
El 1 de octubre, ocho años después
Entre la farsa independentista y la decepción social: el retrato de una Cataluña marcada por el desengaño

Pasan los años, pasan y no vuelven. Al ir avanzando en este largo y extraño viaje, cada vez cuesta más diferenciar los aciertos de los errores, las victorias de los triunfos, puesto que en la trama de la vida unos y otros se van entretejiendo de manera enigmática. Pero una cosa es cierta: las mentiras no envejecen bien.
Oh, cómo se mintió a los catalanes, a los españoles, al mundo entero, con qué impudor e imprudencia. Y cómo se señaló a los que, desde la media distancia, advertíamos de la farsa. Pero esa es solo la mitad de la trama: al otro lado de las mentiras estaba el pueblo catalán, dejándose embaucar, creyéndolo todo sin el menor atisbo de pensamiento crítico, sumándose con infantilismo al más anunciado de los fracasos. Esta es la parte incómoda que el independentismo aún no ha purgado.

La clase política del procés aún se pasea, en modo zombi, por la escena institucional, cobrando sueldos generosos de una Roma que paga a traidores. Incluso Oriol Junqueras se presentó el otro día como candidato, dando uno de sus habituales discursos inconexos, incomprensibles, alarmantes a nivel psiquiátrico. ¿Han pagado ya los políticos procesistas su desvergüenza? Quizás sí, quizás no, pero lo que está claro es que la masa votante, la que se lanzó con entusiasmo infantiloide a las perfomances más ridículas y tóxicas de la historia reciente, no ha entonado aún el mea culpa. Puede que los políticos fueran estafadores, pero el pueblo se dejó estafar con auténtico fervor.
Jordi Cuixart en Suiza, Jordi Sánchez enchufado en alguna parte, Carme Forcadell ejerciendo de abuela, Artadi desaparecida sin dejar rastro, Anna Gabriel paseando junto a Jordi Évole al atardecer, Puigdemont sosteniendo al PSOE, Turull dando entrevistas en todas partes como si la cosa no fuera con él, Lluís Llach envuelto en banderas palestinas, Mònica Terribas cocida en su propio veneno, Joan Bonanit apuntándose al gimnasio, Marta Rovira llorando en algún sitio. La más destacada generación de vividores que ha conocido el país, la mayor mancha en la historia catalana reciente.

Cargas policiales, juicios, indultos, amnistías: qué enorme pérdida de tiempo, recursos y energías mientras el país se ha ido hundiendo. Ahora la única certeza son las mezquitas, los pisos okupados, los carteristas y violadores, el antisemitismo de TV3 y el tsunami de impuestos e inflación: la Cataluña de Open Arms.
La principal lección es que un pueblo puede ser llevado en un par de años, si los gobernantes son lo bastante innobles, al ridículo, la desesperación y el agotamiento. El nuevo catalanismo que viene de Ripoll se ha librado del lastre del cretinismo histérico del procés y ha escogido llamar a las cosas por su nombre. El orriolismo parece decir: la reivindicación nacional está bien, pero antes hay que limpiar las calles de delincuentes e indeseables, lucharemos por nuestra identidad y por eso mismo nos resistiremos al califato. Tiene en sus manos todas las cartas ganadoras y pronto será el actor político principal.
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