos el mismo que salió del paso del huracán Katrina por Nueva Orleans, es decir, la devastación.

Lo que sucede a continuación es que la gente, antes que cualquier otra cosa, quiere volver a salir a la calle segura, quiere confiar en que se encienden las farolas y que los autobuses funcionan, quiere tener un sueldo digno y la posibilidad de acceder a una vivienda, quiere no tener la molesta sensación de estar gobernada por una tropa de vividores, mentirosos y ladrones. Luego ya volveremos a hablar de ideología. Ahora lo primero es reconstruir la ciudad después de la tempestad.

El procés fue una borrachera de futuro, ahora la gente está hasta las narices de nadie parezca estar cuidando del presente. La clase política no parece haber entendido esta realidad tan simple. Cuando usted demuestre que es capaz de administrar las cosas sencillas de cada día y realizar de manera honesta y tranquila las tareas para las que le votamos, entonces quizás (y solo quizás) tengamos ganas de volver a escucharle hablar de futuros luminosos. Pero mientras el país esté hecho pedazos, guárdese sus grandes conceptos y póngase a trabajar.

Mujer con gafas y chaqueta negra hablando en un atril con fondo de madera

Si la izquierda sigue insistiendo en sus propuestas de transformación audaz, pero es incapaz de arreglar los baches de la calle, va directamente camino de la desaparición. Ya ha pasado en Francia o en Italia, donde los antiguos partidos socialistas equiparables al PSOE son solo un recuerdo. Toda la tradición de la izquierda europea nace del viejo lema de Marx: “los filósofos han intentado interpretar la realidad, ahora es hora de transformarla”. Hay una parte de verdad en ello, pero debe ser equilibrada con la idea de conservación, es decir, con el pensamiento conservador.

Hay cosas que, de manera sencilla y humilde, deben ser conservadas y mantenidas: el orden social, el sentido común, la propiedad privada, el derecho a vivir sin injerencias estatales agobiantes, la libertad de expresión, etc. La utopía transformadora no tiene derecho a arrasarlo todo. Es muy simple: lo primero es que los trenes funcionen. Cuando esto esté solucionado, hablaremos de futuros fabulosos.

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