
Bolívar, dos siglos después: el libertador que no pudo ser Washington
Dos independencias, dos mitos y un mismo problema inicial que terminó produciendo resultados políticos opuestos

Cada vez que las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela regresan a la primera línea informativa —sanciones económicas, petróleo, discursos inflamados, acusaciones de imperialismo y de resistencia soberana— reaparece de forma casi automática una figura histórica invocada como legitimación última: Simón Bolívar. Su nombre es citado como símbolo de emancipación, de independencia frente a una potencia extranjera, de una América Latina eternamente asediada por el Norte. Al otro lado, Estados Unidos se remite, explícita o implícitamente, a su propio mito fundacional: George Washington, general victorioso, padre de la patria y presidente que supo retirarse del poder.
La elección de Bolívar para el artículo de hoy tiene dos razonamientos, uno, porque su fallecimiento fue un 17 de diciembre de 1830, por lo que se cumplen 195 años del mismo. Otro, porque tras asistir a uno de los momentos más críticos del régimen chavista, amenazado por los Estados Unidos, creí oportuno hacer una comparación entre los “padres fundadores” de Estados Unidos y Venezuela.

La paradoja es evidente. Ambos hombres nacieron en mundos coloniales, lideraron guerras de independencia casi contemporáneas y se enfrentaron a problemas similares: cómo legitimar un nuevo orden político, cómo controlar el poder militar, cómo evitar que la victoria armada derivase en despotismo. Sin embargo, los resultados no podrían ser más distintos. Washington se convirtió en el símbolo de una república estable y próspera. Bolívar, en cambio, es recordado tanto como libertador cuanto como profeta de un fracaso.
Esta comparación no es caprichosa ni anacrónica. El propio Bolívar conocía la experiencia estadounidense, admiraba algunos de sus principios y comprendía el valor simbólico de Washington. Pero también sabía, quizá mejor que muchos de sus intérpretes posteriores, que Hispanoamérica no era, ni podía ser, las Trece Colonias. Dos siglos después de su muerte, esa diferencia sigue explicando no solo trayectorias políticas divergentes, sino niveles de desarrollo radicalmente desiguales.
Simón Bolívar no fue un líder popular surgido de las masas. Fue un aristócrata criollo, heredero de una de las familias más acomodadas de Caracas, propietario de tierras y esclavos, formado en Europa y lector atento de la Ilustración. Como Washington, pertenecía a una élite terrateniente; a diferencia de Washington, esa élite era una minoría numérica rodeada por mayorías indígenas, negras y mestizas, profundamente empobrecidas y excluidas del poder político.
La independencia hispanoamericana comenzó, como la norteamericana, como un conflicto político entre élites. Los criollos no se alzaron inicialmente para transformar la sociedad, sino para sustituir a los peninsulares en el control del poder. La fidelidad a la monarquía se quebró cuando esta dejó de garantizar orden, comercio y estabilidad, con la metrópoli inmersa en una guerra por su propia supervivencia. Pero la ruptura con España no implicaba, en la mente de muchos, una ruptura con el orden social colonial.
Aquí aparece la primera gran diferencia estructural con el mundo de Washington. En las Trece Colonias existía una amplia base de pequeños propietarios blancos con experiencia de autogobierno local. En la América española, por el contrario, la propiedad, los cargos públicos y la educación estaban concentrados en una élite muy reducida, mientras la mayoría de la población carecía de derechos políticos reales. La independencia no nació como una revolución social, sino como una revolución política incompleta.
Bolívar comprendió pronto que sin movilizar a esclavos, pardos y llaneros la independencia era inviable. Pero también sabía que hacerlo significaba abrir una caja de Pandora que las élites temían más que al dominio español. El recuerdo de Haití, omnipresente en la imaginación política del momento, actuaba como advertencia: una revolución social podía destruir no solo al enemigo, sino también a quienes la impulsaban. Washington nunca tuvo que gobernar bajo ese temor.

Este dilema marcó toda la carrera política de Bolívar. Dependía de las élites criollas, pero desconfiaba profundamente de ellas. Necesitaba a las masas, pero las consideraba políticamente inmaduras y potencialmente peligrosas. De ahí su constante oscilación entre reformas sociales moderadas y la defensa de un poder ejecutivo fuerte, centralista y tutelar, capaz de imponer el orden.
En el plano de la esclavitud, esta contradicción resulta especialmente visible. Bolívar fue un abolicionista convencido. Consideraba incoherente luchar por la libertad manteniendo la esclavitud y liberó a sus propios esclavos. Defendió la abolición absoluta frente a una élite que se resistía ferozmente a perder su principal fuente de mano de obra. En términos morales, fue más radical que Washington, cuya relación con la esclavitud fue ambigua y tardía.
Pero la política no se mide por intenciones, sino por resultados. Bolívar fracasó. Sus intentos de imponer la abolición fueron sistemáticamente bloqueados por las oligarquías locales. En la práctica, la esclavitud fue sustituida en muchos lugares por formas de trabajo servil que perpetuaron la desigualdad. La independencia proclamó la libertad, pero no transformó la estructura social. La revolución se detuvo allí donde comenzaban los intereses económicos de las élites.
La situación de los indígenas resulta aún más reveladora para un lector europeo. En amplias regiones andinas, muchos indígenas no apoyaron a Bolívar, y no por ignorancia o atraso, sino por cálculo racional. El sistema colonial, con todos sus abusos, les garantizaba tierras comunales y cierto reconocimiento jurídico. La república liberal, con su énfasis en la propiedad individual y la igualdad formal ante la ley, podía significar la pérdida de esas garantías. Para muchos, la independencia no ofrecía beneficios claros.
Bolívar nunca comprendió del todo esta lógica. Su liberalismo ilustrado chocaba con sociedades comunitarias profundamente arraigadas. Para él, los indígenas fueron sobre todo un recurso militar y un problema administrativo, no el sujeto central de la revolución. Washington, de nuevo, no tuvo que gobernar una mayoría indígena integrada en el sistema económico.
En este contexto emergió la violencia. La independencia hispanoamericana no fue una guerra limpia entre ejércitos regulares. Fue una guerra civil brutal, en la que americanos combatieron contra americanos y donde la violencia adquirió un carácter racial y social. El Decreto de Guerra a Muerte de 1813 no fue un arrebato emocional, sino una decisión política consciente: radicalizar el conflicto, excluir a los peninsulares del cuerpo político y forzar definiciones.

