Cubo amarillo con el logotipo negro de la CUP y una estrella en un escenario
POLÍTICA

La CUP borra su nombre para sobrevivir: prepara una candidatura sin siglas en Barcelona

Próxima estación de la decadencia: disolver el partido para maquillar su colapso electoral

La CUP ha iniciado una nueva etapa marcada por la necesidad más que por la convicción. Su sección en Barcelona trabaja en una candidatura “amplia, popular y transformadora” que no llevará sus siglas y que tiene el objetivo de recuperar representación en el Ayuntamiento en 2027. El movimiento se justifica como una “alianza de base”, pero responde a un motivo abrumadoramente simple: las siglas CUP ya no suman, restan.

La futura plataforma recogería la retórica fallida de la izquierda antisistema: derechos sociales, justicia climática y radicalidad democrática. Sin embargo, bajo el lenguaje del activismo se esconde una realidad mucho más pragmática. La CUP intenta disolverse parcialmente en un conglomerado de colectivos para maquillar su decadencia electoral.

De la “unidad popular” a la supervivencia política

Es innegable que la CUP no funciona en general y en la capital catalana en particular. En cuatro intentos solo lograron representación una vez, en 2015, durante el apogeo del procés. Desde entonces, la caída ha sido constante: del 7,2% de los votos y tres concejales a poco más del 3,7% en 2023. Ese resultado dejó a la formación fuera del consistorio y evidenció la desconexión entre el discurso cupaire y las preocupaciones reales de los vecinos.

Una mujer con micrófono de diadema sostiene unos papeles amarillos mientras habla, al fondo un hombre con camisa roja y auricular observa atentamente

Ahora, los dirigentes locales intentan recomponer el terreno perdido siguiendo un patrón ya ensayado por ERC: esconder las siglas detrás de un proyecto “transversal”. La diferencia es que, mientras ERC retrocede para conservar poder, la CUP lo hace para sobrevivir. 

La propuesta consiste en crear una marca neutra, alejada del nombre CUP, y agrupar bajo ella movimientos vecinales, plataformas antituristificación y colectivos de vivienda. Formalmente se presentará como una confluencia, pero en la práctica tendrá el alma de la CUP. El calendario prevé un primer encuentro en 2026 para definir la estructura del proyecto, sin candidatos ni siglas visibles.

El discurso de sus portavoces repite viejos lemas: “nuevo modelo de ciudad”, “justicia climática”, “transición ecosocial”. Pero el mensaje suena desgastado en una Barcelona donde el municipalismo de la izquierda alternativa está roto. Como se explicaba en E-Notícies hace meses, la izquierda alternativa tiene un problema tan prosaico como que no hay espacio para tantas siglas.

Un partido que ya no marca la agenda, ni la suya

El trasfondo de la operación es claro: la CUP ya no tiene espacio político propio. Tras el fin del procés, el partido perdió su función de bisagra independentista y se ha visto desplazado. La refundación conocida como Procés Garbí no ha conseguido reactivar la militancia ni el músculo social, y los sondeos confirman una tendencia descendente.

Manifestación con personas sosteniendo bengalas y una pancarta verde que dice

El giro hacia una “plataforma popular” es, por tanto, una maniobra de supervivencia. Los dirigentes lo venden como un gesto de humildad política, pero es un intento de esconder la marca en declive tras un nuevo envoltorio ideológico. En el fondo, la CUP no está ensanchando su base, sino diluyéndose en su entorno para intentar reaparecer bajo otro nombre.

Barcelona es el escenario más simbólico de esta descomposición. Lo que un día fue el laboratorio del municipalismo alternativo es hoy el espejo del agotamiento del modelo cupaire. Sin fuerza electoral, sin relato y sin calle, la CUP intenta reinventarse apelando a una “unidad” que no nace del entusiasmo, sino del miedo a desaparecer.

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