Francisco Franco con traje y corbata en primer plano y una imagen antigua de él vestido de militar al fondo sobre un fondo rosa con líneas oscuras.
OPINIÓN

50 años de la muerte de Franco

La discusión sobre la memoria demuestra hasta qué punto el presente intenta moldear el relato histórico

Imagen del Blog de Octavio Cortés

Quizás usted, querido lector, no lo recuerde, pero el año 2025 comenzó con el anuncio, por parte de lo que queda de Pedro Sánchez (que no es mucho) de un año de eventos, conferencias y actos de todo tipo con motivo de los cincuenta años de la muerte de Franco. Todo aquello se ha quedado en nada, eclipsado por la podredumbre cotidiana, pero resulta ejemplar respecto de la obsesión de la izquierda con lo que ellos llaman “memoria”.

Según el progresismo, se necesita un esfuerzo constante de “memoria democrática”, consistente en la inyección constante de subvenciones en un submundo de ONGs para que se dediquen a cantar canciones, a poner rosas en los lugares más varipintos y a dar charlas a los alumnos de Bachillerato que (en venganza) van a votar en masa a Abascal y a Orriols.

Montaje de fotos de Santiago Abascal y Sílvia Orriols, ambos en primer plano y con rostro neutro.

“Memoria” para la izquierda significa la infinita propagación de sus idearios a través de los medios públicos, los subvencionados, la educación y el relato político. El punto cómico es, siempre y en toda ocasión, el siguiente: para la izquierda es opresivo y repugnante cualquier pasado en el que no se diera la hegemonía de la izquierda o, al menos, la implantación de alguno de sus conceptos.

En la Pontevedra del 1850, por ejemplo, no había ni reivindicaciones LGTBI, ni feminismo de quinta ola, ni veganismo, ni lucha contra el cambio climático, ni colectivos islamistas clamando contra la islamofobia. Por tanto, para la izquierda, por fuerza allí la vida tenía que ser un puro terror de opresión y fascismo galopante. Claro, luego uno va a las fuentes y ve que en 1850, en Pontevedra, la gente estaba ocupada con sus asuntos, tirando para adelante como buenamente podían, naciendo y muriendo, casándose y procreando, prosperando y arruinándose, como siempre se ha hecho.

Como que jamás, en ningún caso, la humanidad se ha regido por los conceptos de la izquierda woke, el resultado es que para ellos todo el pasado de la humanidad, todo él, ha de ser impugnado como cosa opresiva y fascista. Poca broma. No hay ninguno de los grandes personajes históricos que no deba ser cancelado: Da Vinci, Goethe, Cervantes, Platón, Lao Tse, Petrarca, Homero (sí, Homero salió del plan de estudios de muchas universidades americanas por machista). Entonces se espera que renunciemos al gran acopio de sabiduría de los antiguos para quedarnos con los chillidos porcinos de Irene Montero o las barbas pringosas de Bob Pop.

Francisco Franco con uniforme militar saludando con la mano derecha levantada frente a un grupo de personas desenfocadas.

Esto es un fenómeno general, pero se aplica con especial saña a la España de 1936, para hacer una lectura tramposa de lo que entonces sucedió y ensuciar la memoria de quienes no estuvieron del lado de la República, es decir, gente como Eugenio D'Ors, Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno, Josep Pla, Miguel Mihura, Manuel Machado, Dámaso Alonso o Luis Rosales. En efecto, camaradas woke, la situación de la España de 1936 no encajaba en vuestro mapa de conceptos, como tampoco la Atenas de Pericles o la Roma de Diocleciano o el imperio de Gengis Kan.

La pregunta es qué sentido tiene estudiar el pasado de la Humanidad solo a través del filtro de las imbecilidades woke. La respuesta es: no tiene ningún sentido si lo que se busca es el rigor académico, pero tiene todo el sentido del mundo si uno está embarcado en una operación de ingeniería social. Y sí, esto vale para Franco, para Carlomagno y para la abuela de Moctezuma.

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