
Ábalos, el gran desconocido
Si compramos que Ábalos era “un gran desconocido”, entonces Pedro Sánchez repartió poder a ciegas y ahora finge sorpresa

Pedro Sánchez, necesitado de cariño, pasó por los talleres de Gemma Nierga para una puesta a punto. A la vista de toda España recibió un masaje integral, tonificante y reparativo: pudo poner vocecitas y cara de pena, como tanto le gusta, y pudo mentir con toda comodidad, sin presiones, sin prisa. Tuvo momentos sublimes, como cuando se extrañó de que alguien pensara que podría acabar imputado, pero el clímax llegó en un destello para la posteridad, cuando afirmó que “en lo personal, Ábalos era un gran desconocido” para él.
Veamos. Sánchez tiene muy mal aspecto. Recuerda a ese medio limón que ha quedado olvidado al fondo de la nevera y va acartonándose a cámara lenta, ahogado en su propia fatalidad. Los huesos de su cara han ganado una inquietante protuberancia y ahora cuando sonríe parece un enterrador de alguna fantasía de Tim Burton. Está siendo devorado por su culpa a la vista de todos, menguando minuto a minuto, y a medida que se acerca su final sus mentiras van entrando en un crescendo épico, alcanzando alturas que creíamos fuera del alcance de los mortales.

Ábalos, el gran desconocido. Si tuviéramos que creer a Sánchez, entonces la realidad sería que encargó sus primarias a un desconocido, que luego nombró secretario de organización a ese mismo desconocido (al que seguía sin conocer) para después, ahondando en el desconocimiento, nombrarle ministro de Transportes.
En la última escena de “Un tranvía llamado deseo”, el personaje de Blanche DuBois pronuncia la famosa frase “I’ve always relied on the kindness of strangers”. Pero la heroína de Tennessee Williams es una aficionada al lado de Sánchez, que llegó a encargar la defensa de la moción de censura a ese desconocido en permanente estado de desconocimiento (todos recordamos la ovación en pie que el grupo socialista dedicó a ese discurso de un señor al que no conocían).

Sánchez confía en la condición humana: se rodea de desconocidos, les da las máximas responsabilidades de gestión y los puestos de mayor relevancia política y luego se mete en la cama a recordar lo hermoso que es el progresismo. A duras penas recuerda quién es quién en el Consejo de Ministros: son personas con las que alguna vez coincidió, quizás en alguna cena de algún amigo común, y como mucho recuerda el nombre de pila de alguno de ellos.
Cuando lleguen los juicios de su hermano y su esposa, Sánchez volverá a ver a Gemma Nierga (a quien tampoco conoce de nada) para mostrar su extrañeza metafísica y su indignación política por el hecho de que los fascistas insinúen que tenía tratos personales con ellos de algún tipo. “Las mujeres, ya se sabe, son un gran misterio: mi esposa siempre ha sido una gran desconocida para mí”. Tiempo al tiempo.
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