Retrato en blanco y negro de Primo de Rivera con uniforme militar al frente de una bandera ondeando sobre un fondo rosa con detalles gráficos oscuros.
OPINIÓN

España, hace 100 años

Un repaso a la España de 1925, entre dictadura, propaganda y el espejismo de una estabilidad efímera

Imagen del Blog de Joaquín Rivera Chamorro

Se acerca el final del primer cuarto del siglo XXI, un periodo al que aún no podemos llamar histórico por su proximidad temporal. Otras columnas serán las que hagan balance de este tiempo y del año que pronto dejaremos atrás. Pero aquí, donde tratamos de abrir una pequeña puerta a la historia, vamos a rebuscar en el pasado para encontrar, bajo 100 almanaques y 36.500 páginas, el año 1925 y hacer un balance de cómo era aquella España y qué acontecimientos vivieron nuestros bisabuelos o tatarabuelos.

El país se asomaba al cénit de la Dictadura del general Miguel Primo de Rivera, creyendo que aquel orden impuesto desde arriba podía transformarse en estabilidad duradera. Fue el año en el que las calles se llenaron de homenajes al Rey, en el que las provincias desfilaron en Madrid como si el país entero quisiese convencerse de su propia cohesión, y el año en el que el régimen jugó su carta más ambiciosa: ganar por fin la guerra de Marruecos.

Enero comenzó con un deliberado entusiasmo monárquico que no nació de la nada. Vicente Blasco Ibáñez había lanzado un manifiesto contra el rey Alfonso XIII, por lo que el Directorio Militar, que regía aún los designios de la nación, trataba de demostrar que España seguía siendo un país homogéneo, fiel y dócil. La llamada del Ayuntamiento de Madrid para convertir al Rey y a la Reina en “alcaldes honorarios” de toda España derivó en una escena casi teatral y algo grotesca, si cometemos el error de aplicar las gafas del presente: miles de alcaldes, concejales, diputados provinciales y comisiones con trajes regionales inundaron la capital como si se celebrase un gigantesco festival de adhesión sentimental en el que se podían manifestar las diferencias, pero a través de aspectos culturales.

Hombre con bigote y uniforme militar, que es Primo de Rivera, sentado en un escritorio con papeles y objetos de oficina.

Aquel despliegue, evidentemente, fue una representación política: un país que necesitaba verse unido porque temía, más que nunca, estar dividido. Y la Dictadura lo supo explotar. La fotografía era perfecta: España, de norte a sur, de Levante a Extremadura, rindiendo pleitesía al monarca bajo la supervisión afectuosa del general Primo de Rivera. La parte menos visible era que, detrás del entusiasmo, se ocultaba un aparato estatal empeñado en imponer un único lenguaje político: el del orden, la unidad y la disciplina. La historia contemporánea de España nos cuenta que siempre que el Ejército ha disfrutado de esas tres garantías, se ha mantenido en los cuarteles. La alteración de cualquiera de ellas solía derivar en una intervención militar con más o menos intensidad.

Si hay un discurso que sintetiza 1925 es el pronunciado por el dictador en el Monumental Cinema. Allí, ante miles de representantes municipales, definió los «cuatro problemas» que justificaban su régimen: el separatismo, el sindicalismo, la crisis económica y Marruecos.

El tono era inequívoco. Primo de Rivera amenazó con expulsar del país, o al menos del cargo público, a todo aquel que no demostrase un amor patriótico sin fisuras. «El que no quiera a su tierra tendrá que abandonarla», dijo. Una frase que hoy, leída con perspectiva, revela bien la mentalidad del momento: la política como disciplina y un pánico militar a cualquier movimiento separatista que se había heredado tras la independencia cubana y que había ido creciendo durante el primer cuarto del siglo XX.

Cataluña ocupó, como siempre, un lugar central en el mensaje. El dictador insistió en que el separatismo estaba «muerto», que la bandera nacional volvía a ser aplaudida, y que la Unión Monárquica representaba la Cataluña «leal». Pero la necesidad de repetirlo tantas veces era, en sí misma, una revelación. Los problemas que se afirman resueltos con demasiada frecuencia suelen ser los que están muy lejos de estarlo.

El Gobierno se apresuró a celebrar la magnífica cosecha de 1925, una de las mejores del siglo en rendimiento por hectárea. El dato, real y positivo, permitía sostener un relato de prosperidad. Pero no podía ocultar la situación más profunda: España seguía siendo un país que emigraba y su población menguaba estrangulada por la miseria, con decenas de miles de emigrantes rumbo a Argentina, Cuba y Uruguay. No es achacable al régimen, que se inició en septiembre de 1923, se trataba de problemas estructurales que venían de décadas atrás.

Cuando un país que presume de estabilidad pierde cada año a buena parte de su población activa, algo no encaja. Estas cosas de la historia…

Dos militares de alto rango, que uno de ellos es Primo de Rivera, viajan en un automóvil descapotable mientras uno de ellos saluda con la mano a la cabeza y varios soldados los observan al fondo.

