
La violencia callejera de la izquierda propalestina desata la nostalgia en una parte del procesismo
El procesismo nunca entendió que la eficacia política no está en aplaudir todas las buenas causas
La huelga propalestina de esta semana en Cataluña ha dejado algo más que incidentes y detenidos. Para una parte del independentismo mediático, acostumbrado a las grandes mareas del procés, la jornada ha supuesto un viaje emocional al pasado. Los disturbios, los cánticos y la épica callejera han despertado cierta nostalgia entre quienes vieron en la protesta una oportunidad de revivir los tiempos de la “resistencia popular”.
Nació ha sido el mejor ejemplo de esa melancolía política. En su crónica titulada "Una paz dudosa en Gaza revuelve a Barcelona" describía la manifestación como un nuevo estallido multitudinario y la comparaba con las grandes movilizaciones de la última década. Según su relato, 15.000 manifestantes tomaron las calles, aunque el seguimiento real de la huelga apenas alcanzó el 0,5% del total de trabajadores.

Un relato épico para una huelga sin impacto
El texto de Nació hablaba de “un caos similar al de las grandes jornadas históricas”, ignorando que la protesta fue minoritaria. La Guardia Urbana cifró en quince los detenidos por destrozos, enfrentamientos y lanzamientos de objetos a la policía. Pese a ello, el medio trató de presentar los disturbios como el resultado de la indignación popular.
La versión oficial contrastó con la lectura que hicieron otros medios. Desde el pódcast La Catalunya Woke respondían con ironía. “Poesía pura. Enhorabuena. Comparar una manifestación de 15.000 personas con ‘las grandes movilizaciones de la última década’. Cuando podáis explicad que el seguimiento de la huelga ha sido del 0,5% y que ha sido, por tanto, un fracaso absoluto”.
El procesismo y su vacío de movilización
El entusiasmo con el que algunos sectores independentistas abrazaron la causa palestina tiene también una lectura interna. La izquierda procesista busca nuevas banderas capaces de mantener viva la movilización, después de años de desgaste político y desafección ciudadana. La guerra de Gaza ofrece un relato fácil de importar: buenos y malos, represión y resistencia, todo envuelto en un barniz moral que tan cómodo le resulta al procesismo.
Sin embargo, la realidad social catalana es otra. Las calles ya no responden como antes, las causas globales no movilizan y el ciudadano contempla con indiferencia este tipo de gestos simbólicos. La mayoría trabajó con normalidad mientras una minoría convertía la solidaridad en un espectáculo de vandalismo.
El contraste entre la épica de los medios subvencionados y la frialdad de los datos evidencia un problema estructural. La izquierda catalana, antaño dueña del relato social, ya no encuentra causas propias que la representen. Palestina se ha convertido en el refugio emocional de un movimiento que perdió su identidad política y busca sobrevivir en la protesta por la protesta.
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