Las masacres, ejecuciones de prisioneros y represalias fueron comunes en ambos bandos. Bolívar no fue más cruel que otros líderes de su tiempo, pero sí más explícito en la legitimación política de la violencia. Washington condujo una guerra convencional entre ejércitos relativamente homogéneos. Bolívar dirigió una guerra de supervivencia social, donde la violencia se normalizó como instrumento político. Ese legado pesaría durante generaciones.
Tras la victoria militar, llegó el momento más difícil: construir el Estado. Bolívar desconfiaba profundamente de la democracia directa. Consideraba que pueblos sin educación política ni cohesión social necesitaban ser tutelados por un poder fuerte. De ahí su rechazo al federalismo y su defensa de constituciones centralistas, como la boliviana, con presidentes vitalicios y amplias prerrogativas. No buscaba una dictadura personal por ambición, sino evitar el caos que creía inevitable.
Aquí la comparación con Washington resulta definitiva. Washington temía el desorden, pero confió en que las instituciones sobrevivirían a los hombres. Por eso renunció voluntariamente al poder. Bolívar, en cambio, murió aislado, acusado de tirano y convencido de haber arado en el mar. La Gran Colombia se desintegró, y el sueño de una América unida fracasó frente a los intereses locales, las rivalidades regionales y la debilidad institucional.
Estados Unidos construyó un mercado interno, un Estado federal funcional y una identidad política compartida. Hispanoamérica se atomizó en Estados pequeños, con economías dependientes, élites extractivas y escasa capacidad de integración territorial. Esta diferencia inicial explica buena parte de la brecha de desarrollo posterior.
Conviene decirlo sin rodeos: el subdesarrollo latinoamericano no es una maldición cultural ni un accidente histórico, tampoco es atribuible a la corona española. Es, en gran medida, el resultado de independencias sin revolución social efectiva, de Estados nacidos débiles, de élites que sustituyeron a la metrópoli sin transformar el orden heredado y de una violencia política normalizada desde el origen. Bolívar lo intuyó con amargura cuando escribió que la independencia era el único bien adquirido a costa de los demás.
Bolívar murió en 1830 derrotado políticamente, aislado y desencantado. No murió como Washington, venerado por una república estable, sino como un hombre consciente de su fracaso. Este dato es esencial para comprender lo que vino después, porque el Bolívar que hoy conocemos no es el Bolívar de su tiempo.
La mitificación del Libertador no es inmediata. No surge tras su muerte, cuando su figura resulta incómoda y divisiva, sino varias décadas después, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, especialmente desde los años setenta. Es entonces cuando los nuevos Estados latinoamericanos, frágiles y necesitados de legitimidad simbólica, construyen un Bolívar despojado de contradicciones, convertido en héroe fundacional. Como ha señalado la historiografía, el bolivarianismo se transformó en una ideología de reemplazo: allí donde no había instituciones sólidas, se ofrecía un mito.

Washington no necesitó ese proceso. Su autoridad descansaba en un orden institucional que funcionaba. Bolívar fue elevado al rango de mito precisamente porque su proyecto político había fracasado.
Es en este punto donde podemos identificar las conexiones con el chavismo. El chavismo no rescata al Bolívar histórico, sino al Bolívar mitificado. El aristócrata criollo desconfiado del pueblo, el político centralista y temeroso del desorden, desaparece para dar paso a un símbolo del antiimperialismo contemporáneo. El Bolívar convertido en enemigo eterno de España, Estados Unidos, o cualquier “imperialismo” es una construcción del siglo XX y XXI, no del XIX.
Esta instrumentalización no es una anomalía, sino una constante histórica hispanoamericana: la sustitución de instituciones débiles por símbolos fuertes. Allí donde el Estado falla, el mito se intensifica. Allí donde la economía se estanca, la retórica se radicaliza. Bolívar, sacralizado, deja de ser objeto de análisis histórico para convertirse en arma política.
Doscientos años después, el contraste con Washington no deja de ser paradójico. Estados Unidos revisa críticamente a sus padres fundadores; América Latina los sacraliza porque aún no ha resuelto los problemas que ellos no pudieron resolver. Quizá por eso Bolívar sigue siendo invocado no porque haya triunfado, sino porque su fracaso sigue abierto. Mientras el subdesarrollo, la desigualdad y la debilidad institucional sigan marcando la realidad de algunas repúblicas hispanoamericanas, el Libertador continuará siendo menos un personaje histórico y más un recurso nacionalista. Se venera su espada, se repiten sus citas hasta la saciedad y su figura permanece santificada.
Tal vez la verdadera forma de entenderlo no sea repetir su nombre en consignas, sino leerlo sin pedestal, aceptar sus límites y reconocer que la independencia, por sí sola, nunca fue suficiente.
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