A pesar de ello, el clima oficial era de optimismo: se municipalizaban servicios, se inauguraban obras urbanas, y se proclamaba que la industria avanzaba bajo el amparo del orden dictatorial. Era el espejismo habitual de los momentos de bonanza agrícola.

Si hay un acontecimiento que definió 1925 fue el desembarco de Alhucemas, concebido para cerrar por fin el capítulo más humillante de la España contemporánea: el desastre de Annual y la resistencia de Abd el-Krim.

La operación, planificada junto a Francia y ejecutada en septiembre, fue un éxito militar innegable. Dio al régimen la gloria que necesitaba, devolvió al Ejército su sentido de misión y permitió vestir la Dictadura con los ropajes de una epopeya nacional. A partir de Alhucemas, Primo de Rivera no solo se veía como un dictador regenerador, sino como el hombre que “salvó” Marruecos. La propaganda se ocupó del resto.

A partir del otoño, las cabilas comenzaron a entregar armas y el desarme general se presentó como el preludio del final del conflicto. España, al fin, parecía ganar algo importante. Y en política, pocas cosas son más peligrosas que un triunfo militar que se confunde con un triunfo político.

1925 fue también el año de la estética del régimen: medallas conmemorativas para quienes participaron en los actos monárquicos, retratos, discursos, viajes del dictador por provincias donde recibía títulos de hijo adoptivo, inauguraciones de locales de la Unión Patriótica…

Nunca la simbología ocupó tanto espacio en la vida institucional. Este énfasis tenía un propósito claro: sustituir la política parlamentaria por la liturgia del consenso. En un país sin Cortes, sin partidos —salvo el partido único— y con garantías constitucionales suspendidas, era necesario llenar esa ausencia con rituales cívicos. Lo que faltaba en debate se suplía en ceremonias. Huelga decir que el régimen gozó de un unánime voto de confianza otorgado por casi todos los sectores de una sociedad agotada por la agonía de la Restauración y la decadencia de los «profesionales de la política», como los llamó el propio Primo de Rivera en su manifiesto del 13 de septiembre de 1923.

Fotografía antigua de una familia posando elegantemente, con cuatro hombres de pie y tres mujeres sentadas, todos vestidos con ropa formal de época.

La inauguración de la Casa de la Prensa, presidida por el Rey y celebrada en un ambiente de solemnidad casi sacral, es otro ejemplo: el Estado bendiciendo a una prensa menos libre, pero llena de reconocimientos oficiales.

El año culminó con un gesto aparentemente trascendental: la supresión del Directorio militar y la restauración del Consejo de Ministros, ahora civil. Sobre el papel, y menos de dos años después del golpe, la Dictadura daba un paso hacia la normalización. En la práctica, cambiaba la forma, pero no el fondo. Primo de Rivera seguía en la cúspide del poder; Martínez Anido asumía la vicepresidencia; las libertades seguían suspendidas; y la Unión Patriótica se preparaba para gobernar sin oposición.

El objetivo era claro: adaptar el régimen para hacerlo sostenible, disfrazando la excepción permanente de institucionalidad. Era un reconocimiento implícito de que la fórmula del Directorio tenía fecha de caducidad.

Los éxitos incontestables del directorio militar, y la cúspide alcanzada con el Desembarco de Alhucemas, además del impulso económico motivado en parte por los «felices años 20» en todo el mundo occidental, habían otorgado un barniz de eficacia que contrastaba con los últimos gobiernos de la época parlamentarista y que no duraban nunca más de seis meses.

Visto desde hoy, 1925 aparece como el punto más alto de la Dictadura. El régimen aún gozaba de legitimidad social en amplios sectores, había obtenido su ansiada victoria militar en Marruecos y proyectaba una imagen de orden y renovación. Pero en ese mismo éxito estaban las semillas del fracaso posterior.

Primo de Rivera con uniforme militar y una persona vestida con ropa tradicional marroquí están sentados juntos en un sofá decorado con un fondo de mosaicos.

La España que desfiló ante el Rey en enero no era tan homogénea como parecía. La Cataluña que el dictador proclamaba pacificada seguía siendo un hervidero latente. El país que presumía de buena cosecha seguía perdiendo población joven hacia América. Y el Gobierno que se transformó en civil no lograba resolver los problemas estructurales que él mismo había diagnosticado. Aunque para eso no sobran un par de años, evidentemente. No se resuelve un atraso de varias décadas con cuatro decretos.

1925 fue, en definitiva, el año en que España creyó haber encontrado un rumbo claro, cuando en realidad solo había encontrado una pausa. Una tregua. Una fotografía muy bien compuesta. Un instante de exaltación que, pocos años después, se demostraría insostenible. Fueron los propios militares los que comenzaron a conspirar contra Primo de Rivera cuando se percataron que este no hacía ascos a perpetuarse en el poder. Fueron los militares los que organizaron golpes y levantamientos y los que fueron acorralando al dictador hasta hacerlo caer en enero de 1930.

Así fue 1925, el año de un país que ha mejorado en muchos aspectos, acercándose mucho más a sus homólogos europeos de lo que estaba en aquel momento. Pero, algunos de los problemas estructurales son aún reconocibles 100 años después, aunque esa es otra historia digna de ser contada.

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